MANIPULACIÓN

Tiempo e historia: Francisco Díaz Montilla

El problema del tiempo ha ocupado a muchos filósofos y científicos y genera una serie de preguntas no siempre fáciles de responder: ¿Es el tiempo real o es una ilusión? ¿Es posible viajar en él? ¿Existe un tiempo absoluto? Pocas veces habíamos tenido la oportunidad de atender dicho problema desde el punto de vista político.

Alguien ha dicho que la política es el arte de lo posible, incluso en la manera en que manipula el tiempo. Concentrar en un instante muchos momentos es una proeza digna de magos o dioses. Por ello, el actual Presidente –según se infiere de la parafernalia mediática gubernamental– o es lo uno o lo otro.

Pero volviendo al tiempo, ha escrito Aristóteles (física) que es “la medida del movimiento respecto a lo anterior y lo posterior”. Aunque la definición aristotélica pueda considerarse físicamente relevante, es insuficiente para entender la dinámica de lo que ha acaecido en Panamá durante el último lustro.

Desde la óptica de la actual administración, no se trata tanto de la medida del movimiento como de la medida de las inversiones (el despilfarro, los sobrecostos y la deuda no cuentan). Es justamente esa medida lo que permite valorar el pasado, el presente y el futuro, no en claves agustinianas, kantianas o godelianas. El tiempo objetivo traducido en números tiene efectos psicológicos demoledores, paralizantes; más aun cuando en dicha traducción el presente eclipsa el pasado y condiciona inexorablemente el futuro.

La relación matemática de la que se han servido los estrategas publicitarios del régimen es simple: un año de la presente administración equivale a más de 10 años del pasado. Visto, históricamente, lo que ello significa es que nada que merezca ser reseñado ha ocurrido en las cinco décadas previas al quinquenio 2009-2014. Pero no todo acaba ahí; la administración de José D. Arias –de resultar elegido– podría significar la enajenación de la historia republicana: más en 10 años de administración CD que en un siglo. Lo anterior altera dramáticamente la visión del pasado panameño y tiene consecuencias que ni los filósofos de la historia ni los historiadores locales deben desestimar. Por ejemplo, se podría responder con mayor claridad la problemática pregunta: ¿A partir de cuándo irrumpe Panamá en la historia universal? Ante tanto progreso material (el espiritual es irrelevante) la separación en 1903, el 9 de enero de 1964, los tratados Torrijos-Carter, la reversión del Canal de Panamá, etc., serán simples notas marginales sin trascendencia alguna.

Será necesario, también, introducir un nuevo criterio para la división de la historia panameña. La división clásica de periodo precolombino, colonial, unión a Colombia (departamental) y republicano tendrá que ser borrada de los manuales de 7º, y dar paso a una división más mesiánica: a.RMB y d.RMB (antes y después de Ricardo Martinelli Berrocal).

No estaría de más proponer un nuevo calendario, uno que haga justicia y que reconozca lo que ni un ciego negaría: que gracias al redentor de CD el país de hoy es el país del “sueño panameño”, de las oportunidades para todos, de la riqueza y del progreso. En fin, el país de los milagros, donde las cosas se han hecho ex nihilo ahora y para siempre.

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