PROTEGER LA VIDA

Una Tierra solamente: Rafael Negret

Las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo –cumbres de la Tierra– se iniciaron el 5 de junio de 1972 en Estocolmo bajo el lema “Una Tierra solamente”. Después se hicieron en Río de Janeiro, 1992; Johannesburgo, 2002, y Río +20 en 2012. Todas caracterizadas por discursos evasivos, irresponsables. “Para mí –afirmó Carl Sagan– es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna; con excepción del hidrógeno, todos los átomos que nos configuran –el hierro del núcleo de los glóbulos rojos de nuestra hemoglobina, el calcio de nuestros huesos, el carbón y el fósforo de nuestro cerebro– fueron forjados en estrellas gigantes rojas a una distancia de millones de años luz que finalmente aquí aterrizaron”. Somos, le gustaba alardear a Sagan, materia estelar.

La teoría de Gaia ha demostrado que la Tierra funciona como un ser vivo –no como una máquina– y que las formas de vida en el planeta son nuestros prójimos, hermanos de creación. San Francisco de Asís así lo predicó. El riesgo que afronta la sociedad y el sombrío futuro ineluctable es que extraviamos el vínculo y perdimos el límite; nos desconectamos del mundo natural, del espíritu universal. Nos dejamos fascinar por el mundo virtual y abandonamos el real.

Los dos párrafos anteriores se conjugan en la realidad de nuestros orígenes; somos materia estelar, en parte venimos del cielo, pero en la Tierra esos primigenios elementos sufrieron transformaciones y simbiosis durante milenios para engendrar la vida. Somos celestiales y terrenales. Y ese principio insoslayable es fundamental para nuestros compromisos como humanos, privilegiados testimoniales de los milagros y misterios sagrados que nos hicieron posible estar aquí, conscientes del proceso evolutivo, y por lo mismo, nuestro deber ético de proteger la vida, la Tierra y a nosotros mismos. Al final, la fragilidad y complejidad de la naturaleza es nuestra. Y de los mismos principios nació el concepto de desarrollo sostenible como paradigma político propuesto por la ciencia y el pensamiento contemporáneos en la búsqueda de soluciones al caos generalizado que caracteriza a la sociedad de consumo y sus modelos de desarrollo impugnables social y ambientalmente; injustos y devastadores. Insostenibles.

El conocimiento científico ha posibilitado valorar la fragilidad y los límites de la Tierra, referentes a su capacidad para seguir creando agua, atmósfera, suelo, fauna, flora y otros bienes y servicios ambientales que requirieron millones de años para llegar al estado actual. Límites para soportar la contaminación y aniquilamiento al que está sometido el planeta. Límites, porque la ciencia ha reseñado el siniestro rumbo común que encauzan los procesos de degradación social y de la naturaleza, al demostrar que la pobreza degrada el medio ambiente y esto precipita a los humanos en el laberinto de la miseria y la indigencia, hasta zozobrar en la pérdida de la dignidad.

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