PASAJE DE LA HISTORIA

Tomás Herrera, benemérito de la patria: Carlos Guevara Mann

En la madrugada del martes 5 de diciembre de 1854 expiró en Bogotá el general Tomás Herrera. Días antes había entrado en la capital, al frente de una columna de fuerzas legitimistas, a las que condujo a la victoria en la guerra civil que se libraba entre partidarios de la Constitución (entre los que estaba Herrera) y los usurpadores del poder (liderados por el golpista José María Melo).

Son complicadas las interioridades de aquel episodio de la historia colombiana, sobre todo por su faccionalismo y antecedentes, pero su esencia es sencilla y trascendente. Un militar golpista –Melo– se alza contra la Constitución el 17 de abril de 1854. Según el Dr. Ricardo J. Alfaro, biógrafo de Tomás Herrera, “Era Melo uno de esos militares toscos y sin nombre que no sabe uno explicarse cómo en las tormentas políticas llegan a desempeñar papeles de gran viso”. La semejanza de su talante burdo y poco evolucionado con el de otros militares golpistas de ayer y hoy tiene que ser más que una mera coincidencia.

En respuesta al zarpazo usurpador, un militar constitucionalista –Herrera– se apresta enseguida a la defensa del estado de derecho, poniéndose inmediatamente al frente del Gobierno –lo que, como designado a la Presidencia de la República, le correspondía– y del esfuerzo por suprimir la insurrección. Meses más tarde –el 4 de diciembre– las fuerzas constitucionalistas triunfan en Bogotá e instalan en la sede del gobierno al legítimo jefe de Estado, José de Obaldía (también panameño como Herrera). En el umbral del triunfo, sin embargo, un proyectil alcanza a Herrera, produciéndole una herida mortal que termina con su vida horas más tarde.

En honor a su memoria, el Congreso de Colombia (entonces denominada Nueva Granada) lo declaró en 1855 “Benemérito de la Patria en grado heroico” y ordenó colocar su retrato en la Cámara de Representantes y en la sala del Despacho del Poder Ejecutivo.

Son muchos los motivos por los que es lícito presentar las hazañas del ciudadano-soldado, Tomás Herrera, como modelo de conducta, pero por economía de espacio podrían resumirse en dos razones fundamentales, señaladas por el Dr. Alfaro en su biografía de 1908. “Dos fases” –dice Alfaro– “tiene la vida pública de Herrera: el militar y el hombre de Estado. Adaptando a ellas las prendas de su carácter, resultan el guerrero heroico y el mandatario probo y queda resumida en cuatro palabras la admirable personalidad” de Tomás Herrera.

Como militar, Herrera fue siempre respetuoso de la Constitución y obediente a su autoridad. Por eso es paradójico que los golpistas panameños de 1968 eligieran su nombre para ponérselo al instituto castrense que fundaron en 1974, semillero del militarismo que tanto daño causó en nuestro medio.

Tomás Herrera defendió el estado de derecho no solo en 1854, sino en varios momentos de su carrera, notablemente en 1828, cuando el gobierno de Simón Bolívar comenzó a adquirir rasgos autoritarios y en 1831, cuando el despotismo del venezolano Alzuru se apropió del Gobierno de Panamá y sometió al Istmo a un régimen de crueldad y despotismo.

Como estadista, Herrera fue promotor, creador y defensor de instituciones. Se dedicó a fortalecer las instituciones del Estado, no a menoscabarlas en aras de intereses personales o apetitos particulares.

Se distinguió como gobernante y legislador en el Congreso de Colombia, pero –sobre todo– como fundador de nuestra primera república, en 1840. Ese olvidado capítulo de la historia istmeña merece que se lo rescate y se lo coloque en su justo sitial, sobre todo, ante los señalamientos insensatos de quienes, tanto en Panamá como en el extranjero, arguyen que nuestra nacionalidad es producto de maquinaciones capitalistas.

En una excelente columna, publicada en diciembre de 2004, con motivo del bicentenario del natalicio de Tomás Herrera y el 150 aniversario de su deceso, el Dr. Carlos Iván Zúñiga, citando al Dr. Octavio Méndez Pereira, escribió que algunos pueblos que carecen de héroes, los inventan. El pueblo panameño, que los tiene, los olvida.

Este olvido atenta contra nuestra evolución social y democrática, y contribuye a promover los antivalores de la codicia, el desorden y la arbitrariedad. Bueno sería que esta alusión a la figura egregia de Tomás Herrera –junto con Justo Arosemena, el más destacado panameño del siglo XIX– motive a quienes se han propuesto el rescate de la nacionalidad, en agrupaciones como el Movimiento Ciudadano por el Fortalecimiento de la Identidad Panameña, a buscar en los anales de nuestra historia los ejemplos civismo y probidad que pueden servir de parámetro de actuación a nuestra desorientada sociedad.

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