LA ADMINISTRACIÓN VARELA

El arte de gobernar: Ramón A. Mendoza C.

Han transcurrido 12 meses del gobierno de Juan Carlos Varela y la percepción general es que algo no anda bien. Se exceptúa la revisión que adelanta el Ministerio Público sobre las actuaciones de algunos “minios” de la pasada administración, pues varios de los más conspicuos gozan de una sospechosa desatención.

Gobernar no solo es mandar, hacer e inaugurar cuanta obra estatal se pueda. Gobernar un Estado requiere fijar objetivos, claros y determinados, para enrumbarlo haciendo uso de técnicas administrativas por parte del personal idóneo y, sobre todo, con una gran dosis de honestidad y transparencia. Cuando el gobierno solo manda se crean ciclos de improvisación y se desperdician los recursos estatales, ya sea por incapacidad o por actos de corrupción.

Tras el primer año de gobierno, no sabemos hacia dónde vamos. Entre sus características están la carencia de políticas de Estado, su lentitud y una dubitación institucional. Los funcionarios se han convertido en burócratas que utilizan un lenguaje técnico para describir programas, estudios, análisis, procedimientos y procesos destinados a lograr el gran objetivo de la burocracia: mantenerse ocupados sin lograr resultados reales o significativos. Así, dilapidan los recursos, crean comisiones interdisciplinarias e interinstitucionales, inventan seminarios y capacitaciones, contratan consultorías, desarrollan hojas de ruta, y realizan planificaciones preñadas de análisis, gráficas, ecuaciones y complicadas explicaciones que nadie entiende, pero ellos siempre están “trabajando”.

Llegada la hora del cuestionamiento público, despliegan toda una parafernalia burocrática para convencer y convencerse de que se gobierna. En esa etapa se retroalimentan de sus propios resultados, así tenemos dos países: el real y el “oficial”, que a final de cuentas es el esfuerzo real de no llegar a nada. Esto lo percibe el pueblo y se manifiesta en agricultores que son abatidos por eventos naturales incontrolables, pero previsibles, escuelas ruinosas, un sistema educativo inoperante, crisis en el suministro de agua y energía, inseguridad rampante, gremios desconcertados, obras inconclusas y destrucción del ambiente. En fin, desasosiego institucionalizado. Los burócratas siempre tendrán un argumento. Enrostrarán, con nombres rimbombantes, programas de desarrollo nacional, de reconstrucción urbana y social. Demostrarán cómo el populismo, crudo y desvergonzado, que condiciona a depender de subsidios y becas incondicionales, es una solución social. Eso no es gobernar. Gobernar es dirigir el Estado a destino seguro y no para que cada cinco años los partidos instrumentales se hagan del gobierno, cual empresa particular. Históricamente Panamá adolece una anemia de estadistas. Las bendiciones que Dios le dio a esta tierra se disipan cada lustro, cuando se elige a mandatarios, no a estadistas. Mientras, el país navega sin rumbo hacia un destino ignoto determinado por el azar, no por los gobiernos.

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