DESARROLLO URBANO

La ciudad desigual: Rolando Mendoza Ibarra

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La ciudad desigual: Rolando Mendoza Ibarra

La ciudad de Panamá surgida en el contexto del período colonial es, sin duda, una construcción histórico-social, cuyo desarrollo ha estado determinado por un complejo sistema de relaciones sociales en torno a los principales activos productivos de la sociedad en general. En ese proceso de construcción, los pobres o clases no propietarias, en este caso del suelo urbano, han jugado un papel de primer orden. Grandes contingentes de población migrante del campo a la ciudad, entre las décadas de 1950, 1960 y 1970, que ya no tendrían cabida y soporte en la zona central de la ciudad (Santa Ana y El Chorrillo principalmente) inician, organizan y desarrollan movimientos para la toma de tierras privadas y públicas, sin temor a enfrentar a los propietarios ni al Estado defensor de la propiedad privada.

Estos precaristas, de ocupación ilegal del suelo –como se les conoció– fueron la expresión manifiesta de la profunda crisis urbana que, a partir de las carencias habitacionales de la época hicieron posible la conformación de un tejido urbano a partir de un conjunto de asentamientos humanos informales que se establecieron hacia el este y el norte de la ciudad. Este modelo informal se consolidó con el consentimiento implícito o a regañadientes de la institucionalidad pública que, al final legalizó y dotó medianamente de servicios públicos y sociales.

Algunos críticos de la realidad social de la ciudad podrían cuestionar los hechos que condujeron a la consolidación de la informalidad urbana. Sin embargo, esto fue así porque en aquella época (años 50, 60 y 70 del siglo pasado) el déficit era de tal magnitud que ni aun con la fuerte inyección financiera gubernamental en la década de 1970 (cuando se construyeron cerca de 19 mil casas, en un conjunto de barriadas en San Miguelito y otros sitios del centro y la periferia del distrito de Panamá) se resolvió ese problema.

Las estimaciones hechas por expertos revelan que para 1970 la cifra de viviendas construidas por el sector informal se situaba en 57%, lo que pone de relieve la posible fragilidad o la baja calidad del origen inicial de las casas en los grandes asentamientos humanos de la urbe.

Al tiempo que estos procesos ocurrían, la zona central de la ciudad degeneró en altos niveles de deterioro, no solo de su tejido urbano, sino de su tejido social. Allí coexisten edificaciones deterioradas, espacios públicos en igual estado y más del 50% de las viviendas condenadas con población de bajos ingresos, áreas en que a diario se registran (según las estadísticas) eventos que riñen con la convivencia social, como el pandillerismo, el tráfico y consumo de drogas y la prostitución.

Es de notar, no obstante, que entre esta zona central y la periferia se localiza un amplio espacio urbano, en el que las fuerzas del mercado inmobiliario han desarrollado grandes negocios. En áreas como San Francisco, Paitilla, Bella Vista y Obarrio, por mencionar los más relevantes, es notable la saturación de edificios de altas densidades. Esto ocurre a partir de la aprobación de cambios de zonificación que no responden al análisis de la capacidad de carga de los servicios públicos y del equipamiento urbano, entre otros. Todos esos procesos constructivos, formales o informales, si bien responden a la necesidad de vivienda y equipamiento de los diversos tipos sociales de población y del capital inmobiliario, no han contribuido al desarrollo de un proceso lógico y coherente para construir la ciudad. Por ejemplo, el tejido de un espacio público tan vulnerado, por ricos y pobres, como las aceras, impide la movilidad o el tránsito de los peatones, dada la existencia de innumerables asimetrías, al igual que el elevado número de obstáculos, rupturas, deterioros e inconsciencia que hay que sortear al caminar por ellas.

Solo he anotado uno de los diversos temas sensitivos que, además de la desigualdad social, verifican los bajos ingresos de la mayoría de su población y del acceso a los servicios públicos y sociales (en cantidad y calidad). Estos deberán ser encarados desde una perspectiva integral y un plan estratégico de la ciudad.

Por primera vez en la historia de la república los temas de planificación y el control del desarrollo de la ciudad son prioridad en la agenda de la administración municipal, en virtud de las importantes competencias que, en el marco de la ley que reglamenta el ordenamiento territorial y la ley de descentralización, se transfieren a los gobiernos locales.

La ciudad es un complejo sistema de relaciones que no solo se circunscribe al desarrollo urbano, desde la óptica de la normativa y su construcción material, sino, fundamentalmente, al comportamiento de sus ciudadanos, al cambio cultural, a la compresión de sus derechos y responsabilidades, y a la necesidad de construir capital y cohesión social para hacer una ciudad más equitativa y sostenible.

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