CATÁSTROFES

El concepto judeo-cristiano de Dios: Roberto Hernández

Uno de los argumentos más poderosos contra la existencia de Dios está fundamentado en el hecho de que existe el mal. Si consideramos la extraordinaria magnitud de miseria y sufrimiento humano que existe y siempre ha existido en el mundo, se nos hace difícil y prácticamente imposible comprender que pueda existir un creador benevolente, que permita y no prevenga esta condición tan lamentable de miseria e infortunio que padece la humanidad.

La objeción contra la existencia de Dios basada en la existencia del mal ha sido presentada de diversas maneras, una de las más comunes está en forma de un dilema: Si Dios es supremamente poderoso, entonces, podría remover todo el mal que existe, y si es supremamente benevolente desearía abolir el mal para todos los seres humanos. No obstante, el mal existe y los hombres siguen sufriendo. Luego Dios no puede ser a la vez omnipotente y perfectamente benevolente, tal como ha sido descrito por la tradición judeo-cristiana.

Algunos han sostenido que el mal no ha podido ser totalmente erradicado, porque Dios no es realmente Todopoderoso, ya que su poder tiene límites que impiden que pueda suprimir totalmente el sufrimiento humano, y otros, porque Dios tampoco es totalmente benevolente y tolera a veces el mal. Pero si así fuese, Dios no sería supremamente poderoso y supremamente benevolente como se considera al Dios judeo-cristiano.

Otra solución que ha sido, frecuentemente, propuesta para resolver este problema acerca de la existencia del mal no se debe tanto a la incapacidad de Dios de erradicarlo, sino más bien al libre albedrío del hombre. Según esta posición, la razón de que haya tanto sufrimiento y mal en nuestro mundo se debe a que Dios les ha dado a los hombres una voluntad libre que pueden ejercer de una manera positiva y constructiva, pero que, además, les da la potestad para odiar y destruir.

Así se explicaría la posibilidad y actualidad de la gran cantidad de sufrimiento que aflige a la humanidad, sea en forma de pobreza, opresión, persecución, guerras, o de todas las demás injusticias que ocurren hasta en las sociedades más avanzadas.

Todos estos males y desgracias serían el resultado del mal uso de la libertad del hombre. Así podrían comprenderse, también, los eventos más negativos y horribles que han ocurrido en nuestro siglo, como han sido, por ejemplo, las purgas de Stalin y Hitler, el Holocausto, los numerosos genocidios, el racismo, etc... Según este tipo de razonamiento, no sería Dios el origen de todos estos males, sino más bien el mal uso de la libertad del hombre.

No obstante, aunque fuese cierto que la mayor parte del dolor y la miseria humana haya sido derivada de su libertad, como causa principal o parcial, también, hay que reconocer otras fuentes del mal y del sufrimiento que son enteramente independientes de nuestra voluntad, o sea hechos catastróficos como terremotos, huracanes, inundaciones, tsunamis, sequías, etc., que tienen su origen último en la voluntad de Dios.

Algunos han querido justificar todo el sufrimiento y el mal causados por estos hechos catastróficos como intentos por parte de Dios de castigar la maldad de los hombres o de poner a prueba su lealtad y obediencia, intentos que han tenido pocos efectos persuasivos, ya que lejos de revelar a un Dios perfectamente benevolente y omnipotente, lo que han manifestado es más bien un Dios iracundo, caprichoso y egocéntrico. Basta con examinar algunos casos catastróficos similares descritos vívidamente en la Biblia como “el diluvio universal” mediante el cual Dios eliminó más de las dos terceras partes de la población mundial (incluyendo mujeres y niños inocentes) para darle unas lecciones a aquellos que no reconocieron su primacía) y/o también los mandatos implacables de Dios de eliminar y exterminar pueblos enteros que no le han obedecido y no le han rendido suficiente pleitesía por no haberse sometido a sus designios.

En síntesis, podemos concluir que no es tanto la existencia del mal lo que constituye una argumento formidable contra la existencia de Dios sino, más bien, el hecho que Dios mismo ha sido partícipe de la producción del mal, especialmente, en el caso de los eventos catastróficos que siempre han azotado a la humanidad y, también, porque ha sido autor de numerosos actos monstruosos de genocidio descritos en la Biblia.

Son razones como éstas las que han motivado a tantos ateos y agnósticos a rechazar categóricamente la idea de un Dios totalmente omnipotente y benevolente.

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