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FATAL IGNORANCIA

Los controles de precios: Pablo J. Gutiérrez F. III

Muertos, heridos, desabastecimiento... parece que algunos no han recibido la noticia de lo que se vive en Venezuela. Estos son algunos de los muchos males que traen consigo el control de precios. Dos candidatos, y un posible tercero, de un partido que acaba de formalizarse legalmente, lo tienen como parte de sus propuestas presidenciales. Históricamente, la medida ha sido un rotundo fracaso. Pasando desde Babilonia a Egipto, desde Inglaterra a Francia, la Alemania nazi, Estados Unidos y, más reciente, en Argentina y Venezuela, podemos ver cómo el control de precios no ha hecho más que traer nuevos problemas en vez de soluciones. Y, lastimosamente, los más afectados son los pobres, las personas que los gobiernos dicen querer proteger.

Un análisis económico sencillo nos muestra por qué este tipo de control no sirve. Si el precio de un bien está artificialmente por debajo de lo que en el mercado (es decir las personas) lo venderían, el mismo sufrirá una baja drástica en su oferta. Las personas, al ver que tienen retornos bajos o incluso negativos, simplemente dejarían de producir el bien y dedicarían sus esfuerzos a algo más. Esto, aparte de generar desabastecimiento, tiene otro efecto, que los productores que están en el margen, es decir, aquellos cuyos costos de producción son más altos que el precio fijado por el Gobierno, van a cerrar, lo que genera pérdida de riquezas y empleos en el país. Y estos efectos también ocurrirían si se controla al distribuidor en lugar del productor. Si el distribuidor ve que sus ganancias pueden disminuir, simplemente, dejaría de distribuir el producto y buscaría un reemplazo.

Como mencioné, ejemplos del fracaso de la política del control de precios hay muchísimos y se han escrito varios libros al respecto, el más famoso es 40 siglos de controles de rentas y precios.

Tomemos por ejemplo el caso de la Alemania nazi. El partido Nacional Socialista, luego de tomar el poder instauró un sistema sumamente grande y poderoso de controles. Tomó como base lo que ya se venía haciendo en la República de Weimar, que no funcionaba de por sí, y le puso esteroides. Con todo el poderío nazi, sus comisionados de precios y su amplia red de espías, uno pensaría que los controles iban a servir, pero se llevaron tremenda sorpresa. Tal y como dijo F.A. Hayek, “la curiosa tarea de la economía es demostrarle a los hombres lo poco que de verdad saben sobre lo que imaginan pueden diseñar”. El mercado negro se multiplicó, la calidad de los productos se redujo, la gente recurrió al trueque y los precios siguieron aumentando. Es decir, ni los nazis pudieron hacer que el control de precios funcionara.

Avancemos en el tiempo, y trasladémonos al continente americano. Tenemos cerca de Panamá el caso de Venezuela. En dicho país se establecieron controles para frenar el alza de los alimentos y otros productos y para limitar la especulación. Como ya es sabido, los ciudadanos de Venezuela viven con un desabastecimiento horrible, y la gente tiene que hacer largas filas, visitar varios supermercados y luchar por los pocos productos que hay disponibles. También se ven en la necesidad de pelear por los productos. La peor situación se dio cuando una chica perdió su embarazo, en medio de los usuales empujones y golpes por obtener los productos. En otro caso, un hombre murió asfixiado, mientras otras personas se disputaban una botella de aceite, pan y margarina.

En Panamá, muchas veces, en vez de ir hacia adelante, vamos para atrás. Mientras países como China abren nuevas zonas libres, como la de Shanghai, y Cuba propone abrir una para darle vida a su economía, acá se aboga por restringir el mercado. La demagogia de los candidatos que proponen esta política es un insulto a todos los panameños y debemos oponernos firmemente a que se establezca. No sé si realmente tengan las mejores intenciones, dudo que gente, supuestamente educada, diga que tiene buenas intenciones cuando sabe lo que hace el control de precios. Pero lo importante, como diría Milton Friedman, es juzgar las políticas con base a sus resultados y no a sus intenciones. Si lo que queremos es ayudar a los más necesitados, entonces debemos abogar por políticas de libre mercado, que no son más que aquellas que les devuelven la libertad a las personas y permiten la cooperación y el intercambio voluntario.

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