MOVIMIENTO CÍVICO-POLÍTICO

Un cuarto de siglo a la espera de justicia histórica: Manuel A. Cambra G.

En junio de 1987, el país ya se encontraba en franca crisis con la noticia de la decapitación infame del Dr. Hugo Spadafora, cuyo cuerpo sin vida fue encontrado en suelo costarricense. Un cúmulo de situaciones concatenadas a través de los años, fue aumentando la presión social hasta que se dio el inevitable estallido. Aunque no le doy a las revelaciones del coronel Roberto Díaz Herrera, luego de ser defenestrado del mando militar, un valor más allá que el de haber rubricado lo que los panameños sospechábamos o conocíamos sobre la podredumbre del proceso “robo-lucionario”, sus declaraciones contribuyeron a exacerbar el descontento popular.

Un grupo de ciudadanos había viajado a Filipinas con el fin de observar el proceso de transición de la dictadura de Ferdinand Marcos hacia un gobierno escogido democráticamente por el pueblo, y aprovecharon la coyuntura que se presentó aceleradamente en el escenario panameño para adoptar una estrategia que procurara la consecución de mejores días, a través de la lucha por la democracia, la justicia y la libertad, pilares sobre los que se asentó el movimiento denominado Cruzada Civilista. El pueblo trabajador, el hombre y mujer de la calle, vivían agobiados por la severidad de la situación económica que hizo crisis, un año después, con el colapso de nuestro sistema bancario, que era motivo de orgullo para nuestro país.

El pueblo vivía aterrorizado y en un principio se mantuvo al margen de cualquier movimiento de protesta, debido a la represión del G-2 de las Fuerzas de Defensa y otras organizaciones paramilitares que se ensañaron con él, en la presunción de que no apoyaría el movimiento de la Cruzada Civilista; el G-2, especialmente, había degenerado en organismo ejecutor de las más abyectas modalidades de tortura física y psicológica. Testimonios espeluznantes de personas que cayeron en manos de sus jenízaros durante la lucha civilista y los últimos meses de la dictadura, han sido recogidos en el libro Cuando la libertad se vistió de blanco, testimonios de lucha y sacrificio, actualmente en preparación, como un homenaje a la valentía del pueblo panameño en su lucha por alcanzar su ansiada libertad. Comparto la autoría y edición de este trabajo que pronto saldrá a la luz pública. Eventualmente, los sectores populares se sumaron al movimiento de la Cruzada Civilista; era impresionante ver al obrero, al vendedor de empanadas y chicha, a la “gente del arrabal” como dirían los historiadores, marchando al lado de empresarios, profesionales, médicos, maestros, todos unidos, vestidos del blanco que simbolizaba el valor y la dignidad, portando en la mano un pañuelo blanco o una bandera blanca, las “armas” que tanto pavor causaban a los dictadores.

Han pasado 25 años desde que se dio aquel inédito movimiento cívico-político que contribuyó a la democratización de nuestro país. Lamentablemente, esta importante gesta es casi desconocida para la mayoría de los panameños del presente; solo quedan las secuelas en quienes sufrimos carcelazos, torturas, exilios, vejaciones, agresiones armadas, humillaciones, ruina económica y moral, sin que hayan sido alcanzados plenamente los objetivos que con ilusión e idealismo propulsaron sus dirigentes.

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