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APROXIMACIÓN HISTÓRICA

Las deliberaciones del general Huertas: Guillermo Márquez Amado

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Desde mucho antes del arribo de Esteban Huertas al Istmo, Panamá soñaba con ser independiente. En 1834, Francisco Soto, senador por Panamá, había pronosticado que así ocurriría, y pocos años después decía Justo Arosemena: “Un país situado entre los dos océanos, i apartado de los colindantes por montañas i despoblados; un país tan distinto de todo otro por su localidad, necesidades y costumbres; un país extenso i riquísimo en la producción de los tres reinos, está visiblemente destinado por la naturaleza para componer algún día un gran Estado”.

Gracias a Justo Arosemena, brillante expositor de la tesis de adoptar el sistema federal de organización del Estado, Colombia aprobó dicho modelo que permitió a Panamá administrarse a sí misma desde 1855, sin llegar al extremo de la emancipación, pero con su actividad enfocada en el comercio y la logística, vocación ineludible desde antes y hasta hoy, en tanto que en el resto de los departamentos colombianos lo era la producción agrícola, minera, pecuaria y, más recientemente, industrial. No obstante, el modelo federal fue declarado caduco por el general Rafael Núñez, en 1885, con una frase: “La Constitución de Río Negro ha dejado de existir”. Y Panamá pasó a ser con la Constitución de 1886, no un departamento, sino un espécimen político que ni siquiera calificaba, como las intendencias o comisarías que integran la división político-administrativa colombiana. Un simple territorio sujeto a la autoridad directa del gobierno, de acuerdo con su artículo 201, texto invocado para que, sin elecciones, se designaran senadores y congresistas que nos representaban sin ser panameños ni conocer el istmo y, por la misma vía, gobernadores, prefectos y generales.

Para mayo de 1886 el cónsul general de Estados Unidos (EU) en Panamá, Thomas Adamson, informaba a su gobierno que los panameños se sentían abrumados por los impuestos, gracias a los que el gobierno central percibía un millón de dólares anuales, de los que no se invertía en Panamá ni el 10%, ello para sostener las fuerzas armadas que la mantienen sometida. Una comunicación de finales del mismo año señala que las tres cuartas partes de los panameños deseaba la independencia y que se rebelaría si pudiera obtener armas y la seguridad de que EU no intervendría en favor de Colombia, como había ocurrido en distintas oportunidades, pues Colombia gracias al Tratado Mallarino Bidlack, de 1846, tenía como policía a EU en Panamá para sostener el orden público. Esa nación intervenía, como lo hizo al menos seis veces entre 1856 y 1901 para mantener a Panamá engrilletada al gobierno colombiano.

Esteban Huertas, el soldado llegado en 1890, quedó inmerso en el ambiente descrito. Panamá hallaba sobradas razones para sentirse maltratada, con vocación y viabilidad de Estado independiente, sujeta a un gobierno militar y políticamente irresponsable, cuyo interés era obtener importantes rentas para sí y que tampoco se ocupaba mucho de sus habitantes, como no lo había hecho, ni hasta nuestros días lo ha hecho, en su Úmbita natal, de población en su mayoría mestiza, como él.

Como soldado del ejército colombiano, Huertas intervino en múltiples batallas durante la Guerra de los Mil Días. Desde antes y durante dicho conflicto acumuló méritos para sucesivas promociones. El 16 de noviembre 1902 lo elevaron a general del Ejército, y como ser humano tenía media vida de relaciones con el pueblo panameño con el que, para el momento de la independencia, había compartido tanto o más que con su patria de origen.

Si bien Huertas no se comprometía abiertamente y evadía manifestar su adhesión a la causa de la independencia, para todos los efectos legales la apoyaba. Su primer deber como comandante de plaza era asegurar el orden público y la autoridad del Estado colombiano, y el solo hecho de haber sido enterado de que se urdían planes para cambiar ese orden y no tomar medidas que apuntaran a conjurarlos, ya lo hacía partícipe pasivo o por omisión, lo que constituía un acicate para que los separatistas tuvieran mayores seguridades, al tiempo de que el propio Huertas se debatía entre principios que se alineaban en planos diferentes: el de lealtad a Colombia, frente al de equidad para Panamá; el de amor a la patria de origen, frente al de amor a la patria familiar y social; el de la certeza del continuismo, frente al porvenir prometedor; el del conflicto permanente, frente a la confianza en la reconciliación; el de la seguridad del fracaso, frente a la probabilidad del éxito; el del acatamiento de los principios institucionales, frente al respeto a la voluntad popular local; el de distribución de la pobreza, frente al de generación de riqueza y quien sabe qué otros elementos que habrá considerado y ponderado su inteligencia. No obstante, con la astucia indígena que caracteriza el mestizaje, se reservaba su decisión.

Cuando fue ineludible tomar partido, prevaleció la patria nueva, que lo sería de su descendencia, no había novedad en ello en nuestra América. Como ha dicho Diógenes De la Rosa “el lugar natal nada importaba cuando había que bregar por la libertad de cualquier provincia americana”. “El pensamiento de los precursores y libertadores tenía amplitud continental aunque libraron su acción sobre territorios limitados”.

Tras la separación, el Panamá que nacía fue agradecido y correspondió a Huertas con el reconocimiento de 50 mil dólares, por decisión unánime de la asamblea constituyente y a solicitud del pueblo, ya consumada la independencia. Esto no fue móvil ni causa para que apoyara la emancipación; a pesar de lo que se dice no he podido hallar prueba que lo desacredite. Tanto los panameños como los colombianos le debemos que la independencia fuera así, sin los resentimientos de la sangre vertida, sin lágrimas de viudas y huérfanos, sin los traumas de los odios irreparables, sin tableteos de metralla y sin mutilaciones invalidantes.

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