ESPERANZA

El diálogo: Ricardo Mejía Miller

Nací en la costa abajo de Colón; mi ascendencia es principalmente de negro colonial o lo que popularmente se conoce como “come coco”. Mi origen, como el de muchos colonenses, es de mujeres y hombres negros muy apegados a cultivar el intelecto y educados bajo un sistema disciplinario abierto y de diálogo.

Recuerdo a mi abuelo paterno, quien apenas llegó al sexto grado de escuela primaria, pero su taller de mimbre estaba lleno de libros y tenía cuadernos con anotaciones y recortes con una amplia variedad de temas. Con Juan Miller podías debatir de cualquier tópico y su fluidez al hablar sería la envidia de muchas personas “ilustres” que aparecen ahora en los medios de comunicación.

Por su parte, mi abuela Petra fue una mujer que, con apenas un tercer grado de escolaridad, educó a sus hijos y nietos; a mí me enseñó a leer y a escribir desde que yo tenía cuatro años de edad.

Mi madre, una profesora de español, caracterizó su método de crianza por el diálogo abierto –de igual a igual–, sin perder la transmisión de una disciplina estricta y de respeto mutuo. Mis hermanos y yo siempre hemos tenido la confianza de resolver con ella cualquier conflicto, pues aprendimos que seríamos escuchados en un plano de igualdad.

Hay dos palabras de moda en estos días: Colón y diálogo. Creo que es importante tener una clara definición del término “diálogo”. En cualquier diccionario sencillo, el concepto es claro: “una conversación entre dos o más individuos, que exponen ideas y afectos de modo alternativo para intercambiar posturas... con el propósito de lograr un acuerdo”.

Esto suena fácil, pero a partir de mi crianza y con los años, he aprendido que el diálogo puede ser un arma de doble filo si quienes están involucrados no ven al otro como a un igual. En el caso de mi familia, aunque mi madre estaba en una posición jerárquica superior, en cuanto a poder y autoridad, nunca nos las hizo sentir; eso nos permitió mantener una conversación sincera y llegar a acuerdos –sobre todo en nuestra adolescencia– que evitaron que nos “descarriláramos”.

Ahora adulto he aprendido que para poder lograr un diálogo con resultados positivos “los dos o más individuos” involucrados deben partir, cada uno, primero, de un diálogo interior y espiritual, como prerrequisito para cualquier intento orientado hacia dialogar con los demás.

Si no realizamos antes un honesto diálogo interior, lo más seguro es que usemos ese mismo diálogo para imponernos y si se está en una posición de jerarquía y autoridad siempre se impondrá la voluntad de quien tiene más poder.

Como colonense espero que todas y todos los que vivimos en este afortunado territorio comencemos a escucharnos y vernos como iguales, promoviendo diálogos sinceros que apunten a un fin común: el desarrollo real y sostenible de nuestras comunidades.

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