PERSPECTIVAS

La discusión de la economía y la sociedad que queremos: Eloy Fisher

Este diario presenta regularmente situaciones, algunas engorrosas, otras bochornosas, de cómo persisten las malas mañas en nuestro país. Es obvio que el problema trasciende personalidades y banderines políticos, si bien ambos pueden exacerbar los vicios congénitos de un país pequeño, volcado a la captura de rentas y no a la generación de capital humano y empresarial. Es en este contexto, a veces desesperanzador, en el que recae la discusión del Panamá que queremos.

Un gran número de comentaristas apostamos a que nuestras “opiniones” sean las correctas, pero en muchas instancias escribimos nuestros comentarios con una olímpica falta de atención, no solo a datos y a realidades compartidas, sino al esfuerzo de involucrarse intelectualmente con la posición que se refuta. A riesgo de despertar un poco de escozor (del cual me disculpo de antemano), cito los casos de dos apreciados columnistas: uno en materia filosófica y otro en materia económica. El caso del primero lo trataré, quizás, en otra ocasión (ya que la temática es más metafísica).

Como alguien que ha pasado (quizás demasiado) tiempo en los claustros académicos tratando de entender la posición ajena, comentaré el sustrato y el significado de la posición del columnista que aborda temas económicos, para incitar un debate necesario sobre la forma y el significado de este para Panamá (que por ahora quedará en suspenso). Dicho columnista es un liberal vertical –producto de veleidosas cuestiones de nomenclatura, esta línea “dura” se conoce como la “austríaca”, heredera de la singular tradición de Menger, Mises y Hayek que apuesta en procesos de mercado como mecanismos espontáneos y naturales para solventar conflictos e intereses. Todo lo que afecte este orden natural, especialmente cualquier tipo de intervención política en materia fiscal y monetaria, es vista como un peldaño más en lo que Hayek (quizás con excesivo dramatismo) denominó “el camino a la servidumbre”.

Si bien la teoría austriaca levanta críticas válidas sobre la conducción de la economía (especialmente al enfatizar la dimensión subjetiva del tiempo en nuestras decisiones), esta posición, tal como se esgrime cotidianamente en las páginas de La Prensa, omite importantes salvedades. Asume que la economía es “estrictamente” un tema moral, que debe mantenerse lejos de la política (y la ciencia), descalifica su consideración como un sistema complejo digno de análisis científico y peor aún, se demoniza a sus detractores como apologistas de la esclavitud. Sin duda, un marco austríaco puede ser válido en períodos específicos, como por ejemplo, Estados Unidos durante lo que se conoce como la “primera” Gran Depresión (1873-1896).

Sin embargo, tal como afirmase Keynes, el desarrollo de un sistema financiero complejo en el siglo XX trastoca esta coordinación “natural”. Las finanzas modernas no solo median los intereses de acreedores y deudores, sino también de accionistas, políticos y sus testaferros.

Estas ideas conllevan riesgos intelectuales al estudiar un país como Panamá. Por un lado, la agencia humana no implica soluciones “naturales”. Tal como arguye Foley en Trinidad impía, el conflicto es clave para el decurso de todo sistema “natural”, complejo y evolutivo; como el social. No se puede abogar que la búsqueda del interés (y el poder) es consubstancial al ser humano y proponer estricta equivalencia y armonía con intereses ajenos si se eliminan las “barreras” que impiden el supuesto ajuste (cualesquiera sean).

En Panamá, donde existen élites contrapuestas en el manejo de sectores clave de la sociedad, esta posición peca de ingenua. Una teoría aplicable debe entender esta realidad, y buscar maneras de moldearla con justa atención a límites impuestos por el sistema democrático y los derechos humanos, no de trabajar a su pesar. Peor aún, este purismo puede servir como justificación para planes de despojo de bienes públicos a manos privadas para captar rentas económicas, posición que poco o nada tiene que ver con las intenciones de austriacos verdaderos como el citado columnista.

Por el otro lado, el marco de discusión no puede tomarle el pelo al público lector. Si bien nos corresponde como economistas traducir ideas difíciles a fin de hacerlas asequibles, no podemos simplificar la narrativa a riesgo de distorsionarla. Muchos expertos a lo largo de la historia, infinitamente más inteligentes (y ociosos) que nosotros, han discutido estas cosas sin llegar a soluciones definitivas. Para enriquecer la discusión de lo que puede ser Panamá, y esclarecer los numerosos retos que tenemos por delante, debemos atender la realidad, ceñirnos a sus datos y ver qué es lo que funciona; pero esto último no podemos hacerlo a partir de ideas preconcebidas y dejando a un lado todo un cúmulo de avances en materia estadística, económica y social. En ese sentido, los panameños del siglo XXI podemos ser mejores que los “austriacos” del siglo XIX.

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