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El educador entre la dictadura y la libertad: Domingo M. González

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Frente a la turbación que enfrenta el país decente, a causa de la monstruosa malversación –igual que en dictadura– endosada a la nación por la pasada autocracia, creo exigible una reflexión nacional en el Día del Educador próximo a conmemorarse.

José Ingeniero en su Hombre Mediocre señaló: “Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal, no han sabido amarlo como patria; de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella”... ¿Encaja esto en nuestro país?

Quienes fueron, son y serán educandos siempre estarán agradecidos del educador (a) por sus conocimientos, que como única fuerza creadora en la vida nos comparten. Tuve los míos, como usted los suyos. Pero, ¿habrá coincidencia entre los nuestros, de estos y de aquellos?... Tal vez mucha. Depende del talante cultural impartido en cada época. Lo cierto es que la búsqueda de una identidad cultural nacional, digna, nacionalista, justa, respetuosa, honesta y solidaria se fue perdiendo con el transcurrir. Fue en la época de la dictadura iniciada el 11 de octubre de 1968, cuando el sistema educativo experimentó una transculturación, calificada por asimilados como progresista.

Entonces, no bastó al militarismo desacreditar las instituciones. Sublimar la mediocridad y compeler al profesional a la servidumbre fue la tarea. La estatura académica del docente fue facturada a la plebeyez, dando apremio al “docente acelerado”, que de la mano de otros profesionales igualmente abreviados, condescendieron la abyección necesaria.

El culto a la personalidad del general, promovida por los “acelerados”, fue la iniciación del deterioro del sistema educativo como de la sociedad. Los estudiantes fueron considerados “hijos predilectos de la revolución” y los boletines de calificaciones indicaban el indigno propósito: “Por una educación para la revolución”. La patria fue confinada y lo corruptivo, el corrupto y corruptible fue lo destacado.

Por fortuna, la libertad y la dignidad docente, contigua a la popular, dio al traste con los innobles propósitos dictatoriales, cuando, de forma organizada, el 9 de octubre de 1979 dijo: “Basta” al descrédito contra el docente y al proceso educativo embrutecedor pretendido por la dictadura, que no toleraba que la razón se elevara sobre la fuerza. Fue en la época del “veranillo democrático”, convenido por la yunta Carter-Torrijos, posterior a la consumación de los nefastos tratados.

Al transcurrir la “democracia” posinvasión, se mantuvo el desacreditador carácter gubernamental hacia el docente, al punto de alcanzar el irrespeto y la agresión de padres de familia y educandos. Igual se mantuvo la débil moral social, los primeros resultados electorales en democracia lo confirman. Tal vez la “anomia”, nacida a partir del 11 de octubre de 1968 en la sociedad, de la que no escapa el docente, sea la responsable. Quizás, a esta se deba la denigrante malversación de la ricamar autocracia, para satisfacer miserias y concupiscentes apetitos. Las partidas encubiertas a diputados y a juntas comunales, redituables transfuguismos, coimas –nacionales e internacionales– y los sobrecostos, paralelo a la populachería y el clientelismo estatal no fueron suficiente, hubo que extender su alcance.

Los caprichosos e infames aumentos salariales inmiscuyeron al funcionario y a la fuerza pública, hasta alcanzar al docente. No les bastó omitir el perfil que debió reunir la persona a seleccionar para dirigir la educación, su particular podredumbre llegó a instigar y agraviar, con dinero, la preclara condición del docente.

El período electoral le sirvió a la autocracia para instar y proponer a los educadores un electorero e improcedente aumento escalonado –hasta 2019- de $900. Esto llevó a los educadores a recurrir a prácticas nacidas en la dictadura, como indignantes encadenamientos, huelgas de hambre y paro de labores, para reclamar su efectividad.

La inobservancia gubernamental de la Ley 47 Orgánica de Educación –y otras concordantes– y el no exigir su cumplimiento son, en gran parte, responsable de los problemas en el sistema educativo. Se exige su cumplimiento porque es el único instrumento garante de la buena educación, y le permite al educador ocupar el preclaro lugar que le corresponde. Por ello, más que aptitud, la dignidad y vergüenza nacional demanda un cambio tangible de actitud en todo el sistema educativo, traducible a una catarsis social, a fin de chamuscar los sembradíos de corrupción, heredados de tirios y troyanos.

Restablecer los principios, fines y normas de la educación contenidos en la Ley 47, actualmente a la deriva, coadyuvará a devolver a la población la dignidad, honestidad, autoestima, respeto, nacionalismo, justicia y solidaridad, para sepultar la indigencia moral que padece.

Por último, refiero a todos los maestros y maestras del país, el poema que Gabriela Mistral alguna vez les dedicó en su día: “Si amas tu trabajo a medida que pasa el tiempo, si tus castigos son fruto del amor y no de la venganza, si en cada clase tuya tratas de renovarte, si sabes seguir un método sin convertirlo en esclavo, si en lugar de enseñar sabes también aprender, si sabes estudiar de nuevo lo que crees saber, si sabes instruir y mejor todavía educar, si tus alumnos anhelan parecerse a ti, entonces tu eres maestro”. ¡Saludos!

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