PAÍS DE PUERTAS ABIERTAS

Lo que no entienden de Panamá: Víctor Paz

Nuestra paz social se ve seriamente amenazada por la migración masiva de extranjeros. Al inicio, cuando se pensaba que el boom económico iba a sostenerse, nadie lo vio mal. Pero ahora que lo entendimos como algo, netamente especulativo, nuestro panorama se retuerce.

No estamos preparados para recibir a tanta gente, la infraestructura urbana, los organismos de seguridad, las entidades de salud, el esquema educativo, ni siquiera las plazas de empleo soportan el bombardeo migratorio que han patrocinado estos dos últimos gobiernos. Ya no se trata de ser buenos con la comunidad internacional, que tan mal nos trata. No podemos seguir permitiendo que la gula desaforada de unos pocos y la conveniente apatía de otros, siga rellenando el país de migrantes e inmigrantes, para colmo, malagradecidos.

A muchos de estos extranjeros solo les interesa el país en función del dólar estadounidense. Tienen un pésimo concepto del panameño, basado en el resentimiento ancestral que nos han tenido y la degradación sistemática que paisanos traidores (incluidos gobernantes) nos montaron. De cualquier forma, hay cosas que ellos no entienden, ni creo que les interese entender. Como que, pese a los históricos intereses monetarios de los poderosos y corruptos de cada época, por convertirnos en un enorme puerto, siempre ha subyacido la ideología de patria muy bien definida.

Al contrario de muchos países, Panamá supo pactar históricamente con grandes potencias, compartiendo la riqueza de nuestra posición geográfica, ganando más bien que mal, y sin perder identidad nacional. Dicho de otra forma, mientras al norte, centro y sur se mataban, los unos a los otros, tejiendo sus historias con sangre y pólvora, el panameño tuvo la inteligencia de crear una nación muy productiva y sin mortandad. Lo que nos ha hecho pacíficos, pero no pendejos, como muchos de ellos creen; confunden torpemente la estupidez con valentía.

A varios he escuchado decir que gracias a los extranjeros Panamá ha progresado. Lo que no terminan de entender es que este país se hizo a pulso, mucho antes de que se construyeran los grandes centros comerciales, los rascacielos y las autopistas. Que Panamá hizo riquezas de forma inteligente, aún siendo pequeña, mientras ellos se dedicaban a sobrepoblar sus grandes naciones. Que mientras ellos vivían del orgullo de los libertadores, nosotros construimos un país sencillo, pero fructífero. Y sin ser xenofóbicos, acogimos por igual a blancos (de verdad) chinos, negros, indios, árabes, hebreos, gente que ha convivido y florecido junto a nosotros sin tanta alharaca y más productivamente que estos hermanos latinoamericanos, que piensan, que por tener nuestro mismo color de piel y sus países tan comprometidos económicamente, el universo les ha dado el derecho a menospreciarnos e insultarnos en nuestra propia casa.

No somos cobardes, traicioneros, ni nada por el estilo. También sufrimos guerras, dicho sea de paso, contra la primera potencia del mundo, cosa que ninguno de ellos, aún con sus peores fanfarrones se ha atrevido. Tuvimos dictaduras y a opositores encarcelados, desaparecidos, torturados y muertos. Pero luchamos contra esto desde adentro, sin salir tan masiva y escandalosamente de nuestro país. Y aún siendo apenas dos millones de habitantes, les dimos a lo menos dos golpes de Estado.

El panameño es de hablar y actuar tardío, no porque tema o no sepa, sino porque respeta, escucha y piensa antes de hacerlo. Porque no somos un pueblo de novela, sino de realidades. Hostiles en parte, pero auténticos. Con triunfadores internacionales en muchas disciplinas. No se equivoquen con nosotros, que les hemos abierto las puertas de nuestro hogar. No somos mansos ni tontos; sencillamente y a mucho orgullo, somos panameños.

Antes de hablar mal del panameño, al menos –ya que están en nuestro país– tengan la inteligencia de entendernos, y el don humano de no responder con un puño, cuando aquí se les da la mano.

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