FORMACIÓN

La escuela y la moralidad del estudiante: Paulino Romero C.

Aunque dentro de la comunidad el hogar es la institución más influyente en la educación moral del niño, la escuela se ha visto obligada a asumir una parte de la responsabilidad en este particular.

La formación del carácter es uno de los objetivos primarios de la escuela moderna. El mejoramiento moral del alumno no resulta automáticamente de su asistencia al colegio, son las experiencias específicas en su relación con los maestros y condiscípulos las que tienen significación educativa en este sentido. En el ámbito escolar, las relaciones humanas del joven constituyen el factor que más se relaciona con los cambios en su moralidad. La ayuda que el docente ofrezca en cuanto a la conservación y mejoramiento de la salud física y mental del alumno se reflejará en su conducta moral.

Las actividades de grupo que permiten la participación de varios alumnos en un ambiente de cooperación y compañerismo son una oportunidad excelente para la educación moral. Los juegos y deportes, si se orientan debidamente, facilitan el aprendizaje de hábitos y actitudes sociales indispensables para la conducta correcta. Hay que tener cuidado, empero, en no exagerar la competencia, pues daría lugar a la tentación de hacer trampa.

Se debe estimular la seguridad emocional del joven; la inmunidad de este a las influencias perniciosas del ambiente guarda relación estrecha con el grado hasta el que se sienta emocionalmente seguro. El rechazado se muestra ansioso por conseguir atención y puede satisfacer esa necesidad incurriendo en una conducta socialmente inaceptable.

La escuela no debe intensificar la inseguridad emocional del educando con prácticas como el sarcasmo, el ridículo, la humillación, las comparaciones personales y las exigencias que rebasen su nivel de desarrollo. Una manera en que el maestro o profesor puede ayudar al joven inseguro es aumentando sus posibilidades legítimas para conquistar la atención de los demás. Procurarle ocasiones para hablar, preguntar, expresarse y participar en las actividades escolares. El estudiante inseguro en el hogar se muestra, a menudo, ansioso por permanecer en el salón después de las clases, por ayudar al educador en sus tareas, hablar con él y hasta confesarle sus problemas. La aceptación de esta relación, por parte del profesor, sin que se complique emocionalmente, brinda una oportunidad magnífica para ayudar al alumno desajustado.

Por esa razón, es necesario que el docente le ofrezca un espacio para ejercer su dominio propio y para resistir las tentaciones de participar en actividades inmorales. Es decir, la escuela tiene que proporcionarle ocasiones para que ejercite su propio criterio, tome decisiones y planee actividades.

El fracaso escolar, con las frustraciones y sentimientos hostiles que genera, es un factor que contribuye a la conducta delictiva.

El maestro debe comprender que a todos los estudiantes les gusta triunfar en alguna actividad. Es buena pedagogía procurar aquellas oportunidades en que este triunfe legítimamente, de modo que consiga algún reconocimiento y elogio. Por más modesta que pueda ser la contribución del alumno debe siempre ser reconocida. Y es que no todos ellos pueden lograr satisfacción mediante las actividades académicas; por tanto, es necesario descubrir y desarrollar cualquier talento o interés especial. La satisfacción que el alumno obtenga será un acicate que lo estimulará a conducirse correctamente.

La poca amplitud de las experiencias puede contribuir a la conducta impropia del estudiante. Por eso, es importante que la escuela brinde una variedad de actividades, en las que este aplique los principios morales.

Hay que dejar bien claro, sin embargo, que el adiestramiento moral probablemente requiere mayor discernimiento y esfuerzo por parte del educador que cualquier otra fase de la labor educativa.

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