DESPERSONALIZACIÓN

El estrés tecnológico: Dicky Reynolds O´Riley

En el nuevo catálogo de excusas para no prestar un servicio, sobre todo en la esfera gubernamental y en las grandes corporaciones, o cuando no hay respuestas a alguna petición, podemos encontrar la frase: “Se fue o se cayó el sistema”, típica en el lenguaje burocrático.

Dicha expresión te deja como en una especie de limbo, como con ganas de preguntar: ¿Dónde está? ¿Cuándo vuelve? Pero con el temor de que nos respondan con el clásico argumento de “no sabemos” o que nos envíen al mismo laberinto tecnológico a buscar al auxiliar de la información, quizás con el afán de que nos extraviemos en la pesquisa.

La respuesta sistemática no solo nos desconcierta, sino que da la impresión de ser una salida poco diplomática y mordaz al problema que buscamos sea atendido. Lo peor es cuando nos dan un número telefónico para acceder por medio de los famosos Call Centers, estos nos presentan un menú extenso de explicaciones y envío a recovecos para hablar con máquinas que nos agotan el saldo de las llamadas, la batería del celular y hasta la paciencia, indicándonos presione el número cinco para tal cosa, cuatro para lo siguiente... en una cuenta regresiva absurda y solo para, al final, decirnos: “Lo sentimos, en estos momentos nuestros operadores están ocupados, vuelva a intentarlo”, dejándonos sumidos en la intriga, con afán de encontrar el lugar en el que nos han tomado por tontos y con ganas de lanzarle insultos que, por cierto, caen en oídos sordos y se nos devuelven como ecos. Así fríamente. Nos quedamos agarrados de la rabia e impotencia por la mecánica excusa.

La despersonalización del emisor del mensaje nos hace sentir que se han reemplazado las relaciones interpersonales a tal punto que estamos casi obligados a tener un celular o correo electrónico y estar atentos a los mensajes de texto, porque a través de ellos nos pueden llegar anuncios que signifiquen una notificación o aceptación que no dará lugar a reclamos por parte del agraviado.

Lo virtual se ha impuesto a lo real al extremo de que ya hay países en donde no te atienden personas sino hologramas, con gestos de amabilidad vacía, transparente e intocable. Incluso hay automóviles que se retacan en el encendido si el sistema no reconoce la voz del conductor, y el daño electrónico, por muy insignificante que sea, debe pasar por la computadora y por la caja registradora de quien lo inspecciona.

Las vacaciones de los sistemas son tan frecuentes que nos podemos quedar varados en la ciudad, por no permitirnos tener el saldo necesario para abordar el Metro Bus o para cancelar una deuda por medio del cajero automático o quedar en la penumbra por la afectación al sistema eléctrico.

No hay ley humana capaz de ofrecer la gratuidad de lo que se pide si ha fallado el sistema. Todo lo contrario, se dice que está hecho por humanos y por eso no es infalible. Cuando el sistema realiza un cobro extra hay que recurrir a los programadores para que ellos decidan si habrá algún tipo de resarcimiento que, por lo general, no es inmediato y nos hace subir y bajar escaleras para tal menester, cuando no nos vence el cansancio por el reclamo. Pero cuando se han equivocado a tu favor, entonces no escatiman en hacer el descuento respectivo en la siguiente transacción, y pasas la pena de parecer deshonesto.

Hasta en las mejores familias el sistema ha hecho sus trastadas, como el episodio aquel de las máquinas contadoras de votos en Estados Unidos que dicen fueron responsables del destino de dicha nación en las elecciones pasadas. A veces el ábaco o los dedos suelen ser elementos auxiliares de mayor confiabilidad para efecto de contar. Todos, en gran medida, estamos siendo afectados por la “tecnodependencia”. Ahora las personas no hablan sino que chatean, tuitean o wasapean.

La tristeza tecnológica es uno de los síntomas, quizás no estudiados, de la depresión o abatimiento emocional que ocurre cuando una persona confía todos sus planes, proyectos y secretos a un amigo, considerado infalible, llamado USB, y este o se extravía en algunas de esas giras que da, de computador en computador, con la consiguiente pérdida de la información. De igual manera, puede contagiarse de un virus o perder su contenido de memoria, una especie de Alzheimer. Esa confianza depositada en el artefacto nos produce una sensación de pérdida irreparable. Es nuestra oficina de bolsillo, nuestro álbum de fotografías. Lo único bueno de esta experiencia es saber que la máquina no reemplazará al hombre, porque donde quiera que esté ni siquiera nos echará de menos.

Hay otros síntomas parecidos que ocurren cuando se cae la data y la conexión a internet es defectuosa, cuando no hay saldo en el celular y, por último, cuando este se pierde o es hurtado (tomando en cuenta a qué generación pertenezca). ¡Qué experiencia más traumática para algunos! En el catálogo médico aún no aparece descrita la “tecnodependencia” como uno de los males de este siglo.

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