NUEVOS ESCÁNDALOS

El fraude de Martinelli: Javier Barrios D.

La gestión del expresidente Ricardo Martinelli transcurrió de sobresalto en sobresalto –fiel reflejo de su personalidad–, pero muchos eran cortinas de humo lanzadas para mitigar errores o alguna crisis. Con ello nos mantuvo en un permanente estado de zozobra, razón por la que habría que cargarle a todos sus desaciertos algunas muertes (adicionales a la de los indígenas y obreros) y enfermedades de origen sicosomático que, como bien es sabido, produce el estrés.

Obviamente, no todo fue malo, pero es que además de obligante otra cosa no podría esperarse con los recursos (récord) que tuvo a disposición.

Como él –sin importar el cómo– juega a ganador, en 2009 embaucó a Juan Carlos Varela en su aventura para luego, ya seguro en el potro, despacharlo de una manera poco elegante y hablar pestes de él (mal paga el diablo a quien le sirve).

En la contienda pasada, con todo y que muchos daban por hecho el triunfo del Cambio Democrático, Martinelli, preparando el camino –por si las moscas– no demoró en lanzar petardos contra el Tribunal Electoral (TE). Igual que un niño (no difiere mucho) o un irresponsable, buscaba en otros –jamás mea culpa– las causas de su fallas.

Pero como el magistrado Erasmo Pinilla le salió rezongón, se llevó el gran chasco, sobre todo con aquel muy comentado discurso que le espetó en sus barbas –algo que no le perdona– por lo que recurrió a su usual persecución, dejando entrever dudas sobre la idoneidad de Pinilla y tildándolo de practicar el nepotismo. Eso fue clara muestra de que, al no encontrar nada relevante en qué aferrarse para sus aviesos propósitos, echó mano a nimiedades.

El TE, que no es perfecto, pero tiene ganada su fama nacional e internacional, era el último trofeo en su carrera de destrucción de las instituciones democráticas; como lo hizo primero destronando en un santiamén a la procuradora (¡flaco favor le hizo… vean donde está!), a quien reemplazó con dos que le hicieran los mandados, y resultaron un fiasco.

Luego terminó de enlodar a la precaria Asamblea Nacional, comprando a 27 diputados que, con los alcaldes y representantes de corregimiento, sumaron a casi 100 los tránsfugas. Igual hizo con la Corte Suprema de Justicia, nombrando amigos que terminaron tirando otra mancha oscura sobre tan alta magistratura.

El hombre del “cambio”, con claras intenciones de perpetuarse en el poder, violó leyes, normas y procedimientos, acomodó otras a su medida, incurrió en sobrecostos, abusó de las contrataciones directas y de los proyectos llave en mano, al punto que, incluyendo estos últimos, terminó duplicando la deuda pública (elevándola de $10.8 mil millones a $21.4 mil millones), subió los impuestos, vendió activos del Estado, gastó buena parte de los ahorros del gobierno, etc., todo esto dejó un déficit fiscal de $1,200 millones.

Fue así como en su período logró contar con un presupuesto global de $76 mil millones, duplicando el de Martín Torrijos y casi triplicando el de Mireya Moscoso, pero concentrando sus obras en la capital (donde están los votos, ¡por supuesto!), postergando así la agenda social y paliando a los pobres con limosnas.

El descubrimiento de actos de corrupción de su gobierno no para, pero ahora resulta que él, cual santa paloma ¡no sabe nada!, o sea que los subalternos le vendaron los ojos. Craso error, pues con ello demuestra que fue (es) un pésimo administrador (no se enteró de lo que aquellos hacían), cuando bien es sabido que se peca por acción y por omisión. ¿Cree que los demás somos estúpidos?

De forma descarada puso los recursos del Programa de Ayuda Nacional (PAN, de ellos de cada día) a disposición de sus candidatos y para que no lo “sapearan” salpicó a los de los otros partidos, con lo que todo quedaba como en familia, y, además, se gastó millones en publicidad estatal con fines estrictamente políticos. ¡Qué no habrá hecho con la partida discrecional!

Pensando que la fiesta continuaba, lo sorprendió la derrota con las manos en la masa (igual que a varios de sus colaboradores), algo lo que no ha podido asimilar. Y creyendo de forma errónea que aún puede producirnos más zozobra con sus sobresaltos o lanzar cortinas de humo, se sale ahora con que le hicieron fraude electrónico.

Es tan irresponsable que se atreve a decir que posee pruebas. Genio y figura hasta la sepultura. Pues que vaya recogiendo todas sus actas y comience a contar (uno a uno) los votos. El ladrón juzga por su condición, dudas no existen… el gran fraude ha sido Ricardo Martinelli Berrocal.

¡Los decepcionados son más!

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