LECCIONES DEL PASADO

La generación sin dictadura: Juliette Chevalier

Mi generación, es decir la de aquellos que actualmente cumplen alrededor de 25 años de edad o menos, es –como señalan los adultos– el futuro de este país.

Así como en su momento le correspondió a nuestros padres, hoy a los jóvenes se nos otorga la enorme responsabilidad que conlleva haber nacido en un período específico y mejorar el rumbo de la nación con ideas creativas, frescas y distintas, ahora bajo la influencia de la apertura a un mundo de constante cambio y comunicación inmediata. Nuestra generación es la encargada de luchar y defender aquellos ideales en los que se fundó esta patria: libertad, unidad y tolerancia.

Somos una generación muy afortunada por haber crecido en este asombroso y bello país, y también porque no sabemos lo mal que llegó a estar Panamá, a diferencia de nuestros padres y abuelos, quienes tuvieron que luchar para darnos el país que tenemos hoy.

Conocemos un Panamá que crece, incluso cuando el resto del mundo entra en recesión económica, y que no conoce los altos niveles de violencia y pobreza que experimenta la mayoría de los vecinos latinoamericanos.

Conocemos el Panamá de los rascacielos, de la inmensa inversión extranjera y de los índices de crecimiento económico sin precedentes, como algo normal y usual.

Hoy, 20 de diciembre, se conmemoran 25 años desde que el ejército de Estados Unidos invadió Panamá, con la intención de librarlo de una dictadura que fue tanto dolorosa para quienes la combatieron como devastadora para los que la sobrevivieron. No obstante, está de más decir que ni mi persona ni nadie de mi generación estuvo presente para ser testigo de lo ocurrido. Ninguno peleó por obtener la libertad que hoy disfrutamos y que nos hace una nación envidiable en la región. Por eso, dependemos de la educación formativa que nos brindan los colegios y las universidades para conocer los hechos relacionados a esa etapa de la historia patria.

Debo confesar que yo fui muy afortunada por graduarme en uno de los mejores colegios privados de este país, sin embargo, me entristece aceptar que, aún así, la educación que recibí sobre aquella época fue minúscula comparada a la opresión que en realidad se vivió durante esos años y al gran impacto que tuvo en nuestra cultura.

Me aterra admitir que mi generación sabe muy poco de la historia del general Omar Torrijos, quien hoy día es símbolo intrínseco de uno de los partidos más grandes del país, o de lo que hizo Manuel Antonio Noriega para merecer tantos años de cárcel en Estados Unidos, Francia y Panamá. Muy pocos saben que a Noriega lo sacaron de la Nunciatura Apostólica –donde se había refugiado– mediante el sonido de música extremadamente alta que sonaba día y noche afuera de su refugio, o que durante el período de Torrijos ocurrió la desaparición del padre Héctor Gallegos, cuyo paradero aún se desconoce.

La importancia de saber la historia va más allá de apreciar hasta dónde hemos avanzado como país; nos enseña la lección de que si no la aprendemos a profundidad, estaremos sentenciados a repetirla. Dictar un curso extenso sobre la historia de Panamá en las escuelas no debería ser tema de debate, más bien debe ser una estrategia para progresar. Como mencioné al inicio de este artículo, fuimos muy afortunados por nacer en el Panamá que nuestros padres soñaron y, por lo tanto, le debemos a ellos y a nuestros futuros hijos –como se dice en buen panameño– sacarle el jugo a estas libertades y oportunidades.

La única manera de progresar como nación es por medio de la participación individual y colectiva de la ciudadanía, quejándonos cuando las cosas se hacen mal y aplaudiendo cuando se hacen bien. Si los ciudadanos no actúan como fiscales, el gobierno tiene poder absoluto para hacer lo que quiera y es ahí cuando caemos en el vértigo del autoritarismo estatal.

Por las razones expuestas, hoy 20 de diciembre le pido a todos aquellos que nacieron después de 1989 o que quizás eran muy pequeños para recordar aquella época –que aterró a sus familiares por casi 20 años– que se interesen y le pregunten a sus padres, abuelos o profesores sobre lo sucedido. Aprendamos del pasado y no dejemos que este, bajo ninguna circunstancia, se repita y defina el futuro. Panamá está en nuestras manos, hagamos de este el país que soñamos.

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