REFLEXIÓN

El gran mal de mi país: Rogelio Antonio Mata Grau

El mal gana cuando vence nuestra voluntad de cambiar. Cada día somos testigos y víctimas de acciones que no pueden ser analizadas solamente bajo las premisas de un debate político o económico. El habernos habituado a una cultura de corrupción que venaliza, secuestra, tortura, practica el ensañamiento y viola los derechos privados y procesales, cambia la imputación de cualquier cargo sobre nuestra sociedad.

El país político ha fracasado, sin lugar a dudas, por lo que nos apremia a cambiar, urgentemente; y aceptar que hay modelos de vida y estilos culturales que no solo nos están deshumanizando cada día más, sino que también impiden caminar hacia la reconstrucción del bien común.

Los regímenes no nos imponen los males, el mal nace por personas que voltean sus miradas ante los males menores y justifican lo injustificable. El mal nace de un proceso lento de acostumbramiento, división y adormecimiento de la capacidad para enjuiciar a los actores e instituciones que lo producen.

Según Tomás de Aquino “el mal no es una esencia o naturaleza, ni una forma, ni un ser: el mal es una ausencia de ser; no es una simple ausencia o negación, sino una privación: la privación de un bien que debería existir en una cosa”. Es la “ausencia de aquella perfección que un ente debería tener para ser completo”, produciendo, como efecto, que los sujetos vivan solo de los restos de su humanidad perdida.

Esos restos que se acostumbran a actuar bajo la triste senda de la ambigüedad y el vacío de quien vive en un estado permanente de maldad.

Es así que el mal moral, con el que nos hemos acostumbrado a vivir en este país, es el peor de todos los males, porque “hiere la naturaleza humana, va contra la razón, contra la conciencia y contra la verdad”.

Hace escasamente cuatro días los panameños nos estremecimos con declaraciones de un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, este supremo juez, con sus revelaciones nos dijo a los panameños y al mundo que nos mira, que el Estado panameño es ahora un recipiente de podredumbre.

Pero la putrefacción no es el final, solo es una fase en el ciclo de la vida porque de la descomposición nacen nuevos seres vivos (sin entrar en muchos detalles y sin salirme del marco de este artículo), con esto trato de decir, que de esa descomposición y podredumbre nacerá y se alimentará una alternativa cualquiera que sea.

Con sucesos como los de la Corte Suprema de Justicia, con los nuevos casos de corrupción sistémica que afloran, con las sucesivas noticias de atraco al erario público, crecerá una alternativa, eso es debido a que la población no buscará una nueva política, lo que buscará es una forma de castigar, porque creen que el castigo es una necesidad moral y desean el momento de dar azotes a diestra y siniestra.

Las razones que los moverán no son la esperanza, la ilusión o la confianza en un nuevo proyecto, se tratará de una desesperación como consecuencia de la quiebra moral de nuestra sociedad.

Este país se paraliza solo cuando consideremos que lo que nos sucede es algo banal y transitorio, o que es un mal menor soportable bajo la falsa ilusión de un posible cambio que sucederá en algún momento, cuando ya no podamos “más.

Pensar así revela que el mal se ha hecho estructural, que ha logrado su victoria porque ha pasado a ser endémico; que nos ha quebrado emocionalmente, polarizándonos y haciéndonos creer que no existe un futuro mejor.

El mal gana cuando adormece nuestra voluntad de cambio.

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