SOCIEDAD

Le herencia cultural de los inmigrantes: Priscilla Delgado

Desde antes de ser república, nuestro istmo ya había sido habitado por algunos que otros extranjeros, sin hablar de la visita inesperada de los españoles que, desde aquí, se movieron a distintos sitios. Los negros, traídos como esclavos, conforman hoy una nueva hermosa raza y ya casi todos los panameños tenemos una parte de ellos en nuestra cultura y nuestro ser.

Luego llegaron los chinos con sus propias costumbres de habitar en comunas, ayudándose unos a otros, y es así hasta el sol de hoy. Construyen grandes casas en las que caben muchos compatriotas y allí se las van arreglando para salir adelante, sin hacer mucho alarde de lo que ganan para sobrevivir, y trabajando de sol a sol, en oficios que los panameños no hacemos, como crear una tienda de “abarrotes”.

Por nuestra posición geográfica, también, nos han invadido israelíes, árabes e indios (con su particular forma de hacer negocios), griegos, italianos, etcétera.

De todos estos inmigrantes hemos aprendido y compartido sus costumbres, desde el año nuevo chino hasta la celebración del bar mitzvah, que pondera el crecimiento de sus jóvenes con una reunión familiar muy particular. Todas estas culturas han enriquecido la nuestra y han hecho de Panamá una mixtura de costumbres, de la que hemos participado y respetado.

Desde la llegada en masa de venezolanos, producto de la crisis interna que aqueja a su país, experimentamos muchos problemas. Pasamos de ser un Panamá pacífico a ser xenofóbico, en el que son frecuentes los insultos y la diatribas contra este grupo de personas que llegaron en busca de paz y para establecer su hogar aquí. Igual ocurrió antes con los colombianos, que decidieron hacer de Panamá su patria.

Siento que la situación se nos salió de las manos y si no le ponemos un alto a tiempo nos lamentaremos, como ya está pasando. Se ha acuñado la frase “pagarán justos por pecadores”. Es indudable que muchos venezolanos han venido a aportar sus conocimientos, como grandes chefs o mediante su cultura en distintas formas de ser, pero tengo que decir, con tristeza, que parece que una minoría ruidosa de ellos es la que está acabando con el anhelo de la mayoría que solo busca un hogar.

Por eso, la sociedad panameña, casi en general, se refiere a los venezolanos con palabras de alto calibre. Muchos desean que regresen a su país, que “no hagan aquí lo que no pueden hacer en Venezuela” y que practiquen la tolerancia o respeten el país que escogieron para quedarse.

Es hora de manifestar, en alta voz, “basta ya”, respeten nuestra identidad. Si a esa minoría no le gusta cómo somos, que se regrese o vaya a otro país a vivir. No podemos permitir que esta mala convivencia nos lleve a un mayor deterioro de lo que hemos valorado, por tanto tiempo: ser un país invadido por distintos colores y costumbres, en el que los panameños solo habíamos cerrado los brazos para abrazar a los extranjeros.

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