INVASIÓN

Una historia que no le gusta a nadie: Daniel R. Pichel

La semana pasada se cumplió el primer cuarto de siglo de la invasión de 1989. Un tema complicado que no ha sido abordado de forma que permita sacar conclusiones reales de lo que pasó. Obviamente, escribir sobre esto tiene casi garantizado generar incomodidades en unos, en otros o en todos. Lo que mencionaré es lo que he sacado como conclusión de todo lo que he podido ver, leer y escuchar al respecto.

Con ocasión de este aniversario, este año hemos tenido mucho material sobre los hechos de aquellos días. Películas, documentales, ensayos, reportajes, artículos de opinión y entrevistas han salido a la luz durante los últimos meses.

Es un hecho que en Panamá es poco lo que se estudia la historia. Los académicos hacen un esfuerzo titánico para navegar entre documentos históricos, fotografías, reportajes y anécdotas para poder armar el rompecabezas abstracto que constituye nuestro pasado. Si a eso le sumamos que solo han transcurrido 25 años desde la invasión y que muchos hablan con base a su percepción y vivencias, el resultado será confuso. La historia se analiza más fríamente cuando el tiempo nos aleja del hecho y permite ver los acontecimientos desde suficiente distancia para sacar conclusiones objetivas, no matizadas por juicios de valor propios.

Hasta ahora, hemos tenido sobre todo ensayos desde las perspectivas personales del autor, en los que el matiz ideológico salta por delante, haciendo dudar de las conclusiones. Así, algunos parten de la premisa de que todo lo que ha hecho Estados Unidos es malo y nada puede justificarse. Por lo general, son fáciles de identificar por los clichés típicos de la década de 1970. Términos como “el imperio”, “el coloso del norte” o “el imperialismo yankee” deben ponernos en contexto. Igualmente, cuando quien escribe se expresa con “la narcodictadura”, “los defensores del sátrapa”, “los lamebotas” y “los títeres del dictador”, tampoco es que suenen muy creíbles.

La invasión es un acontecimiento en el que no existen con claridad “buenos y malos”. Los panameños llevábamos dos años y medio tratando de deshacernos de una dictadura militar que tenía vínculos con el crimen organizado. A pesar de las medidas de presión pacíficas, las respuestas eran una represión frontal, que violaba derechos humanos elementales. Se encarceló a personas sin trámite judicial, hubo asesinatos de opositores del régimen sin investigaciones, se persiguió y exilió a personas por el simple hecho de disentir y expresar sus opiniones. El término “sedicioso” era un insulto o un piropo, según quien lo pronunciara. Todo esto propició el rencor contra Noriega, las Fuerzas de Defensa, quienes los apoyaban y los que no los confrontaban.

Hubo quienes convivieron con el régimen para obtener beneficios económicos, comerciales o políticos. De allí, que no fue hasta que Estados Unidos tomó represalias financieras que buena parte del poder económico comenzó a oponerse al gobierno militar. Obviamente, también hubo gente que luchó contra la dictadura desde el primer momento y pagó las consecuencias en carne –y bolsillo– propios. Mientras que otros decidieron navegar en aguas turbias, con tal de no poner en peligro su embarcación.

Algunos creían a pie juntillas en el discurso nacionalista de los gobernantes. Por la razón que fuera, pensaban que había que salir a defender a la patria contra quien se atreviera a atacarla. Entre ellos había militares. Por desgracia, fue la tropa y no los oficiales los que cayeron en ese canto de sirena y, obviamente, sufrieron las bajas. La población civil, sin deberla ni temerla, se vio en medio de una situación de guerra dentro sus casas y, como siempre, suele ser la que más sufre.

El caso es que, aquel día en el momento que se supo que se iniciaba la acción militar se mezclaron las sensaciones de miedo, alivio, incertidumbre, rabia y satisfacción. He llegado a la conclusión de que los que se alegraron por la invasión no celebraban porque morirían civiles. Solo celebraban porque se acabaría un régimen que había sido su peor pesadilla. Igual, los que sentían rabia ante el hecho de ver al país invadido no defendían a un dictador ni querían que Noriega gobernara para siempre. Cada quien respondía con base a su sensación individual, sin pensar a largo plazo en todo lo demás que ocurriría esos días.

Cuando escuchamos entrevistas o vemos documentales, no podemos pretender que haya uniformidad de criterios. No es posible que alguien que tenía familiares exiliados o presos, y que de repente vio humillado a quien los habían reprimido, pensara igual que una persona que dormía y de pronto veía destellos de bombas que caían frente a su ventana o a quien le mataron a un hijo o un familiar cercano. Así mismo, nunca sabremos qué habría pasado si no se hubiera dado la invasión. Todo eso es elucubrar sin evidencias.

El tema es tan complejo que 25 años después aún no sabemos cuántas personas murieron en total. Unos hablan de “decenas de miles”, mientras otros mencionan “300 o 400”. En algún punto intermedio –mas no equidistante– está la cifra real que, ojalá, sea posible determinar algún día.

La moraleja es que hay que seguir ventilando el tema, para poder construir la historia. Esa que será la unión de todas las versiones, con la debida verificación de fuentes y hechos. Lo que preocupa es que solo el 20% de los jóvenes entre 15 y 18 años, sabe que en Panamá hubo una invasión. El resto lo desconoce. Aunque el tema no nos guste, es nuestro deber, como país, afrontar los hechos y crear un marco que permita conocer lo que ocurrió y sus antecedentes, pero sobre todo que nos permita evitar que vuelva a ocurrir.

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