EL MALCONTENTO

La hora del nacionalismo: Paco Gómez Nadal

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La hora del nacionalismo: Paco Gómez Nadal

El nacionalismo tiene, como casi todo, sus cosas buenas y sus cosas malas. Refuerza la identidad y el sentimiento de pertenencia a una comunidad y, cuando no es chovinista, ayuda a enraizar a las personas entorno a una idea difusa pero poderosa: la cultura compartida, el territorio a defender, los símbolos sobre los que articular los rituales sociales. No me caracterizo por ser nacionalista, pero mi ceguera habitual no me impide ver las ventajas de algunos de los valores que llegan envueltos en las banderas. Lo malo es que normalmente es más visible la parte enfermiza del nacionalismo: xenofobia, reacciones emocionales fuera de lugar, sentimiento de masa encolerizada que responde a estímulos provocados por los manipuladores de cerebros (y de corazones).

Hace unas semanas pudimos asistir a la peor de las manifestaciones nacionalistas. Frases tópicas vacías de contenido, memes que circulaban en internet señalando fronteras inexistentes, apaleamientos públicos de todo aquel que osara a cuestionar el sacrosanto origen de Panamá (tan pérfido y glorioso como el de cualquier nacionalidad). Sin embargo, no veo las redes estallar ante las noticias que hablan de una nación injusta y desbalanceada, ni ante las cifras de la desigualdad ni ante la exclusión sistemática de una buena parte del país de este festín desarrollista en el que nos hemos autoinvitado.

Dicen las estadísticas del Ministerio de Salud (Minsa) que los darienitas son menos panameños que los herreranos, y que los bocatoreños disfrutan menos de la patria que los capitalinos. Confirman esas estadísticas que los guna o los ngäbe o los buglé no son panameños y que los emberá y los wounnan ni siquiera merecen un renglón en el listado de la existencia. No hay médicos para quienes no son considerados miembros de esta comunidad. Ni enfermeras ni centros de salud dotados ni hospitales cercanos ni nada de nada. Los índices de mortalidad materna durante el embarazo, o las historias de desnutrición, o los relatos de quien muere en la trocha tratando de llegar a un centro con atención profesional son escandalosos. Merecerían una reacción nacionalista que empuje a las autoridades a tomar medidas de distribución de recursos y saberes.

El problema no es que Panamá tenga déficit de médicos y de enfermeras, sino de la falta de profesionales de la salud de los pueblos originarios y la negativa a trabajar en estas áreas de los profesionales criollos. Recuerdo que cuando el Gobierno de Venezuela inundó las barriadas más pobres y los pueblos más remotos con médicos cubanos se produjeron protestas airadas de los profesionales de aquella nación. Entonces, al Gobierno le tocó demostrar que las plazas existían pero que los médicos profesionales se negaban a ocuparlas. El orgullo nacionalista se quedaba a las puertas de los lugares más alejados, o de las comunidades en riesgo de exclusión.

En Panamá se trata de una combinación. Los esfuerzos del Minsa y de otras instituciones son fragmentarios y timoratos. El Gobierno que se ejerce desde ciudad de Panamá trata a las comarcas indígenas o a provincias como Darién o Bocas del Toro como Europa trata a África: con una lógica de caridad y no con la de la ciudadanía sujeta de derechos. Las comarcas y algunas provincias con territorio de castigo: allí se manda a los funcionarios que han hecho algo mal o que han caído en desgracia, allí se quedan los que no tienen a donde ir. O, claro está, los y las profesionales comprometidas con su país y con la salud de sus habitantes.

Esta realidad es aplicable si hablamos de educación, o de justicia, o de protección del ambiente. También es idéntica si comenzamos a detectar los territorios urbanos o rurales de Panamá que quedan por fuera de la “nación” oficial.

Las comarcas y las provincias más excluidas no necesitan bonos de comidas ni transferencias condicionadas de recursos ni excursiones de expertos de la ONU: necesitan la presencia de un Estado sensible a la diversidad y convencido de que todos los habitantes del país son equivalentes.

Pero si al Estado le toca esa tarea, a los ciudadanos que sí existen les toca hacerse mirar su concepto nacional. Una bandera y un desfile en noviembre no hacen patria; una tupida red de solidaridad y de empatía, sí. Las estadísticas de Panamá son la foto de un país injusto para sus propios habitantes. Las cifras generales del país siempre hay que matizarlas bajando a los territorios olvidados y las promesas de políticos y empresarios hay que pasarlas por el tamiz de la realidad para descubrir que están sesgadas por lo urbano, lo racial y lo patriarcal.

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