INVERSIONES

Dos más dos es igual a cuatro: Franklin Nelson Arias Real

Comprender conceptualmente qué causa un tsunami no te hace invencible cuando estás en la playa y viene esa ola gigante arrasando con todo. Habrá destrucción y cambio estés o no estés de acuerdo con el tsunami, sobrevivas a este o no.

Eso sucede también con la necesidad de la expansión del crédito en el mundo. Después de la Gran Recesión de 2008, los bancos centrales, sobre todo en Estados Unidos y Europa, han inyectado líquidez imprimiendo dinero de la nada para tratar de reactivar sus economías. Ese nuevo dinero debe encontrar su justificación vía préstamos que alguien termina usando. El sistema financiero internacional está basado en la expansión ad infinitum del crédito; si este cesa colapsa la banca. Cuando la globalización se estanca (entendida esta como consumismo en esteroides por el planeta entero), la única forma de mover el dinero circulante es mediante guerras o megaproyectos, que en ambos casos terminan convirtiendo en millonarios a dueños de empresas o familias recipientes de contratos, reales o ficticios, inflados o no (como el caso de Petrobras en Brasil, para no hablar de casos en Panamá).

A falta de guerras, los megaproyectos son la opción que sobra. De allí que propuestas como la reubicación de El Cairo, Egipto (por $45 mil millones), la construcción de las islas Khazar sobre el mar Caspio, en Azerbaiján (por $100 mil millones) o la ciudad Rey Abdullah, en Arabia Saudita (por $86 mil millones) no suenen descabelladas (ver https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_megaprojects lista de proyectos de más de mil millones en todo el mundo).

Recientemente, Rodrigo Noriega hizo un sesudo análisis (ver “Globoterapia”, La Prensa de 15 de marzo pasado, “Adictos al Canal de Panamá”) en el que explica el porqué no debemos endeudarnos, como nación, hasta que se apague el sol, con tal de poder, posiblemente, asumir la financiación de un cuarto juego de esclusas (por $17 mil millones, inicialmente). Semejante idea no huele a desarrollo nacional, sino a desarrollo inmobiliario. Estoy seguro de que a más de cuatro “panameños” se les hace agua la boca de solo pensar cuántos apartamentos más pueden vender, cuántas otras barriadas de lujo se pueden construir, y cuántas otras casas de playa o de montaña desarrollar con semejante megaobra. Las prioridades parecen estar al revés. La borrachera ampliacionista debe terminar. La adicción al área canalera como único motor de desarrollo de la economía nacional debe ser controlada. Si no se diversifica Panamá, mediante una mejor educación y salud, para exponenciar el recurso humano, y frenar las cuentas bancarias de unos pocos, seremos otro pobre-rico país petrolero (los ejemplos sobran).

Hay que usar el tsunami creado por el exceso de liquidez en el mundo a favor nuestro, no en contra. La solución a los serios problemas de pobreza y encefalitis demográfica no está en gastar dinero, sino en saberlo gastar. Endeudar a Panamá por un cuarto juego de esclusas haría ver a Philippe-Jean Bunau-Varilla como un patriota.

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