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DESBALANCE SOCIAL

Los inmigrantes de ayer y hoy: Carlos Eduardo Galán Ponce

Cuando observo la cantidad incontrolada e incontable de extranjeros que llegan cada día a este ya aglomerado país, bajo la excusa de que esta es una nación de inmigrantes, trato de hacer un recuento histórico de esas migraciones y de los aportes dados a nuestra comunidad, en cada momento.

La altiva provincia de Chiriquí es, en efecto, producto no solo de individuos que migraron de países lejanos, sino también de valiosos panameños de otras provincias que vieron en esta tierra y en su gente, la oportunidad de labrarse un futuro promisorio. Y llegaron decididos a integrarse a esta comunidad, trabajar con tesón, formar una familia y aquí se quedaron a vivir.

Desde principios del siglo pasado fueron llegando agricultores desde Canadá, Estados Unidos, Europa y Asia; hábiles artesanos de Centroamérica; zapateros, carpinteros, ebanistas, albañiles, mecánicos, impresores, reposteros e industriales; maestros en diferentes disciplinas; chinos con sus restaurantes, lavanderías y comercios novedosos; médicos e ingenieros europeos; y técnicos agrícolas, de Cuba y Perú.

Todos, bajo un denominador común, vinieron a llenar un vacío en las actividades propias de cualquier región y a suplir una gama de servicios de los que carecían nuestras comunidades. Trajeron su ingenio y su deseo de trabajar y quedarse; de practicar y enseñarnos sus oficios.

Crearon industrias, construyeron talleres, importaron bienes y actividades comerciales que no existían; desarrollaron la explotación agropecuaria; construyeron plantas hidroeléctricas para suplir nuestras necesidades; y cuidaron los recursos naturales de este sitio que escogieron como su hogar.

A los que hoy llegan sería equivocado calificarlos igual que aquellos inmigrantes de antaño. Ahora, algunos de ellos solo traen dinero e inflación, y su único ingenio es saber cómo obtener mucho más de nuestros ciudadanos; como hacen con esa trampa de las tarjetas prepagadas. Vienen a comprar lo que ya existía y traen el riesgo de provocar aquí, con su cultura, el mismo desbalance social que generaron en sus países y que hizo que muchos de sus compatriotas se refugiaran en Panamá.

Otros grupos vienen a hacer todos lo mismo. Son meros comerciantes y abren tiendas de “comprar y vender”, desplazando con su estilo parco de vida, por decir lo menos, a los comerciantes nacionales. Ninguno de los dos grupos ha venido a hacer nada nuevo ni a producir. Lo que sí es notorio es que toda aglomeración produce más basura, buhonería, violencia, robos, drogas, vicios, ruido, inseguridad, carestía de agua, demanda incontrolada de energía, desplazamientos urbanos, etc.

Útiles y positivos son esos profesionales de la clase media, de esos mismos países, que migran aquí tras haber visto truncadas sus oportunidades de labrarse un futuro mejor en sus países. Truncadas, en buena parte, por la voracidad y la codicia de esos pocos “empresarios” que vienen delante de ellos con enormes fortunas –groseras y desproporcionadas frente a la pobreza y el tamaño de sus países–, que han caído como vampiros sedientos sobre Panamá, especialmente en esta provincia. El producto del ingenio y el trabajo de nuestros pioneros han ido a parar a manos de los hoy llamados “inversionistas”.

Cuando a Chiriquí le tocó desarrollarse y crecer sola, junto con esos ingeniosos inmigrantes de la época, surgieron aquí como propias todas las actividades necesarias para su normal subsistencia: clínicas-hospitales, hoteles, salas de cine, cadenas de supermercados, rastros (mataderos) de aves y ganado, fábricas de embutidos, plantas procesadoras de leche, granjas avícolas, ganaderías y fincas agrícolas, comercios variados, plantas hidroeléctricas, fábricas de hielo, distribuidoras de productos agroquímicos, representaciones de equipos rodantes y agrícolas y sus repuestos, y la distribución de combustibles.

Hoy, con muy pocas excepciones, no queda nada de esto en manos de sus forjadores. El dinero, más fácil y en cantidades ilimitadas procedente de la ciudad capital y del extranjero, lo ha ido acaparando todo. E, irónicamente, a esto también ahora le llaman “desarrollo” y “crecimiento”. Lejos quedaron los buenos tiempos en que en esta provincia no había ni limosneros ni buhoneros, y solo un tipo fumaba “canyac”. Lo único nuevo y positivo que he visto llegar es la subasta ganadera, que estableció un entusiasta joven costarricense, que es hoy parte de esta comunidad, junto a su hermosa familia chiricana.

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