IMPRESIONES

La audiencia del magistrado: Carlos Lucas López Tejada

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Por pura casualidad, mientras hacía el intento de enviar una encomienda para Las Tablas, me encontré en la terminal de transporte a mi compadre Sotero Soriano, a quien tenía varios años de no ver.

Conociendo bien sus inquietudes y su malicia, me imaginé que tocaría el tema de la audiencia del magistrado Alejandro Moncada Luna, que habían pasado la mañana del día anterior por la televisión. Inició su perorata contándome lo bien que iba en sus estudios Soterito, mi ahijado. Luego me preguntó, de sopetón: “¿qué le pareció el comportamiento del fiscal Pedro Miguel González, la actitud de las tres diputadas escogidas para iniciar el procedimiento, tratando de que el magistrado Moncada Luna compareciera al Tribunal de la causa?”, que en este caso sería la Asamblea Nacional.

Para adueñarse de la escena, mi compadre sentenció que nadie necesitaba entender la letra menuda de los códigos para darse cuenta de que el magistrado y su defensor tratarían de no acatar la orden de la autoridad que exigía su comparecencia a la Asamblea, ya que muy bien sabían, tanto el magistrado como su defensor, Sidney Sittón, lo que se estaba urdiendo para no comparecer ante la Asamblea Nacional que, convertida en Tribunal de Justicia, debía dictar la sentencia final en este caso.

“A la verdad, compadre –agregó Sotero– la audiencia a mí me pareció cursi”. A renglón seguido, y mirándome con la malicia que ya conozco, se empolló para concluir que la audiencia se había convertido en un “pobre espectáculo circense”. Todo lo cual lo puso en evidencia, ya que ese no era el vocabulario tableño que utilizaba sus encerronas. En efecto, con una sonrisa en los labios, señaló: “Es que, compadre, ahí no faltó ningún animal porque, según dijeron, salió un caballo que hablaba en español, y un señor con una melena que ya le caía sobre sus ojos, que, según se decía, era el magistrado Moncada Luna, a quien van a guindar por los ...”. En ese momento, lo paré en seco, y le riposté, con seriedad, que debía tener más respeto con la justicia.

Para suavizar el encuentro, que ya terminaría en pelea, pasé a exponerle algunas cosas que me habían impresionado, al observar los actos procesales que se cumplieron en la audiencia, a tenor de lo que dispone el Sistema Penal Acusatorio, que tanto ha contribuido a superar las dilaciones y las malamañas de los abogados para retardar los juicios, ya no como verdaderos juristas, sino como una defensa más de su respectivo cliente. Inicié mi exposición diciendo que me parecía conforme a derecho la intervención de Pedro Miguel González y de las tres diputadas que se fajaron contra el abogado del imputado, que denotó no tener ningún conocimiento “de la cibernética ni de la informática modernas” que entronizamos en la jurisdicción penal, y que al crear la “Oficina Informática” resultó nuestra mejor arma para controlar un poco la dilación de los juicios, en el momento en que a comienzos del año de 1990 inaugurara la Corte Suprema que me honré en presidir.

Me pareció, por otra parte, que en esta ocasión también salió a relucir un tema, muy propio de nosotros, los panameños: el del protagonismo en escena, con el que no se consigue otra cosa que enredar más los intereses políticos y económicos que de por sí minan el proceso en general. De ello dijo una vez un chusco que se trataba de aquel tipo de personas que si iban a un funeral de caché hubieran querido ser el muerto.

En fin, y para salir de un compadre que ya se sentía licenciado en derecho, terminé por prometerle que le enviaría uno de los números de la revista Iustitia, que debieran repasar los que nunca conocieron los pormenores de la invasión de un ejército armado hasta los dientes, como el que ocurrió a finales del año de 1989 en nuestra patria y que ocasionó la muerte de tantas vidas humanas y retrasó la economía del país, hasta que la intervención de un contralor, como Chinchorro Carles, permitió superar la crisis. También me pareció prudente referirme, en esta ocasión, a una situación que me ha dejado perplejo: la de una administración, como la de Juan Carlos Varela, a la que tenemos que apoyar, sin ninguna duda, los hombres de bien en este país. A mi modo de ver, es la única forma de superar el oscurantismo y la desolación a que nos llevó la administración Martinelli quien, con el pretexto de corregir el cáncer que según él pesaba sobre la clase política panameña, nos llevó a desembocar en la administración de un comerciante que se portó como todo un buen cambista y un peor administrador.

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