DOLENCIAS CRÓNICAS Y DEGENERATIVAS

La maldita vejez: Xavier Sáez-Llorens

Hay diferentes formas de morir, unas más dignas que otras. En ese irreversible proceso, unas veces sufre más la víctima y otras sus familiares. Mi padre falleció hace ya ocho años, a la edad de 86, después de padecer los suplicios de la diabetes senil y la enfermedad de Parkinson. Su deceso, aunque doloroso para los hijos, fue una especie de alivio para esa tormentosa agonía. Como dice Woody Allen: “La muerte es un sueño largo e interminable, con la ventaja de que uno no se tiene que levantar a orinar”. Mi madre, por el contrario, ya casi a sus 90, respira aquejada de demencia terminal y no se entera de la situación. Salvo esporádicos destellos de lucidez, cada vez más escasos, ella prácticamente está muerta en vida. Nada le duele, nada recuerda, nada reconoce, nada le importa. Para mamá, quizás, la muerte no representa un paliativo, pero para nosotros es un deprimente final.

Hace medio siglo, era raro escuchar a las personas hablar sobre enajenaciones etarias, instituciones geriátricas o eutanasias compasivas. La esperanza promedio de vida no superaba los 50 años y el cese de funciones vitales acontecía usualmente de manera súbita. Hoy en día, los estragos de la vejez suceden de manera acumulativa, duradera e incapacitante. Una lista creciente de dolencias crónicas y degenerativas empieza a aparecer después de siete décadas de existencia. Es posible que esté siendo desagradecido con la oportunidad biológica que han tenido mis progenitores de vivir un tiempo por arriba de la expectativa poblacional, pero es que la longevidad también acarrea múltiples angustias y penurias. Hemos estado dilucidando la posibilidad de ingresarla en un asilo porque, aparte de requerir cuidados continuos, podría ser manejada por un equipo especializado, acostumbrado a lidiar con ancianos dependientes y capacitado para evitar la desnutrición o deshidratación que acompañan habitualmente a la gente vetusta. Esa decisión, empero, genera también profundos sentimientos de culpa. “Abandonar” a los viejos es una opción extremadamente emotiva y difícil.

Nunca nos habíamos imaginado debatir por colocar a mamá en una residencia de la tercera edad pero la realidad es muchas veces luctuosa e implacable y raramente respeta deseos o emociones. La demencia senil trastorna profundamente la mente, borrando recuerdos remotos, deformando querencias, alterando percepciones de tiempo y espacio, menoscabando el lenguaje y rompiendo paulatinamente los lazos con el mundo exterior. Desde que murió papá, mi madre entró en una profunda depresión. Quería suicidarse, no deseaba charlar con nadie, prescindió del aseo, perdió el interés por ver televisión o leer el periódico, ni siquiera le ilusionaba compartir con nosotros, había olvidado el catalán y los crímenes de la dictadura franquista. Con el correr de los meses, incrementó sus momentos de desorientación y confusión, alternándolos con episodios de una verborrea imparable que rescataba vivencias del pasado remoto. Esa efímera euforia convivía con la incapacidad de comprender el presente con claridad. Odiaba las andaderas, necesitaba ayuda para ducharse o ir al baño y, por las noches, se despertaba cinco o seis veces, pidiendo algo de comer o farfullando incoherencias. Su lenguaje se empobreció dramáticamente y el entorno se le convirtió en algo caótico e ininteligible. Hace poco, en horas de la madrugada, mi hermana descubrió a mamá en el suelo, inconsciente y sobre un charco de sangre. Había burlado la vigilancia de su velador y las medidas de seguridad de su cama. Era su tercera y peor caída. Fue precisamente este último incidente lo que ha motivado que discutamos pros y contras de su potencial reclusión. La impotencia nos hace recordar que ella requiere atención las 24 horas para evitar nuevos accidentes.

Comparto este drama personal con ustedes, mis lectores, porque estoy convencido de que todos pasamos por la incertidumbre relacionada a preparar y manejar la vejez o muerte de nuestros padres. Me parece imprescindible que, de adultos, plasmemos las voluntades anticipadas sobre cómo queremos vivir el final para prevenir constituirnos en una carga física o económica para los seres queridos. Ese documento, además, libraría a los hijos de tener que tomar decisiones complicadas, comúnmente repletas de disconformidades y pugnas.

Un extracto de la prosa del poeta colombiano Luis Carlos López describe a la perfección las borrascosas postrimerías de la vida: “Vejez, si tú me has puesto en un camino/ que no es posible desandar, siquiera/ hazlo por compasión, no agües mi vino/ mi última copa de Falerno...! Espera!/... No adelantes la hora de mi sino/ fatal, la inexorable hora postrera/ que aún no ha llegado mi cajón de pino/ mi fatídica caja de madera/... Y déjame apurar, como te pido/ mi última copa sin la inicua pena/ de irme achacoso hacia el eterno olvido/ tras de los granos del reloj de arena/... Más si tú, que hoy me miras abrumado/ me has de poner, como nos dijo el vate/ ´chato, pelón, sin dientes y estevado´/... ¡Llámame a Satanás, vejez maldita/ para poder hacer un disparate/ como Fausto, y buscar mi Margarita!”. @xsaezll

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