EXCESOS LEGISLATIVOS

A menudo, menos es más: John A. Bennett N.

Decirle “no” repetidamente a un niño que no obedece ese concepto es sumamente contraproducente, pues le inculcamos el irrespeto a la autoridad. Es decir, que el “no” debemos usarlo con conciencia y prudencia, obedeciendo las leyes naturales de comportamiento e interacción humana, e incluso, la no humana. Hacer caso omiso al mandato del “no” debía resultar, ya sea en un simple regaño o escalar en la medida de la transgresión.

Pero también hay consecuencias ulteriores, ya que “los malos caminos conducen a mal destino”. También podemos recalcar que, a menudo, hacia dónde vamos es más importante que en dónde estamos. Con todo esto, referido al título de este escrito, quiero meditar en torno a los excesos legislativos.

¿Qué porcentaje de la ley panameña es puesta en práctica, ya sea por los ciudadanos o ejecutada por las autoridades? Las razones de la desatención a la ley son muchas, van desde el simple desconocimiento hasta la imposibilidad de cumplimiento, como es la disposición del límite de velocidad de 25 kph, algo que desde hace años ridiculiza a las autoridades, o de los inverosímiles letreros de “Alto” en la vía Panamericana.

Y es falso que “la ignorancia de la ley no excusa su incumplimiento”, ya que la ignorancia de la ley es una magnífica excusa, cuando es incomprensible en su texto o extensión.

Peor aun, o quizá mejor, es que a la legislación como elemento fundamental de la gobernanza le llegó su ocaso. Y esto no está ocurriendo porque legislar sea malo, sino porque la legislación excesiva y pervertida es terrible utilizada por sistemas con disfraz democrático. Si a ello le añadimos la aceleración de los conocimientos y la tecnología, debía quedar claro que debemos revisar la gobernanza.

Si realmente existiese un interés en depurar las leyes tendríamos organismos legislativos explícitamente dedicados a examinar la gangrena legal. Pero hasta en los medios escuchamos balbuceando sobre la disminución fabril legislativa, cuando los legisladores se ausentan. Ante ello yo diría…¡menos mal!

Son problemas de miríadas facetas; tal como ocurre con los impuestos, cuando vemos que típicamente menos lograrían mayor recaudo. Todo buen comerciante sabe que, si logra bajar los precios, logrará mayores ventas. Pero es curioso o triste que los politicastros no vean que lo mismo aplica a los impuestos. El problema pareciera ser que para ser buen político hace falta ser mal empresario.

El buen empresario sabe muy bien que no puede incurrir en gastos que no vayan balanceados con sus ingresos. Pero cuando pasan a un puesto público, de pronto esta ley pierde su validez. También saben los empresarios que los productos y servicios no se regalan; pero los políticos creen, tontamente, que regalando cosas se puede ayudar a los pobres. Pero la triste realidad es que saben que es la mejor manera de montar el potro del poder y el dinero.

Y es que los sanos de mente pocas veces resultan buenos políticos. Está el caso de Jefferson, que redactó la Constitución estadounidense, de quien dicen: “Se escabullía del debate público, tal como niño temeroso de la oscuridad”. Jefferson odiaba la pompa y las ceremonias, como también las confrontaciones y el discurso acalorado y vano. Así, tanto favorecía la fecunda, clara y meditada escritura, que le pedía a sus colaboradores del gabinete opiniones escritas, para evitar la algarabía improvisada. Pero resulta que la franqueza y candidez son anatema en la política y la televisión. Jamás podríamos elegir hoy día a un Jefferson.

¡Es absurdo que la ley no contemple su propia perversión como atenuante en algunos delitos! ¿Acaso no existe la obligación de simplificar, clarificar y diseminar el mandato constitucional? Como podría el analfabeto caminar el estrecho y torcido camino legislativo.

Y ni hablar si incluimos en el listado de analfabetos a una gran mayoría de los egresados de los centros penitenciarios, mal llamados “públicos”. Y mejor incluimos al resto de la convivencia; particularmente si tomamos en cuenta que nuestra Constitución es una oda en galimatías.

Como bien sentenciaba Cicerón: “Existe una ley, una razón, acomodada en la naturaleza, universal, inmutable, eterna, cuyos mandatos nos urgen al deber, y cuyas prohibiciones nos restringen del mal… Esta ley no puede ser contradicha por otras leyes, como tampoco está sujeta a derogación u abrogación”. Pero qué triste que eso es, precisamente, lo que caracteriza a nuestra carta magna; el exceso y el abuso de le ley.

Nuestra ley no tiene base en la costumbre histórica, como tampoco pretende descubrir y asentar las leyes naturales; y más bien se asienta sobre la falacia que un grupo reducido de funcionarios elegidos en bochinche, tiene la iluminación y mandato de guiar el rebaño. Ello nos conduce a la discrecionalidad del funcionariado, que desarticula la obligación moral de su cumplimiento; sino en derecho, ciertamente de hecho.

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