ACTOS DE MORALIDAD

Las migraciones humanas

Antes que un asunto legal, frente a las migraciones humanas tenemos que confrontar un asunto moral y ético. Y digo antes, sin desalentar ni colocar a distancia las verdaderas y genuinas preocupaciones económicas y políticas de las naciones y de los nacionales, porque las naciones tienen responsabilidades que cumplir con sus propios ciudadanos.

Desoír la crisis humanitaria –que conlleva abandonar el país propio, renunciar a una nacionalidad o ilegalmente escapar de la patria para salvar la vida o para encontrar el bienestar para los hijos– es más nocivo a la convivencia humana que el delito contra una norma legal sobre migraciones. No se trata de cuestionar el derecho de cada nación a su autodeterminación, a excluir (parroquial) o a incluir (cosmopolita), sino de los deberes humanitarios que cada una debe honrar, en lo nacional y en lo internacional. Se debe ser claro y estar claro que estos no son actos de caridad, sino de moralidad.

La inmigración –que no es un fenómeno nuevo, pero sí reviste situaciones nuevas hoy día– es, también, un asunto político que adquiere prominencia de forma cíclica, apareado con los procesos electorales de los países. El contexto político sobre la soberanía de los Estados y las naciones, y sus diferentes acepciones de restricción de membresía, hacen ebullición con periodicidad previsible. Si esa inmigración es no autorizada, definitivamente que se ponen en aprieto los conceptos de soberanía y autodeterminación. De allí la estrecha relación entre la soberanía del Estado, el control de la inmigración, el concepto sobre ciudadanía y el ejercicio de las libertades dentro del Estado.

La membresía a una nación o nacionalidad no condiciona o excluye la ciudadanía, no importa cómo se conciba esta, ya sea que se utilice el modelo dado por el consenso entre los miembros de una comunidad y aquellos que aspiran a serlo; o por el cumplimiento con ciertas características, como el nacimiento o relaciones (sociales o económicas) que se hayan establecido con la comunidad, sin previamente consentir esta con la titulación como ciudadanos. Y, aún hoy, la conquista de países o regiones cambia de un día para otro la nacionalidad de sus habitantes, pero no así el concepto de ciudadanía.

Quizás por esto debemos preguntarnos: ¿Qué es un ciudadano? ¿Qué nos confiere ciudadanía? Y no olvidemos que si de libertad para escoger se trata, el ciudadano por nacimiento (como una creación de gobierno o artefacto) ha tenido menos libertad de escoger, que el inmigrante que escoge ser ciudadano, desde sus derechos y sus deberes como persona humana; desde sus aportes y sus compromisos; desde su comportamiento y su dignidad (el ciudadano cosmopolita).

La diversidad dentro de una comunidad requiere mucho más que el consenso de ella –que puede ser discriminativo o excluyente– y está más cerca de lo que antes he enunciado, de las características del individuo que aspira a membresía y ciudadanía.

Como lo defiende el autor Steven P. Lee, la ciudadanía no puede reducirse tampoco a un asunto meramente legal, también lo es moral: “Los ciudadanos son portadores de derechos humanos y de humanidad, que trascienden nacionalidad o nacionalidades porque (1) son iguales cuando comparten derechos y deberes como los de todos en una comunidad; (2) son políticamente activos en sus comunidades y le dan dirección a sus iniciativas; (3) adquieren el sentido de pertenencia a través del ejercicio de las anteriores posesiones”.

Como lo señala Alistair M. Macleod, es solamente que algunas veces las políticas de inmigración consideran los derechos humanos o invocan la justicia distributiva, y resulta significativamente irrelevante para la defensa moral de las políticas de inmigración, si ellas son constitucional o legalmente permisibles o si se adecuan a la legislación internacional o si se adoptan legítimamente por Estados soberanos en uso de su autodeterminación.

La inmigración irregular, aquella fuera de los aspectos legales vigentes en cada país, debe manejarse en un acto de reconciliación entre el humanismo y el respeto a las leyes. El nacional virtuoso que acoge a un inmigrante ilegal, ¿cuán virtuoso es? El inmigrante legal que se suma a un nacional no virtuoso, ¿cuán legal es? Una reflexión seria y profunda sobre estas realidades debe permitirnos ser hombres y mujeres prudentes para evitar altisonantes juicios, no solo primarios sino primitivos.

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