ECONOMÍA

El monopolio de la indignación: John A. Bennett N.

Hay pocas cosas más desesperantes que tener picazón y no saber dónde rascarse, y esa parece ser la situación de algunas personas a las que les ha dado por llamarse “indignados” y que pretenden el monopolio del enojo. Lo más curioso es que incluso han adoptado un nuevo lenguaje al que se le conoce como “galimatías”, que ni ellos entienden, salvo que todos están “emberracados”.

Hablan de un “tren en el que viajan”, de “modelos que asfixian”, maldicen al 1% de los ricos, al mercado, a la oferta y demanda y al capitalismo, para mencionar algunas de sus indigestiones. Lamentablemente, todo lo señalado no ayuda a enfocar las verdaderas y profundas causas de lo que debía enfadar no solo a quienes dicen estar indignados, sino a todo el que esté preocupado por el futuro de sus hijos.

La indignación es buena y productiva cuando se enfoca correctamente, y es lamentable que los indignados centren su furia en conceptos genéricos como “el mercado”, que, por definición, no es más que la plaza en donde se reúne la gente a comerciar bienes y servicios. O acusan a los ricos, con lo cual podríamos pensar que, también, podrían atacar a los pobres; porque la mayoría de los indignados no lo son.

Mis estimados enojados, afinen la puntería y despierten a la realidad de problemas reales, tales como el “estado de bienestar” que desde épocas coloniales viene condenando a nuestra gente a una cultura disfuncional de pobreza. Este es el camino a la servidumbre que padece gran parte de nuestro pueblo; y no un capitalismo que jamás hemos practicado.

El problema está en haber institucionalizado las subvenciones, el desempleo, el gas licuado, la energía, el transporte, etc., que le cuestan al Estado un millón 300 mil dólares al año. ¿Qué pasará si se presenta una verdadera crisis económica mundial y no alcanza el dinero para mantener esas sinecuras? Ese es, precisamente, el problema en Europa, en Estados Unidos y en otros países.

Los problemas deambulan por los pasillos del endeudamiento improductivo, que vienen utilizando inmoralmente los partidos para pagar planillas de botellas, corrupciones y otros despilfarros. ¡Estas cosas tienen consecuencias! Son demasiados los que viven por encima de sus posibilidades, con un endeudamiento del sector privado que se ha duplicado en los últimos años –más de 30 millones– a lo que debemos sumar al endeudamiento público, porque el día en que no salgan las cuentas, los únicos que podrán pagar son los ciudadanos, esos que están sobre endeudados. ¿Qué harán los gobernantes? ¿Subirán el impuesto de consumo al 20%, como en muchos países europeos que ahora ya no pueden con esa múcura?

En fin, que despierten esos expertos en galimatías, no sea que pronto los veamos por las calles quemando el rancho, como ya ocurre por otras latitudes; y entonces sí que vamos a ver sufrimiento e indignación.

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