ESPÍRITUS TURBIOS

La muerte del príncipe: Moisés Pinzón Martínez

Nicolás Maquiavelo (1527) no es un nombre representativo de grandes ideales como podría ser Sócrates, Confucio o Jesucristo, ni mucho menos un estadista, como Pericles, cuya vida fue consagrada al desarrollo; ni un guerrero presto a dejar su vida en los campos de batalla en defensa de sus semejantes, como fue Simón Bolívar.

Maquiavelo se ha convertido en un adjetivo que determina hechos oscuros, traicioneros, acciones rastreras. El diccionario define como “maquiavelismo” a la doctrina que aconseja el empleo de la mala fe cuando sea necesario para sostener la política de un Estado; modo de proceder con astucia y perfidia. Y perfidia es, según el mismo diccionario, deslealtad, traición o quebrantamiento de la fe debida.

Sin embargo, Maquiavelo fue más que todo un historiador, que logró visualizar y sintetizar, de una forma magistral, el carácter y la conducta política de los tiempos hasta entonces conocidos. Tipificada por la usurpación, el robo, la esclavitud de un grupo frente a otro. Realidades ciertas en todas las épocas hasta nuestros días; cuando se le está dando un rotundo vuelco a todos los modos de conducta, tanto personales como sociales, en el comportamiento de las diversas comunidades, a partir de una realidad incuestionable como lo es el desarrollo de la cultura general, que sustenta nuestra sociedad moderna.

Este estilo “maquiavélico” de accionar político tiene muchos adeptos aún. Se debe a su estudio, documentado en el libro El Príncipe, la apreciación de que la “política es el arte de mentir”. Adeptos cuyas limitaciones formativas les impide ver los cambios que se han consolidado a partir de la Revolución Francesa, y de su maduración a lo largo y ancho del mundo, en el transcurso de estos más de 200 años, transcurrido desde entonces.

El estudio de El Príncipe se refiere a una época en donde el poder estaba basado en la autoridad divina y otorgada de carácter hereditaria; sustentada en la ignorancia en que se encontraba la población de aquellos tiempos. Ignorancia que fortalece la expresión ineluctable de la “sangre” como categoría de liderazgo. Fortaleza esta, que, después de varios miles de años de ejercer eficientemente su influencia, se convirtió en costumbre; siendo la costumbre una raíz fuerte y profunda que alimenta firmemente el status quo. En un mundo que se transforma por minutos, esta raíz está siendo aserrada de cuajo, sin dejar rastro.

En este milenio del conocimiento y la cultura, los valores que determinan la acción de los hombres están estrechamente vinculados a la dignidad, la amistad, la sinceridad, el respeto, la solidaridad; aun cuando, aparentemente, el desorden en que está sumergida la sociedad actual, indiquen lo contrario. Y está indicando lo contrario porque casualmente estamos justo en el momento tormentoso del tránsito de una época a otra.

Ningunas de las “acciones de los hombres” descritas por el autor se sustentan en la actualidad. Para empezar, las fuerzas sociales que crecen decididamente son los luchadores por la paz y la igualdad de oportunidades. El fundamento internacional que regula las relaciones entre los Estados es el principio de autodeterminación de los pueblos, consignado en la Carta de las Naciones Unidad de 1945, en su artículo primero. Las relaciones intersociales están determinadas por la máxima de Benito Juárez que reza que “el respeto al derecho ajeno es la paz”; por lo que el “imperio de la justicia” se está convirtiendo en la verdadera fuerza del futuro. Y por otro parte la acción humana dirigida a controlar el poder, el gobierno de un Estado, está dada por el sufragio universal y es perentorio. La realidad que está descrita en estos cuatro puntos son ya hechos que determinan el acontecer mundial. La tolerancia y el consenso son los conceptos que se imponen, negando totalmente los postulados de El Príncipe.

Dada la juventud del conocimiento universal que poseemos y la alta tasa de analfabetismo que aún existe, todavía hay muchos seguidores de este estilo de manejo político basados en la investigación realizada por Maquiavelo. Dado el bajo nivel cultural e intelectual de esos líderes, su ignorancia les impide enfrentar las nuevas tareas en forma creativa y no les queda otra alternativa que aprender a utilizar estos métodos, ya vencidos por los acontecimientos, para mantenerse en la dirección de los movimientos políticos.

Estos sectores que hoy utilizan a El Príncipe como su diccionario, no se han dado cuenta que la cultura avanza con pasos firmes, siendo ya imposible crear un Estado en medio de la ignorancia. Es por lo que cada uno de sus expositores son descubiertos y aislados en corto tiempo. El oportunismo de los aspirantes a la realeza les impide diferenciar estos elementos y les impide percatarse de lo fácil que es detectado su espíritu turbio; lo que los obliga, rápidamente, dada la creciente desconfianza que crece en su alma, y por el abandono, a rodearse solo de parientes, únicos en los que puede confiar.

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