INDIFERENCIA Y BANALIDAD

En un mundo pequeño: Berna Calvit

Leí en voz alta la noticia de que en Panamá se realizaría un servicio interreligioso en acción de gracias por la vida de Nelson Mandela. La expresión de los dos jóvenes frente a mí me indicó que no sabían “a santo de qué” la noticia me parecía digna de ser leída; y me recordaron el artículo “Quién escribió El Quijote” (La Prensa 22/6/2009) “chiste, parodia o suficientemente cercano a la realidad como para ser anécdota” que empezó en un salón de clases y terminó en el despacho del Ministro de Educación, todos negando haberlo escrito.

Para asegurarme de que no tenía la impresión equivocada les pregunté: ¿Saben quién es Nelson Mandela? La niña de 12 años, que estudia en colegio privado, contestó un escueto “no”; el universitario de 20 lo pensó unos segundos, el nombre “le sonaba”. Las respuestas me llevaron a preguntarles por qué no se interesan en lo que sucede en el mundo; ella respondió porque “No me lo dicen en la escuela”; y el joven, “¿Para qué me sirve enterarme de Martinelli y su gobierno”. “Qué mundo tan pequeño el suyo”, pensé para mis adentros. Ese día hice la misma pregunta a tres estudiantes universitarios y a dos de secundaria. Una chica dijo que le parecía que era el Presidente de un país. ¡Seis, de siete, ni remota idea!

No son los gadgets ni la tecnología cibernética las causas de la indiferencia y la banalidad, especialmente en los jóvenes. Son múltiples los factores, pero, a mi juicio, es la educación escolar (a todos los niveles) la que está fracasando estrepitosamente; por otra parte, las complejidades de la vida diaria dificultan la educación en el hogar. Y toman lugar preferencial la televisión con su pesada carga de trivialidad y valores torcidos; un gobierno de pleitos, que edifica cosas y casas y también antivalores y “todo vale” si de dinero se trata; la deshonestidad estudiantil, –el más reciente ejemplo que el Ministerio de Educación condona el grave delito de estudiantes hackers que alteran sus calificaciones– y profesores perezosos y mediocres que aceptan trabajos hechos con “copia y pega” (copy/paste), deshonestidad y pereza intelectual a la vez.

Las respuestas de los jóvenes me desconcertaron tanto que me pregunto si mi desazón es injustificada. ¿Será que me quedé atrás en el tiempo? Me cuesta aceptar que los muchachos no sepan quién es Mandela, hombre extraordinario, víctima del odioso apartheid, prisionero durante 27 años en su país, África del Sur; se sobrepone a sus largos años de sufrimiento personal y se convierte en símbolo de paz, de reconciliación. Logra conducir a su país a una transición histórica y se convierte en el primer presidente negro de África del Sur; recibe el premio Nobel de la Paz 1993 y es, tal vez, uno de los hombres que más premios y honores ha recibido en vida.

Difícil entender que un hombre cuyo mensaje trasciende fronteras es ignorado en las escuelas, lugar donde (yo creía) se forman la conciencia social, los fundamentos de la buena ciudadanía, el concepto de “soy parte del mundo”.

Otra cosa hubiera sido preguntar a los jóvenes sobre Constantino “el Grande”, Gregor Mendel o Rousseau. Y menos mal que no les pregunté por Confucio, de quien dijo la Miss Panamá de aquel año que “fue el que inventó la confusión y, por eso, fue uno de los chinos japoneses que fue de los más antiguos”. No pretendo con estas críticas pasar por “sabelotodo”; al contrario, mi ignorancia es tan grande que todos los días me veo obligada a enfrentarla. ¿Será que no entiendo los cambios que van conformando la nueva sociedad global? Eso que me parece indiferencia, egoísmo, frivolidad, ¿es lo que demandan las nuevas corrientes educativas, la competitividad en el mundo empresarial y laboral en general? ¿Es superfluo el conocimiento sobre los hombres y mujeres superiores que han marcado la historia de la medicina, la política, literatura, música, filosofía, economía, si no se aplica con fines crematísticos? La palabra “educación” aparece en cientos de foros, mesas redondas, cumbres presidenciales, planes de gobierno, etc. La educación es la clave para el “desarrollo del país” repetido hasta el cansancio. ¿Es el desarrollo deseado el que se mide en dinero como fin primordial? ¿Estamos desalentando la curiosidad intelectual, la formación humanística? Quienes fruncen el ceño cuando oyen las palabras “intelectual” y “cultura” se equivocan si creen que solo se trata de conocer las obras de Schopenhauer, Beethoven, Justo Arosemena, Carlos Fuentes, Shakespeare, o la teoría de la relatividad de Einstein, por ejemplo. ¿Cuánto tiempo vive el colibrí; existió la niña de Guatemala, la del poema de José Martí; qué significa la posición de las patas de un caballo en una estatua; de dónde nace la palabra testificar (para mi asombro); quiénes fueron Jonas Salk, Toro Sentado o Nele Kantule? Saber estas cosas no da dinero pero abre las alas del pensamiento, inquietud para la investigación y hasta da el “barniz de cultura” que evita confundir Confucio con confusión.

Los jóvenes (y los adultos) deberían conocer la vida y los valores de Mandela. Tal vez así nos daríamos cuenta de que, por ignorantes, andamos como andamos y tenemos lo que tenemos. Dijo Confucio, filósofo chino (551-479 A.C.): “La ignorancia es la noche de la mente; pero una noche sin luna y sin estrellas”.

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