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EDUCACIÓN

Todo lo que necesito saber lo aprendí en kínder: Carolina Freire

Todo lo que necesito saber lo aprendí en kínder: Carolina Freire Todo lo que necesito saber lo aprendí en kínder: Carolina Freire
Todo lo que necesito saber lo aprendí en kínder: Carolina Freire

Ya lo decía Robert Fulghum hace 30 años en su célebre libro Todo lo que realmente necesito saber lo aprendí en el Kindergarten. Los aprendizajes que obtienen los niños en la etapa preescolar son importantes para el resto de sus vidas. La neurociencia y las ciencias económicas se han encargado de comprobar su tesis.

Por un lado, es sabido que durante los primeros años de vida el ser humano experimenta el mayor desarrollo cerebral de su ciclo de vida. De ahí que los cuidados de la salud y las interacciones positivas –afecto, estimulación temprana, juego, espacios para la creatividad– potencian sus capacidades cognitivas y no cognitivas a corto y largo plazo. Para muestra un botón.

Un nuevo estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) titulado: Los primeros años: el bienestar infantil y el papel de las políticas públicas, revela que un grupo de niños jamaiquinos que se benefició de una intervención en los dos primeros años de su vida, tuvieron coeficientes intelectuales más altos, ganaban 25% más, y tenían menos probabilidades de involucrarse en actividades delictivas que otros niños 20 años después.

Por otro lado, la inversión pública en la primera infancia también es de alto rendimiento. El premio Nobel de Economía, James Heckman ha demostrado que cada dólar que el Estado dedica a la provisión de servicios públicos de alta calidad para los infantes tiene una tasa de retorno del 7%. Esto como resultado de las reducciones en criminalidad, mejoras en resultados académicos, menor desempleo, y la práctica de hábitos saludables.

Invertir temprano supone ganancias económicas y sociales a largo plazo. El Estado evita tener que incurrir en el financiamiento de programas de recuperación académica producto del fracaso y deserción escolar, o en subsidios económicos y programas de prevención y control de la violencia. Al abonar a la formación de capital humano, la inversión en primera infancia contribuye además a romper el ciclo intergeneracional de la pobreza de manera sostenible.

A pesar de las ventajas, los países de América Latina y el Caribe dedican menos recursos a los más pequeños que los países más desarrollados. El mismo estudio del BID señala que los países de la región invierten escasamente el 0.4% del PIB en la primera infancia. Eso es la mitad del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Tradicionalmente, las políticas públicas han priorizado a los niños en edad escolar, en detrimento de los más pequeños. Por cada dólar invertido en niños de hasta cinco años, se invierten tres en niños de entre 6 y 12 años en América Latina y el Caribe.

Esta práctica es muy visible en el sector educativo. En Panamá, por ejemplo, hemos prácticamente alcanzado la cobertura universal de primaria. Sin embargo, más de un tercio de los niños en edad preescolar están aún fuera del sistema. Y muchos de los que están matriculados asisten a modalidades no formales de inferior calidad. En la franja de 0 a 3 años, poco más de 3 mil niños asisten a centros públicos de orientación infantil. Las grandes infraestructuras educativas de los últimos años han privilegiado la expansión de la cobertura de la educación media. Los programas de incentivo a la demanda escolar, como la Beca Universal, benefician a los estudiantes de primer grado en adelante.

El diálogo nacional por la educación convocado por el Presidente de la República es la oportunidad que tenemos, como país, de establecer a la primera infancia como elemento central de la política social en general, y de la política educativa en particular.

Sugiero algunas metas que nos enrumbarán en esa dirección:

1. Fijarnos como objetivo lograr la cobertura universal de preescolar en cinco años y duplicar la cobertura de los Centros de Orientación Infantil y Familiar (COIF). Entre 0 y 3 años.

2. Adecuar progresivamente a los preescolares no formales a más altos estándares de infraestructura y pedagogía.

3. Articular los COIF y los preescolares con los servicios de salud y nutrición para erradicar la desnutrición del sistema.

4. Desarrollar un programa nacional de acompañamiento familiar que apoye a los padres de familia en la labor de crianza y estimulación.

Poner el interés de los niños más pequeños al centro del nuevo diálogo puede ser uno de sus mayores aciertos. Ellos y Panamá así lo merecen.

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