MALOS EJEMPLOS

El país de los impuestos: Domingo Espinosa G.

Desde tiempos inmemoriales se estableció el pago de impuestos por parte de ciudadanos de cualquier país, y ellos lo han obedecido de diversas formas; desde la voluntaria hasta la obligatoria, con la coerción y la coacción de la ley.

El ejemplo más patético es el narrado en la Biblia. Cuando le preguntan a Jesús, si era lícito pagarle tributo al César, respondió: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

¿Para qué el Gobierno cobra impuestos? Se supone que es para pagar los gastos de la maquinaria estatal y las inversiones públicas, que deben revertir a los ciudadanos mediante un servicio eficiente y la rendición de cuentas para saber cómo se invierten los recursos del pueblo. Sin embargo, diariamente, se presentan muchas quejas por mal servicio y hasta por el maltrato que dispensan algunos funcionarios, quienes no logran entender que su trabajo se debe, precisamente, al pago de los impuestos de aquel ciudadano que tiene enfrente.

Frecuentemente, se reporta mal uso de los recursos del Estado; una prueba de ello es la cantidad de carros oficiales, cuyos conductores se “pasean” por las playas del país, y ahora que empieza el año escolar, los utilizan para llevar a sus hijos a las escuelas, a sus mujeres al trabajo o para ir al supermercado. Algunas veces con la complicidad de los jefes que se lo permiten, mientras la Contraloría ni se da por enterada.

Les aseguro que si la sanción por esta irregularidad fuera el despido inmediato, se terminaría ese relajo. Pero la falta de fiscalización ha permitido que más de uno se haya hecho millonario con los bienes del pueblo, al que ellos dicen defender. He ahí por qué luchan, hasta con la última gota de sudor y sangre, por estar en el Gobierno, y como se arropan con la misma manta, nadie investiga nada.

También sucede que, a pesar de que es una obligación pagar impuestos, una considerable cantidad de empresarios burla los controles fiscales del Gobierno y hasta lleva una doble contabilidad y presenta la que les conviene. Con esos vicios del sistema, el Gobierno ha ido endureciendo los controles fiscales. Lo paradójico de este asunto es que muchos de los que están en el Gobierno, cuando salen, se van a sus empresas, pero ya han aprendido las triquiñuelas que aplican para su beneficio.

Así, sucesivamente, sigue el círculo vicioso y pernicioso. Hay países en los que no pagar los impuestos al Gobierno se castiga con cárcel. Aquí todavía no se ha llegado hasta ese punto, pero al ritmo que vamos no tardaremos en hacerlo.

El mal uso que le dan los gobernantes al erario es cada día más notorio, un ejemplo de esto es la llamada partida discrecional que maneja el Presidente (más de un candidato ha dicho en campaña que si ganara la eliminaría) es nuevamente retomada por el que llega al poder, olvidando las promesas expresadas.

Tampoco debe obviarse la mención de la gran cantidad de viajes que realizan; algunos de ellos son improductivos y costosos. Da la impresión de que la apuesta consiste en romper el récord establecido que es de 90 viajes. Aunque venden la idea de que van de misión oficial, la percepción ciudadana es que utilizan estos viajes, presuntamente, con fines de paseo familiar o para hacer negocios; además, se hacen acompañar de sus amigotes. ¡Todo ello pagado con los impuestos del pueblo!

Ahora pretenden crear la autoridad nacional de los impuestos públicos, que busca sofisticar el cobro de los impuestos a las personas naturales y jurídicas. Llama la atención que en esa propuesta el director general se perpetuaría en el cargo por siete años más. Dudamos mucho que logre sostenerse en el cargo, porque otro gobierno puede modificar la ley y acabar con esa pretensión.

Hasta hace poco tiempo en Panamá se vivía cómodamente, pero se ha roto esa tranquilidad producto de la inflación; hoy tenemos altos precios en el combustible y electricidad (aun con hidroeléctricas); los megaproyectos públicos recalientan la economía y, por si fuera poco, suben el ITBM a 7%, nos cobran por la portabilidad numérica y el soterrado de cables. Como colofón, se comenta que el impuesto a los licores (de la última ley) es producto de una presunta vendetta política.

Concluyo recordándoles a los gobernantes de nuestro sufrido país, que los bienes públicos son de todos los panameños, y se les debe dar el mayor uso colectivo posible, manejarlos trasparentemente de cara al pueblo, que es a quien le corresponde soportar el mayor peso tributario, y el que menos se beneficia. Solo así llegaríamos a ser “el país más feliz del mundo”, como dicen por ahí.

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