EL MALCONTENTO

Mi patria en mis zapatos: Paco Gómez Nadal

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Estoy fuera de la moda en casi todos los campos. No me preocupo demasiado por el atuendo y sigo escuchando música de hace 30 años. No recuerdo haber jugado en un aparato electrónico y sigo comiendo lo que me ofrece el lugar que habito en lugar de apostarle a la deconstrucción de la gelatina. Pero, quizá, en una de las cosas en las que estoy más fuera de la moda es en mi concepto de patria y, por lo tanto, de patriotismo, en tiempos de nacionalismos torticeros y de patrioterismos que encubren miedos. Me agarré hace tiempo a la letra de una canción de El Último de la Fila: “Mi patria, en mis zapatos; mis manos son mi ejército”. Luego, un buen amigo, el poeta Uberto Stabile lo remató: “Llevo la patria en mis zapatos para vergüenza de mis invasores”.

Hoy llevo zapatos y me han traído de nuevo hasta aquí: a Panamá. Tres años y 234 días después –y si no hay sorpresas en el aeropuerto- vuelvo a pisar este territorio que tan mío lo siento como todos aquellos en los que he tejido afectos, compromisos y anhelos. Me “fueron” de una forma indigna, acompañado por policías de Migración hasta Madrid, sin pasaporte, perdiendo mi cédula de residencia panameña, guardando mi pasaporte adoptivo chiricano y con todas las almas de las gentes con las que compartí seis años largos de vida en el país alojadas en el corazón.

No solté ni una lágrima, ni siquiera de rabia. Sabía que en la finca del gamonal del 99 todo era posible, que estar junto a los que reclamaban y reclaman justicia, tierra e igualdad podía tener consecuencias. En mi caso, podía regresar al país que me vio nacer y que solo es mi patria cuando mis zapatos están sobre él. No podía permitirme llorar cuando mis hermanos y hermanas seguían defendiendo el río Tabasará, o los territorios de San San Druy, o se mantenían al rescate de la dignidad militarizada de Darién o se sacudían el hostigamiento permanente a las defensoras y defensores de derechos humanos, a los periodistas...

En mi vida he tenido muchas patrias, tantas como compromisos y afectos. A veces han coincidido con las fronteras de un país, otras con la empalizada débil que rodeaba una comunidad, otras, otras la patria se me acababa en la piel de la persona a la que amaba. Preservo el pasaporte de todas ellas. Son patrias tan reales como plurales, tan singulares como abiertas. Patrias para sentirse un ser humano, patrias que me han evitado caer en la xenofobia, en la homofobia, en la misoginia, en el sectarismo o en cualquiera de esas sociopatías que siento que pudren nuestra especie.

Hoy regreso a esta patria que también es mía. La reconoceré en los ojos de las amigas y amigos, en la cadencia del caminar de sus gentes, en el olor de la leña al arder antes de compartir la comida. Reconozco que estoy nervioso. No sé cómo es ya la carcasa de esta patria plural en la que yo he permanecido. Me dicen que ha cambiado mucho, que cinco años de Martinelli han dado para casi todo (lo malo). Veo cómo el magistrado que debía resolver las denuncias que mi esposa y yo presentamos a la Corte se esconde para no dar explicaciones; cómo siguen arraigadas las prácticas políticas de elegir a los cargos clave entre la nómina clientelar en lugar de buscar a los mejores; como el máximo representante de los católicos identifica bien el problema (la desigualdad), pero vuelve a recetar educación en lugar de justicia social y cambios en la estructura política del país; cómo se trata de arrinconar a personas tan valiosas como Miguel Antonio Bernal y no se persigue a los que han saqueado y saquean la nación. Tengo miedo a ver la cinta costera y que se me quiebre algo dentro, temo pisar el Casco Antiguo de la capital y no encontrarme ya a sus gentes gentrificadas. Me asusta descubrir que algunos sitios hayan cambiado tanto y que otras realidades no hayan cambiado nada.

Pero me da igual. Uno no ama los lugares por lo que aparentan, sino por lo que son. El “delito” que cometí en Panamá y por el que me expulsaron fue el de vivir aquí de forma comprometida. No vine a hacer fortuna ni a disfrutar de las ventajas que da un país desigual a quien algo tiene. Vine a ser y en ese camino tomé partido por la verdad y la dignidad. Ninguna ley puede impedir a un ser humano empatizar con sus semejantes; ninguna ley nos puede acobardar a tal extremo que nos carcoma el egoísmo en la burbuja de nuestro hogar. Hoy también vuelvo a mi patria y, para vergüenza de mis invasores, la llevo en mis zapatos.

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