EL MALCONTENTO

Los patriotas: Paco Gómez Nadal

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Los patriotas: Paco Gómez Nadal

Los dichos populares suelen ser fruto de la observación o de la constatación de hechos. Por eso me fío bastante de ellos, incluido uno de mis preferidos: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. En la “sociedad de la apariencia” que habitamos, casi todo es carcasa, forma, publicidad más o menos sofisticada que suele ocultar o disimular una realidad tan vacua como tramposa. Por eso los periodistas buenos saben que las declaraciones públicas solo son un indicio criminalístico para rascar hasta el fondo de la verdad; por la misma razón, no hay publicidad que no sea sospechosa ni mesías contemporáneo que no sea vendedor de aspiradoras.

La sociedad de las apariencias es así. Los corruptos se venden como patriotas; los corruptores, como inversores; los abusadores, como conquistadores y los embaucadores, como escritores de autoayuda. No hay pirata contemporáneo que no sea emprendedor, ni fabricante de eslóganes que no se presente como poeta; la fruta se presenta en escaparates de ropa cara y la ropa cara es fabricada en la oscuridad de la explotación laboral que no existe… Es lo difícil: distinguir la luz de la sombra, la realidad del mercadeo, los estados gaseosos de los sólidos, las campañas políticas de las metáforas de saldo.

Y dentro de ese juego, los mitos fundacionales, la mentira atemporal de la patria, las banderas en las que envolver nuestras vergüenzas, la historia oficial que oculta la verdadera construcción de las identidades, el pluriverso humano y conceptual que nos alimenta… Los patriotas oficiales se llenan la boca y nos vacían la cartera. Sin embargo, los patriotas de verdad se ocultan en los pliegues de la ceguera informativa y yo me paso la vida rescatando sus nombres y sus rostros para mi gaveta de verdades, aquella en la que protejo las pocas certezas que me acompañan. Suelen tener mala prensa, son vistos como revoltosos, molestos, incómodos recordatorios de la ruta correcta, esa tan alejada de centros comerciales y ambiciones individualistas.

Hay patriotas que luchan contra el expolio de las tierras de nuestros ancestros, o tratan de proteger con sus manos el agua pura de los ríos que nos dan la vida mientras los “patriotas” inversores les quitan la vida. Conozco a alguna patriota que se deja el alma en sanar el cuerpo de sus iguales, o aquellas que caminan todos los días kilómetros de su vida para garantizar que a los patriotas del futuro no les falte lo que a ellas les ha sido negado por nacimiento.

Las personas patriotas de verdad son invisibles. No suelen hablar de ellas los periódicos ni salen en televisión en horario estelar. No hay anaqueles en las bibliotecas dedicados a ensalzar su vida de patriotas ni asignaturas en los colegios donde se enseñe su ejemplar deambular por el corto tiempo del hacer. Esas cosas (los homenajes, las entrevistas, las reseñas) están reservadas para los patriotas elegidos por el poder para ser los oficiales. No queda bien en el relato oficial una foto del cholo Victoriano Lorenzo en su pobreza digna, ni parece conveniente que los menores aprendan el ejemplo de las mujeres que resistieron hasta la muerte a los micromachismos del empleo o del hogar. No queremos que los nadie imiten a las personas que decidieron que en la corta primavera de la vida merece más la pena dejarse el resuello por los demás que andar acumulando trastos inútiles para la tumba.

Por eso quizá, por el déficit de patriotas en un país con tanto patriota, no me resulta extraño el silencio “oficial” ante la muerte de personas tan determinantes como Javier Víquez, el abogado que siempre estaba donde se le esperaba, el compañero de tantas causas perdidas que algún día estamos destinados a ganar.

Algunas veces pienso que es mejor que no sepan que existen estas personas porque irían con más saña contra su cuerpo y su voz. A veces no me parece mal que eduquen a los niños en discursos de oratoria tan vacíos como artificiales, o que haya ferias del libro donde todo el que imprime letras es escritor (así, sin matices) y todo el que pague un boleto de entrada se transfigura en lector… quizá es mejor vivir vacíos y morir del mismo modo que vivir con plenitud y compromiso antes de morir con la sensación de que el planeta está habitado por una especie dañina y ostentosa, individualista y voraz que igual prefiere a los salva patrias antes que a los patriotas. Los patriotas del planeta mantienen este invento funcionando y nos hacen humanos a los demás. Hablo de esos patriotas planetarios, porque los de bandera y oración solo sirven para iniciar guerras o para morir pobres como vivieron en las trincheras georreferenciadas por los dueños de esas contiendas.

El problema no es cuando mueren sin hacer alharaca los patriotas, sino el estúpido silencio en el que nos quedamos el resto, obligados a seguir respirando en contra de la voluntad popular.

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