ACOSO ESCOLAR

Para pensarlo y volver a pensarlo: Berna Calvit

Un niño de nueve años de edad, golpeado por compañeros de escuela, está en el Hospital del Niño, entre la vida y la muerte. Es un hecho trágico que debería importarnos. Por la profusa cobertura mediática que reciben el expresidente Martinelli y los chanchullos que urdió ese cerebro que quiso hacer del país su supermercado personal, el trágico caso de Kevin ha recibido poca atención. Este doloroso hecho refleja una de las facetas de la descomposición social que alcanza también a la niñez. La salvaje agresión contra Kevin ocurrió el 6 de octubre pasado, en las cercanías de la escuela del corregimiento de Santa Fe, Darién: una maestra afirma haber presenciado la riña en el predio escolar, pero el director de la escuela desmiente esta versión y pone así a salvo la responsabilidad de la escuela. Hay detalles que no están claros, pero hay hechos que no deben pasarse por alto, en especial, la apresurada aclaración del director nacional del Ministerio de Educación, Mario Rodríguez; incluso se ha insinuado que el daño físico en Kevin es resultado de maltrato familiar. Es como para pensarlo y volver a pensarlo. Antes de la última golpiza, Kevin había sido víctima de acoso por parte de algunos estudiantes y había reaccionado con violencia; el 6 de octubre su madre fue citada por la escuela por la conducta de su hijo. ¿Se interesaron los maestros por saber a qué obedecía la conducta del niño? ¿Si sus compañeros lo provocaban por alguna condición física, con burlas, ofensas, empujones, gestos obscenos? ¿Es Kevin bizco, sordo, muy feo, orejón, cojo, “ñañeco”? A diferencia de otros, que callan y sufren en silencio la crueldad del acoso físico o verbal, Kevin se defendía; me resulta difícil imaginar una criatura de nueve años enfrentando un grupo de chicos (no sé la edad de los agresores) que, como jauría enfurecida, lo patearon, le dieron puñetazos y quién sabe de qué otras maneras se cebaron en el niño. Para esos niños la violencia y la muerte han perdido impacto, ya es cosa del diario vivir.

El acoso puede ser mortal. No todos tienen fortaleza para resistirlo. Carla, una adolescente española de 14 años, era bizca; se dejó crecer el flequillo sobre el ojo estrábico, pero eso no impidió las burlas, en su presencia y en redes sociales (antisociales en este caso); hasta agua de inodoro le tiraron a la niña. Su madre fue a la escuela en donde no le dieron importancia, “son cosas de chiquillos”, dijo la directora; el expediente de Carla dice: “Problemas de relación” con un grupo de alumnas, y se le aconseja “no responder a las provocaciones”. La madre le proporcionó ayuda psicológica y buscaba escuelas para alejarla de las cuatro chicas que más la atormentaban. Pero ya Carla se había dado por vencida. Se lanzó desde un acantilado. La nota del colegio comunicando su muerte dijo que se debió a “asuntos familiares”. Las acosadoras, por ser menores de edad, solo fueron expedientadas; no había pruebas de que llevaran a Carla al suicidio.

Una adolescente de 16 años, con discapacidad motora e intelectual, era acosada por un compañero que le exigía dinero; en su nota de suicida dijo: “Estoy cansada de vivir”. Un mes antes, sus padres habían denunciado ante las autoridades el acoso de su hija, pero le contestaron que “no tenían constancia de estos hechos”. En el caso Halligan se resaltó el implacable acoso cibernético al joven, que de niño sufría de algunos retrasos en el habla y la coordinación física, y de adolescente sufrió acoso moral, por una red de compañeros que lo acusaban de ser gay. El Estado de Vermont adoptó, en 2004, una política de prevención de la intimidación de acoso escolar. Pero, en 2003, el joven Halligan ya había muerto. Se ahorcó. Tragedias como estas hay demasiadas.

Con frecuencia se habla de bullying entre alumnos, y de alumnos hacia profesores. Pero pocas veces se menciona el bullying docente. En esta relación están el docente que abusa de su poder y el estudiante con pocos recursos para defenderse. Además del acoso sexual (profesor-estudiante), hay otras formas de acoso profundamente dañinas para el estudiante. La agresión verbal es la más frecuente; la burla frente a los compañeros, el desprecio, el trato desigual, el castigo, la discriminación (por raza, religión, color, nacionalidad, alguna discapacidad, etc.) son algunas de las expresiones del hostigamiento. Eso que en mis tiempos de estudiantes llamábamos “me la tiene velada”. El estudiante se sabe en desventaja ante la autoridad; esto puede conducirlo a trastornos en el aprendizaje, a abandonar los estudios, e incluso, a responder al abuso con violencia. En la relación de poder el estudiante lleva las de perder; es difícil que un educador, aun sabiendo que existe el acoso de un colega hacia un estudiante, esté dispuesto a enfrentarlo. Y para probar la malquerencia, pesa más “es su palabra contra la mía” del educador. Considero inaceptable que las autoridades educativas pretendan cargar sobre las espaldas de un niño, de nueve años, su ineptitud para manejar lo que era un repetido caso de acoso estudiantil. “Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad”, Karl Menninger, psiquiatra estadounidense.

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