EL MALCONTENTO

El porvenir: Paco Gómez Nadal

El tiempo y el espacio tienen mucho que ver con la civilización que los nombra. Nada que ver el concepto del tiempo andino con el occidental europeo; nada que ver la concepción del espacio de un sabio emberá con la de un geógrafo danés. Por eso es tan peligroso deslizarse por las veredas de las verdades absolutas.

Lo que celebramos mañana, el fin de un año, no lo es para la comunidad china, para muchas de las naciones indígenas de las Américas o para las comunidades y naciones que se rigen por la hégira, el calendario musulmán. Nuestro tiempo tampoco ha sido así siempre.

Como casi todo lo que consideramos como seguro en los países de cultura “occidental” (es decir de influencia eurocéntrica) cambió en el siglo XVI. La Ilustración y la modernidad nacieron con la conquista y colonización de América. El calendario gregoriano que sale en nuestros teléfonos o que cuelga de las paredes no se adoptó hasta 1582, cuando Gregorio XIII decidió que ya era hora de enterrar la huella del Imperio Romano porque estaban asomando nuevos imperios planetarios que necesitaban su propia codificación. Unos años antes, en 1570, Gerardus Mercator trazó el primer mapamundi, que sigue siendo el vigente a pesar de sus razonables defectos técnicos teniendo en cuenta las tecnologías del siglo XVI y las presiones imperiales sobre el matemático y cartógrafo flamenco.

Nuestras verdades son tan relativas como lo es nuestra civilización cristiana, europea y capitalista. De hecho, vivimos un momento de quiebre civilizatorio. Sería ingenuo pensar que pueden ser coyunturales la profunda corrosión que sufren nuestros Estados nación, que las turbulencias financieras permanentes, la violencia social extendida, la cooptación del poder por parte del crimen organizado, la deriva de nuestras culturas hacia el fascismo cotidiano, las presiones migratorias o la radicalización ideológica y religiosa en los mismos tiempos en los que nos anunciaron que ya no había ideologías y que los diversos dioses de las creencias monoteístas eran enfermos terminales.

Cierro el año con una sensación de desasosiego que supera con creces el desasosiego que un día hiciera estallar en fragmentos al bueno de Pessoa. “(…) la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”, escribía el escritor portugués de los mil nombres. Y es cierto que pensar, mirar y saber lleva al corazón al borde del abismo, a punto del colapso. Confieso que este ha sido el año del desasosiego y la decepción –aún lo llevo a la “Decadencia” defendida por Pessoa–, de contemplar un planeta hecho jirones, una humanidad en perfecto conflicto violento, un mundo al revés en el que los que denuncian a los “malos” deben esconderse mientras los “buenos” nos sentamos a recibir mentiras delante de un televisor o de un teléfono más inteligente que nosotros –al menos, tiene más funcionalidades que la mayoría de humano–.

Sin embargo, el ser humano tiene un gen de la resistencia, de la terca resistencia a la autodestrucción que le hace seguir luchando y soñando. Y yo sueño con que este momento de cambio civilizatorio –que se avecina doloroso y largo– acabe con el calendario gregoriano y con la proyección Mercator y con las razas y con la moralidad religiosa y con la inmoralidad política y con la hipocresía de los muchos y el rabioso silencio de los nadie. El sacrificio y las tensiones que nos aguardan habrían merecido la pena.

Quiero advertir en lo que está por llegar algo más halagüeño… un tiempo en que la imaginación sea más poderosa que la barbarie y que la razón no pese más que las emociones. Un espacio, quizá, para equivocarse pero sin acabar con nadie, un breve tiempo en que nuestros anhelos parezcan posibles.

El papa Gregorio XIII puso su sello al nuevo tiempo con un calendario y con la matanza de 100 mil hugonotes en la sangrienta y calurosa Noche de San Bartolomé en el París de 1572. Su papado fue un llamado de atención para reformadores y protestantes, para soñadores y revoltosos. Las utopías, esas que tan de moda había puesto Tomás Moro a principio de ese siglo y que eran parte del combustible de las personas para poder seguir viviendo, no serían bien vistas por el poder.

Desde entonces, el racionalismo y el clericalismo han trabajado mano a mano para convencernos de que no es “rentable ni productivo” soñar, que las utopías son asunto de ingenuos o perdedores.

El provenir es de nosotras, las personas que no nos dejamos castrar los anhelos. Y eso es lo que yo les deseo para el año que arranca: que en la lista de deseos figura, junto al adelgazamiento aplazado y a dejar de fumar, la imprescindible receta de recuperar la utopía. Mientras, como escribiera Pessoa: “Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el viaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien”.

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