DEBATE

De primeras damas a presidentas: Carlos Riega

El Presidente de la República no puede optar por su reelección inmediata, expresamente lo prohíbe la Constitución Política de Panamá, y en una próxima elección tampoco pueden ser candidatos para este cargo sus parientes consanguíneos, tales como bisabuelos, abuelos, padres, tíos, hijos y nietos o primos, incluso parientes políticos como suegros y cuñados.

Si el hijo del Presidente no puede ser candidato ¿puede aspirar la madre de esta criatura? Si la suegra del Presidente tiene impedimento, ¿puede aspirar su hijita? Y si el tío del mandatario no es viable para candidato presidencial, ¿puede ser candidata su sobrina que no por casualidad es primera dama?

El Presidente y los parientes próximos tienen vedado, por norma constitucional, aspirar a estos altos cargos, porque el objetivo, por imperativo legal, ético y moral, es impedir el uso del enorme poder del jefe del Ejecutivo para influir en la elección de un familiar cercano como sucesor, en el mando supremo del gobierno.

Pero tenemos una confusión en cuanto a si la esposa del primer mandatario puede ser candidata a presidenta o vicepresidenta de la República. El Código Civil que data del año 1917 trata al cónyuge –en este caso la esposa– como miembro de la unidad marital, pero no le asigna grado de familiar consanguíneo ni de pariente político. La norma era común, en muchos países, por ser aquella una época en que los derechos políticos de las mujeres eran limitados, ni siquiera tenían derecho al voto, de modo que, por razones históricas no corregidas por nuestra legislación más reciente, todavía aparece esta ley ofensiva a la dignidad femenina que no reconoce grado de parentesco entre esposa y esposo. En consecuencia, la prohibición literal a los parientes no alcanza al cónyuge, dando pie a la reprochable tesis de que la esposa puede ser candidata.

En otras palabras, también el esposo de una presidenta puede sucederla en el cargo, evento cuya discusión se nos ha vedado porque nuestra única señora presidenta de Panamá mantuvo soltería mientras ejerció el cargo, y en el pasado republicano no se produjo la execrable coyuntura de que una esposa aspirara a suceder a su marido en el mando supremo de la nación.

Por ser este un tema del presente ambiente electoral, no se agota en el estudio o discusión del tenor literal de las normas, porque conforme a la hermenéutica o interpretación de las leyes también son objeto de análisis histórico, comparativo, jurídico y sociológico.

Los derechos políticos del pueblo no se escabullen como pájaros entre las ramas de un árbol genealógico. Y los intereses creados no pueden obligarnos a ignorar las conductas éticas y morales que son parte integral del cuerpo de la nación.

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