PATRIMONIO HISTÓRICO

La recuperación del edificio del ferrocarril: Orlando Acosta Patiño

La decadencia y recuperación del edificio de la antigua estación del tren, localizada en la plaza 5 de Mayo, pasa por una serie de eventos que es necesario conocer para lograr una lectura adecuada de las diversas iniciativas públicas que explican su estado actual.

El edificio, que se declaró monumento histórico mediante la Ley 37 de 22 de mayo de 1996, ha sido intervenido al menos en tres ocasiones durante los últimos 40 años, y todo indica que se ha utilizado para actividades que no coinciden con los criterios de conservación integral.

La administración de conservación patrimonial le reconoce a este inmueble valores asociados a la ruta transoceánica. Fue la terminal del primer ferrocarril transístmico, administrada por las autoridades de la Zona de Canal, hasta su clausura en 1960.

La estación, antes de ser habilitada para un museo, en 1976, se utilizó como terminal de buses, centro de vacunación del Ministerio de Salud y hasta dormitorio popular para atender damnificados.

La apertura del Museo del Hombre Panameño, luego nombrado Reina Torres de Araúz, fue uno sus principales usos.

La primera intervención del edificio coincide con un hito que materializó una voluntad política en el tema del desarrollo cultural de la nación. El museo coronaba los esfuerzos del Gobierno de ofrecer un recinto de calidad en el que los panameños tuvieran la oportunidad de entender y conocer la universalidad del arte precolombino de los antiguos habitantes del istmo. Debido a los altibajos en su administración, el museo se clausuró en el año 2005, y se mudó con sus colecciones –muchas aún en caja– al Museo del Niño y la Niña, en Curundú.

El inmueble en desuso albergaría luego una serie de actividades dirigidas desde el Instituto Nacional de Cultura (Inac), como talleres de pintura y la Escuela de Danza y Teatro. Para estos nuevos usos, el edificio se volvió a intervenir, sin un criterio conservacionista lo que añadió otro viso de decadencia y deterioro.

En un algún momento se le colocó una cerca de hierro y, luego, un parapeto de metal –levantado de manera ilegal– que se utilizó como parada temporal del Metro Bus. Así pasó de ser terminal de buses a museo, y de escuela de teatro y danza, a una parada de buses.

Es notorio que la ausencia de una política de uso y conservación lo ha sometido a una sucesión de intencionados maltratos dejándolo, sin duda, irreconocible.

Como un ciclo, que declaro maldito, hoy la nueva administración del Inac anuncia que el histórico inmueble será desocupado para su restauración. Ante este hecho me asaltan varias preguntas: ¿Cuál es el alcance de la restauración? ¿Será retrotraído para su inmediata y última función? ¿Se restaurará, para qué? ¿Se transformará en otro hotel? ¿Se convertirá en la sede temporal de dinosaurios de plástico, polleras, un mercado u otra cosa? ¿Su próximo funcionamiento se vinculará a su histórico origen, para hacer que se incorpore a la nueva infraestructura de transporte metropolitano o seremos testigo de otro desacierto? Creo que será esto último.

La asignación de recursos para la restauración de edificios emblemáticos, bajo categoría de protección monumental, se debe hacer bajo estrictos criterios de conservación, manejo, uso y re-funcionalización. Por eso, la antigua estación del ferrocarril transístmico se podría volver a vincular a la función que dictó su origen.

Podría ser parte de la infraestructura de transporte o en otra actividad relacionada directa con nuestra historia de tránsito. Por ejemplo, se podría transformar en un centro de documentación vinculado al patrimonio canalero y a la historia de las relaciones entre Panamá y Estados Unidos; ser una extensión de los Archivos Nacionales para cobijar una biblioteca de hombres ilustres, negociadores y otros que contribuyeron a la firma de los Tratados del Canal.

Esta referencia serviría, por ejemplo, para que los cineastas recordaran, de manera justa, que la historia de la vía interoceánica pasó por la gestión de hombres como Omar Torrijos, Rómulo Bethancourt, Adolfo Ahumada y Fernando Manfredo.

¿Será que los nuevos usos apuestan a rescatar del olvido la gestión diplomática de nuestra historia de tránsito que culminó con la recuperación del Canal de Panamá?

Creo que, una vez más, veremos tropezar esta iniciativa con la misma piedra que acentuará el proceso continuo de desfigurar este edificio, y que seremos testigos de la irreverencia e irrespeto al pasado, porque la institución rectora –en un acto contradictorio y constante– pisotea el testimonio de nuestro acervo histórico. Somos testigos de un atentado contra nuestra cultura e identidad.

Urge tomar el tema de esta próxima intervención con responsabilidad, bajo estrictos criterios científicos y funcionales que, sin escatimar recursos económicos, le devuelva la dignidad al testimonio de la gran historia que encierra el edificio.

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