CLIENTELISMO POLÍTICO

Y ¿no somos responsables del bono?: Juan Williams C.

Cuando el presidente de la Asamblea Nacional, Adolfo Valderrama, anunció que los entonces 63 diputados de ese órgano recibirían un “bono” por 25 mil dólares para brindar “ayuda social” a residentes de sus circuitos en esta época navideña, de inmediato en las redes sociales surgieron cientos de reacciones.

Esa práctica nos recuerda las millonarias partidas circuitales entregadas en gobiernos anteriores, con las que se produjo el desgaste de un segmento de la población y nos hizo decir “basta ya”, porque sabemos que esos fondos casi siempre se utilizan para clientelismo. Más que un medio de ayuda social, el político se vale de esto para potenciar su imagen, como una táctica para intentar reelegirse.

Por eso se realizó una extensa jornada de “ciberactivismo” haciendo un llamado de atención a la población para que se manifestara en contra del bono y hacia los diputados para que lo rechazaran, además de recordarles a los “honorables” cuáles son las funciones que les atribuye la Constitución en la que no se menciona que entregar ayuda social sea una de ellas.

Durante la jornada mencionada se obtuvieron respuestas positivas, por ejemplo, la diputada independiente Ana Matilde Gómez rechazó el bono, acción que recibió el aplauso de grupos de la sociedad civil, porque su actuar fue consecuente con lo que prometió en su campaña.

Por su parte, el diputado Valderrama lo donó a cuatro organizaciones no gubernamentales, mientras que el expresidente de la República y presidente del partido Cambio Democrático exhortó a sus diputados a rechazarlo. Para mí esto último fue una brillante estrategia política. Recordemos que durante su período, cuando los diputados de su partido recibieron millones de dólares en concepto de partidas circuitales, no le escuchamos pedir que las rechazaran.

Ahora vemos cómo diversos diputados han dicho que se oponen al bono, esto más que un acto de decencia que pudieron haber realizado el mismo día que anunciaron la entrega, parece ser una estrategia política para quedar bien, luego de la intensa campaña ciudadana en contra.

A pesar de que en esta ocasión el famoso bono es por una suma inferior a la que recibían antes, un gran segmento de la población lo repudia. Pero, ¿qué sucede del otro lado de la moneda con los que serían beneficiarios?

Al respecto, el diputado Javier Ortega mencionó que aquellos diputados que están en contra del bono y no lo entregan a su comunidad, pagarán un precio político muy alto. Las palabras del diputado son ciertas, pues en las áreas populares la necesidad provoca que sus residentes vean las prácticas de clientelismo político como una “solución”. Muchos desconocen la función legislativa de sus diputados, porque quien tiene problemas sabe que una ley no resuelve de inmediato, en cambio, el clientelismo sí.

En la actualidad nos encontramos con dos frentes. El primero conformado por ciudadanos indignados por la corrupción, quienes exigen un alto definitivo a las prácticas de la “mala” política. El segundo, por los que esperan el bono por ser una “solución” a sus problemas inmediatos. Si usted le pregunta su opinión a alguna persona de este frente, seguro se mostrará de acuerdo y tildará de yeyés a los que lo rechazan, al señalar que son gente con dinero que no lo necesita, en cambio, ellos sí requieren de esa “ayudita” para poder celebrar”. Aunque cueste aceptarlo, esta es nuestra lamentable realidad.

No estoy de acuerdo con el bono, pues considero que no hay justificación para que un diputado responsable de legislar en beneficio del país desvíe la función para la que fue electo y siga haciendo política, en vez de crear leyes que ayuden al bienestar de todos. Como ciudadano, debo recordar que la corrupción no empezó con este bono, ni mucho menos en el gobierno anterior, es una actitud que todo ser humano es susceptible de sufrir. Por ello, debemos entender que aun eliminando estas ayudas no acabaremos con la corrupción, pues nos falta un largo camino por recorrer. Para enfrentar este flagelo, debemos empezar a ser más consecuentes con nuestro discurso; ser más consistentes, como sociedad, y no dejar de vivir en la realidad. Una vez cambiemos, podríamos ser más críticos y empezar a exigirle a los funcionarios. Los dejo con dos interrogantes para reflexionar: ¿Cuántos nos dedicamos a concienciar a los ciudadanos que les gusta el clientelismo, con el fin de que cambien de idea y lo rechacen? ¿Cuántos hemos pensado en una solución que sustituya el bono, pero que ayude a quienes lo necesitan?

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