SOCIEDAD

La sangre en la semántica: Julián Alfonso Clarós Morris

En relación con el 3 de noviembre, hay quienes le llaman día de la independencia de Colombia, otros, separación. Los historiadores hacen referencia a la condición de acontecimiento incruento al proceso que germinó en el hecho de que este pequeño territorio tuviera la libertad para autodirigirse. Esta situación no fue producto de la casualidad. Por decenios se dieron una serie de intentos que permitieron, en 1903, coronar de forma definitiva esa etapa en nuestra nación.

Es adecuado (y honesto) no hacer alarde de gloriosas batallas. Sin embargo, la conspiración internacional fraguada por el control de la ruta interoceánica, el desenvolvimiento de la historiografía, los relatos de los ancianos y la ambición desmedida de unos cuantos convergieron con los anhelos de un pueblo conocedor de su identidad propia, que entendía (y entiende) al mundo de modo diferente, que en lo más hondo siempre ha comprendido su norte.

El extranjero al llegar a nuestras tierras nota un temperamento esencial que nos distingue del resto. Esto es casi difícil de explicar, incluso, para nosotros mismos. De hecho, no somos el país de los sueños ni poseemos la geografía o la cultura exuberante de otras latitudes, no brillamos en el horizonte del mapamundi, y tenemos una errática toma de decisiones gubernamentales (... con sus resultados significativos, esto es motivo de análisis para los economistas).

Un país no basa su riqueza en objetos sino en personas. Personas con tradiciones, cultura e identidad (o la búsqueda de ella). Personas con un constante recuerdo de sus metas inacabadas que luchan cada día por ser mejores o trascender su realidad. Eso somos los panameños comunes y corrientes, quienes cada mañana salimos de nuestras casas a buscar el sustento, amando “la diversión”, cual si fuera el deporte nacional; que preferimos permanecer en este pequeño país a emigrar por otros sueños (aunque sean llamativos), construyendo el día a día en medio de los sinsabores noticiosos, creyendo en la diversidad de razas y culturas de forma connatural.

¿Hubo separación o independencia? ¿Es asunto de semántica? En nuestro “ser panameño” no existe la duda ¡somos diferentes! Tenemos algo para ofrecer al mundo y de lo que nos sentimos orgullosos. Somos un “crisol de razas”, una mezcla infinita. Este don precioso está en nuestra sangre.

En aquella fecha se consolidó la posibilidad de ser independientes cuando ya los rumores coloniales europeos estaban languideciendo. Luego, otro capítulo emergió: el anticolonialismo y la Zona del Canal, ello nos permitió crecer como nación. Hoy, los nuevos retos nos llevan a luchar por hacer más humana la convivencia en el país. Siempre con la mirada en este valor que corre por nuestras venas, que nos distingue de otros pueblos: la dicha de experimentar la diversidad como patrimonio nacional.

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