ASPIRACIONES

Un servicio exterior digno del país: Víctor Miguel Caballero

Los acontecimientos que, cíclicamente, acontecen en nuestro servicio exterior ameritan, por lo menos, una seria y exhaustiva reflexión, así como un no menos enjundioso debate. No solo por parte de los profesionales de las relaciones internacionales que asistimos, humillados y escarnecidos en nuestro amor propio, a la constatación de diversas afrentas, sino por la reflexión de la ciudadanía en general, que es en última instancia la detentadora de la voluntad soberana expresada en las urnas y que ha delegado, en razón de las reglas de la civilidad democrática, en las personas que conducen y dirigen las riendas del poder político en nuestra nación la responsabilidad de la conducción de nuestra acción exterior.

La representación internacional de nuestro país es un asunto de seriedad suprema, pero para el profesional de las relaciones internacionales lo es aún más por cuanto sabe que el funcionario que recibe esta altísima distinción es investido de una serie de facultades, privilegios y prerrogativas que le son reconocidas en razón, justamente, de la majestad del cargo que ostenta y no a título personal; sabe de antemano cuáles son sus responsabilidades y cuáles son los límites, pero tiene la profunda convicción de que lo primero en su lista de prioridades es el bienestar y prestigio de la nación que representa.

La sociedad panameña ha presenciado las permanentes quejas de distintas generaciones de profesionales de la diplomacia que hemos reclamado el cumplimiento del mandato constitucional de la profesionalización de nuestro servicio exterior, exigiendo la designación de profesionales idóneos en estos cargos, a través de la carrera diplomática.

No se trata de decir que no ha habido avances, de hecho, contamos con el sustento constitucional y una legislación que debe ser atendida y no dejada de lado, intencionalmente o no, para permitir designaciones que a la postre enrostran a los tomadores de decisiones las falencias de sus juicios y el descrédito que tales decisiones acarrean, haciendo de nuestro servicio exterior el depósito de los malqueridos o condenados de la política criolla, o de los amigos y familiares de políticos insaciables que ven en los cargos diplomáticos y consulares el botín que deben repartirse tras la guerra electoral.

En la Escuela de Relaciones Internacionales seguimos fieles a las enseñanzas de panameños ilustres como Ricardo J. Alfaro, Ernesto Castillero Pimentel, Manuel Méndez Guardia, Jorge Illueca y una pléyade de insignes panameños que hicieron de la práctica diplomática una razón de orgullo y dignidad nacional; maestros formadores de generaciones de diplomáticos que han hecho de esta profesión una suerte de apostolado; comprometidos con los más altos intereses de la nación panameña. Profesionales dispuestos a sacrificar familias y proyectos personales de vida por representar dignamente nuestro país.

Se trata de panameños y panameñas que han logrado por méritos propios, mediante incontables sacrificios y pese coyunturas gubernamentales de todo signo, elevarse por encima de condiciones adversas y cumplir meritoriamente con la labor sagrada a ellos encomendada.

Ellos, en lugar de ser reconocidos como merecen nuestros pocos diplomáticos de carrera, deben enfrentar el escarnio y la humillación de personajes designados en los rangos de embajadores que les insultan con sus actuaciones, que les humillan con sus comportamientos y muchas veces les lapidan ante sus superiores.

El Ministerio de Relaciones Exteriores puede dignificar el honor lastimado de nuestro país, tan solo volviendo su mirada y reconociendo el esfuerzo y los méritos de panameños que creyeron un día en servir dignamente a la patria que los vio nacer, acogiéndose al apostolado de hacer suya la vida de sacrificios y carencias, pero al mismo tiempo gratificante, que significa servir a nuestro país en el servicio exterior.

Recordemos que en más de tres años de Gobierno no se ha convocado a concurso de Carrera Diplomática como dispone la ley. Observemos que es este el único gobierno de la era democrática que no lo ha hecho.

Señor canciller, tómese un tiempo y visite la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá, para tenga contacto con una juventud pletórica de los sueños de representar al país, no solo con amor patrio, sino con dignidad.

Venga y vea sus rostros, escuche de sus propios labios la palabra sincera y comprometida con un futuro mejor para su país. Venga y observe, también, las limitaciones y carencias que enfrentamos y que continuamos sorteando, tan solo porque existen hombres y mujeres, que aún soñamos con un destino mejor para nuestro país, que aún creemos en un servicio exterior digno, para un país digno.

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