DESAPEGO DE LO MATERIAL

El valor del silencio: Juan Manuel Estribí Pérez

Si hay algo que ha caracterizado a nuestras sociedades contemporáneas es el ruido. En este contexto, se trata de un concepto que abarca todo aquello que implica una distracción innecesaria o estéril que nos impide cumplir determinado objetivo. Así las cosas, el conjunto de estas sociedades ruidosas constituyen un mundo cuyos habitantes no pueden vivir más que una cultura del escándalo, porque hay tanto ruido que lo que impera en las masas es confusión, lo que a su vez trae consigo el adoctrinamiento y la alienación.

El escandaloso precisa siempre estar con su gavilla haciendo y percibiendo ruido por doquier. De lo contrario, no se siente completo, pues ha hecho del ruido una forma de vida, creando así una especie de dependencia que le controla y le nubla por completo su conciencia.

El ruido nos impide pensar porque mantiene nuestros sentidos ocupados. Por ello es distracción: se trata de distraernos para que no sepamos cómo vivir. Sin embargo, no hay mayor remedio para ser conscientes –en medio del escándalo– que reflexionar en el silencio. Hay que aclarar que no se trata de un silencio vacío, sumiso y sinsentido, sino más bien de un silencio que nos prepara para la acción dirigida a la búsqueda de la plenitud de la vida, a través de actos muy concretos.

El silencio cumple una doble función cuando se ejercita de forma consciente. De hecho, estas funciones se viven en dos momentos distintos: reconocimiento de la realidad y escucha. El primero se refiere a la autorreflexión que hagamos de nuestro ser o de una determinada realidad fáctica en relación con nuestro ser. El segundo se refiere al proceso mismo de encuentro con la respuesta a nuestra inquietud, que puede ser producto de una posición activa o pasiva de búsqueda real del conocimiento, pero cuyo resultado vendrá siempre de un momento de escucha, porque la escucha, por su propia naturaleza, solo puede derivar del silencio, de lo contrario, percibir la respuesta sería una tarea casi imposible.

No resulta ocioso que muchas religiones coincidan en que el silencio es un medio idóneo de comunicación con Dios.

Ahora bien, el silencio per se no necesariamente será una garantía de buenas decisiones. Para esto hay que revisar una serie de factores y circunstancias que dependen en gran parte de la reflexión que ejecute el agente. Incluso, podemos decir que el silencio es independiente de todo tipo de apreciación moral o ética. Esto, insistimos, dependerá de la persona. Pero lo que sí podemos garantizar es que este ejercicio nos permitirá tomar decisiones más conscientes y pensadas que cuando estamos sumergidos en el ruido.

En definitiva, todos tenemos la capacidad y la necesidad de vivir la experiencia del silencio. Esta implica actividad de la conciencia, elemento esencial de la persona humana que busca descubrirse, renovarse, reinventarse, revolucionar y crear. Reflexionar en el silencio es una actividad intelectual dirigida al desapego de lo material, en búsqueda de valores supremos.

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