MIRADA

El trabajo del investigador social: Alberto Valdés Tola

En un universo laboral y académico como el panameño, acostumbrado a privilegiar profesiones relacionadas con la administración y el comercio, y a exaltar una pragmática educativa orientada a lo técnico e instrumental, las ciencias sociales, en general, aparecen como una nota discordante y hasta incómoda en el escenario social cotidiano. Por esta razón no solo las disciplinas humanísticas se encuentran en crisis en nuestro país, sino además la misma labor de estos profesionales.

La razón fundamental por la que algunas profesiones son más estimadas que otras en la sociedad panameña obedece a algo más que la simple hegemonía de su demanda en el mercado laboral. Primero, históricamente el istmo aparece en el mapa de la división internacional del trabajo como un país de servicio, condición esta que constituye parte de nuestra herencia colonial. Segundo, la etapa de la Zona del Canal ejerció una poderosa socialización filosófica en muchos panameños, lo que reforzó su visión pragmática en cuanto a la supuesta utilidad de las profesiones. Esto dio como resultado una predilección por carreras técnicas y administrativas.

De forma que las ciencias sociales en Panamá, lejos de ser una alternativa laboral factible para miles de profesionales ante su posible debacle, representan solo un pequeño bastión heroico y utópico, en el que el amor al arte se entremezcla con el clamor modernista de transformar la penosa realidad social.

En este escenario tragicómico, producto de condiciones socio-históricas y exigencias del mercado, los científicos sociales y humanistas se presentan como un grupo social de profesionales comprometidos muchas veces con su sociedad, pero que obvian el hecho de que esta no ha creado las condiciones estructurales para su inclusión profesional. Por ende, muchas veces su trabajo se asemeja más a un voluntariado que a una opción laboral formal.

Así, fuera de algunos peldaños laborales como la academia y los centros de investigación, por lo general el investigador social está aislado de las oportunidades profesionales para mejorar su condición. Esto, sin hablar siquiera de que no hay espacios para que contribuya al progreso de la comunidad a pesar de su capital cultural (conocimientos).

Hay que reconocer la labor del investigador social que tiene, además de utópica, un fuerte componente de responsabilidad moral, pues busca el mejoramiento y el bienestar de las personas, al tiempo que pretende la transformación de su entorno por medio de su aporte al saber científico.

Aboguemos para que esta labor no solo sea reconocida por la sociedad, sino también para que se construyan los espacios laborales y académicos necesarios para su promoción y desarrollo.

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