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PROPAGANDA POLÍTICA

En la zona de guerra: Adelaida Torres Rovi

Antes de que se registre el sonido, nos vemos inmersos en una nube de polvo. El mundo hacia arriba, abajo y costados se torna del color de las cenizas. No oímos, pero sentimos, el apresurado y rítmico palpitar de nuestros corazones. A cada uno de nuestros sentidos lo bombardea un flujo ininterrumpido de información: objetos en rápido movimiento, un fortísimo olor abrumando las fosas nasales, el retumbar que amenaza con destruir nuestros tímpanos, el tenue sabor a sangre tras haberse mordido un labio y la inconfundible sensación de estar cubierto de polvo. Nos encontramos en medio de la zona de guerra favorita del hombre: la política.

Con el debido respeto a quienes han estado en un campo de batalla real, me tomo la libertad de comparar la explosión de una bomba con el período previo a elecciones gubernamentales. En estos momentos, los medios de comunicación, la vida pública y hasta la vida en familia parecen rotar sus ejes hasta una posición concéntrica en el foco de las campañas políticas; ellas se vuelven todo lo que vemos, oímos, comentamos....

Cuando casi todas las noticias en el periódico tienen como titular “Ruta 2014” y hay letreros por doquier, cada uno de nosotros, sin distinción alguna, queda cercado por la contienda política y se vuelve presa potencial de sus efectos, que van más allá de tan solo proveer un nuevo tema de conversación para la mesa: se filtran a hurtadillas en los vastos rincones de nuestro subconsciente y alteran nuestra manera de entender información, sentir y, por último, actuar. El porqué es sencillo y simple: porque este es el objetivo de toda propaganda electoral.

Según nuestra predisposición al momento de exposición a la bomba de publicidad, los psicólogos distinguen cuatro tipos distintos de “soldados”: monitor, partisano, indeciso y espectador. El votante monitor es aquel que sigue la contienda electoral movido por un interés de estar informado; por otro lado, tenemos al espectador, quien observa los choques entre candidatos, el “pleque pleque” político, en busca de entretenimiento. Sin embargo, la artillería pesada está reservada a aquellos que terminarán por definir el curso de las elecciones: los partisanos e indecisos, respectivamente, quienes siguen las campañas para reforzar sus creencias políticas y quienes aún están abiertos a distintas inclinaciones.

Debido a la abrumadora cantidad de información que nuestros cerebros tienen que manejar por segundo, en la práctica, solo escuchamos lo que queremos escuchar o es vital que escuchemos. Es decir, nuestros filtros cerebrales nos hacen mucho más susceptibles a ser influenciados por propagandas con cuyos mensajes coincidamos o nos escandalicemos.

Las mentes detrás de las campañas políticas tienen nombre y apellido para el arma letal que se aprovecha de estos dos mecanismos psicológicos: publicidad positiva y negativa.

Como sus nombres lo sugieren, estas propagandas consisten de elementos de índole positiva –rostros sonrientes, colores brillantes, banderas ondeantes, música alegre y demás– o negativa (violencia, drogas, música ominosa y colores fríos, por nombrar algunos). Los efectos de la publicidad positiva se dan a nivel de juicios y actitudes: o nos reconfortan por la decisión que hemos tomado, cuando son afines a la misma, o no les “paramos bola” si nos son contrarios. Más que incitarnos a buscar más información o plantearnos otras opciones, estos anuncios están orientados para asegurar nuestro voto.

Muy por el contrario, la propaganda negativa tiende a actuar como la lotería: su efecto explosivo es tan efectivo como impredecible. Sus efectos varían desde causar una conducta –que prestemos más atención a un mensaje–, hasta cambiar nuestra ideas y juicios previos. Cuáles, es un punto aparte; estudios demuestran que la propaganda negativa es capaz de destruir la imagen del candidato atacado, pero también la del candidato emisor o, en ciertos casos, llegar a generar compasión hacia el atacado. Lo más preocupante, sin embargo, es que tales propagandas amenazan al funcionamiento de la democracia misma porque desembocan en gran cinismo, sobre todo en los jóvenes.

Y hay más: la exposición por centésimas de segundo a un mensaje puede cambiar, radicalmente, nuestra percepción del entorno político; la importancia que creemos darle a distintos temas políticos es, en realidad, moldeada por la cobertura que les dan los medios: de la noche a la mañana, escuchar más de un candidato que de otro, se vuelve igual a que este sea mejor que su contrincante –y no por su plan de gobierno (como ojalá fuese)- sino porque lo vemos más.

Sépanlo: en tiempos de elecciones, nos transportan con sutileza al centro de una zona de guerra y correremos el riesgo de volvernos marionetas. Cuidado.

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