cuatro rostros panameños, llevados al terreno de la cultura pop

Alberto Ramírez: interpretar miradas

Desde hace ocho años, el español Alberto Ramírez recrea en sus retratos y de brochazo en brochazo la esencia de figuras destacadas del siglo XX.
Retrato de Rubén Blades, cuya medida trasciende el metro de ancho por el metro 30 centímetros de largo. CORTESÍA/Alberto Ramírez. Retrato de Rubén Blades, cuya medida trasciende el metro de ancho por el metro 30 centímetros de largo. CORTESÍA/Alberto Ramírez.
Retrato de Rubén Blades, cuya medida trasciende el metro de ancho por el metro 30 centímetros de largo. CORTESÍA/Alberto Ramírez.

En las artes plásticas, el pop es una línea en la que el tamaño, el color y el dinamismo son tres componentes que conforman su dialéctica. Pero, más allá de sus tamañas proporciones y explosivos colores, en el arte figurativo no existe obra sin el personaje; sin el rostro, sin la mirada.

Por los retratos del español Alberto Ramírez es evidente que no hay nada en el mundo que le fascine más que los rasgos de una persona. “Cuando profundizo me doy cuenta de que, por mucho que uno se acerca, nunca se llega a descifrar lo que hay detrás de una mirada o un gesto. Es tan complejo como fascinante”. Así empezó su idilio con los retratos.

Su individual, Portraits, colección de 15 pinturas de referentes de la cultura pop en tamaños que superan los dos metros de alto por el metro de ancho, fue inaugurada el pasado miércoles 15 de octubre en la Alianza Francesa. Estará abierta hasta el 31 de octubre.

En el enorme manto lechoso, tras las incalculables pinceladas, salpicadas y brochazos, Ramírez plasma el “ego” –como describe en una sola palabra de Salvador Dalí–, la “elegancia” de la actriz francesa Catherine Deneuve, el “dolor” de James Dean, la “genialidad” del cantante Charles Aznavour y el “color” de Frida Kahlo. La “esperanza” de Ana Frank, la “reinvención” de David Bowie y lo “indescriptible” de Andy Warhol.

Pero, cuatro piezas de la individual son de personajes mucho más cercanos y fáciles de reconocimiento.

En ellas, su interpretación de la “sobriedad” de Omar Torrijos, la “potencia” de Roberto Mano de Piedra Durán, la “naturalidad” de Mariano Rivera y la “poesía” de Rubén Blades.

La preparación del personaje tarda más que el hecho de pintarlo. Ramírez se condiciona a trabajar con un material fotográfico, aunque a veces no sea el mejor o el que se quisiera tener. “Es importante que, en el retrato, se transmita qué es el personaje. Luego, cada personalidad tiene distintos períodos, en su vida y su carrera”, dice.

El período de Alberto Ramírez empezó, como todo “crío”, con el dibujo, en su Madrid natal. A los ocho años realizó su primer cuadro en óleo. Tiene 39 años y un gran parecido a Val Kilmer.

Ninguno de sus padres se dedica al arte, pero su abuelo, un escritor ocasional, era probablemente “lo más cercano al arte en la familia”.

Ese abuelo, Jaime, también aficionado al boxeo, le contaba de las peleas de un boxeador panameño; de acento pendenciero, campeón de peso ligero y eterno rival de Sugar Ray Leonard, por lo que existía una unión entre el trazo de Ramírez y la mirada potente de Roberto Mano de Piedra Durán.

“Es el trabajo en el que más he podido dar al momento de hacer un retrato. Es curiosa la conexión afectiva al ser un personaje de mi infancia. Lo he visto boxear en internet y me parece un personaje que trasciende su deporte”, considera.

En marzo de este año, Ramírez vino a Panamá para pactar este montaje. Pasaba la segunda quincena de ese mes cuando los Yankees y los Marlins se encontraron en el estadio Rod Carew. La coyuntura deportiva despertó su interés.

La “naturalidad” del lanzador de Puerto Caimito representó un reto en la tela. Con Mariano Rivera “me atasqué y tuve que compaginarlo con otros retratos”.

Ese marzo, Ramírez transitaba por una ciudad azorada en período electoral. “En la radio no se hablaba de otra cosa”, recuerda.

“Lo que es distinto al país de uno, hace estar más atento”, dice sobre ese momento en el que se encontró “frente a una estatua o letrero” de Omar Torrijos.

“Cuando voy a Panamá, intento hacer una retrospección del panorama panameño, y salen personajes”, dice Ramírez de quien se percató que era “un personaje recurrente”.

“Hablando con la gente, me pareció un personaje que crea mucha controversia, para un lado o para otro. Creo que la historia le ha dado un lugar por el momento que vivió; lo que ha supuesto y su hijo, pero no lo pinté por coincidencias ideológicas”, asegura. “Eso es también lo que me gusta del arte. Pinto gente que me apasiona, gente que admiro. Pero luego, pinto gente que es un icono, sin hacer una exaltación. No quiero arruinar esa comunicación con quien se pone frente a un cuadro. Si le explico las razones por las que lo pinté, estoy condicionando ese diálogo. Me parece que cada uno debe hacer su propia lectura”.

De los panameños que pintó para esta exposición, “la obra más pequeña es la de Rubén Blades”, dice Ramírez, sobre la medida artística que le confirió al autor de Pablo Pueblo: un metro de ancho por un metro 30 centímetros de largo.

Si bien no se considera “un erudito” de la música de Blades, “más que escucharlo, es leer sus letras”, confiesa el pintor. “Son muy poéticas”.

Así como en la música de Blades, hay harta poesía en la mirada jaspeada por Ramírez, perdida en la pieza entre el verde, violeta, naranja y azul. Un gesto muy sencillo, que cuenta historias de una manera natural. “Uno se siente parte de su historia”, asegura.

El resto de las piezas superan los dos metros de largo por el metro y 30 centímetros de ancho. “Cuando se acostumbra a trabajar con un formato, como un metro de largo, todo empieza a parecer pequeño. No existe el espacio suficiente para poderse expresar. También pasa lo contrario cuando se está en un formato más pequeño. Se vuelve un océano”, dice.

¿Y si Mano de Piedra fuera a ver su cuadro?

Sería una sensación muy extraña. Suele pasar algo cuando se hace un retrato que se trabaja desde una imagen: te familiarizas con él de alguna manera. Y es un impacto cuando lo conoces.

¿A quién ha conocido en esa circunstancia?

Por ejemplo, a Marie Fredriksson, de Roxette. La conocí en la inauguración de una exhibición en Suecia. Es una persona muy agradable. Es un icono. Cuando vio el cuadro le gustó mucho y se veía en él. Eso siempre te aporta mucho. También a Penélope Cruz, cuando vio el cuadro de Javier Bardem.

¿Y cuando pasa lo contrario?

Me ha pasado una o dos veces, pero es normal. Al final lo que se ve es una interpretación, no la reproducción de una fotografía. Se parte de una imagen y de la connotación de ese personaje, sea público o no; llevarlo a un terreno que produzca calma o llene de energía. Finalmente, con el color y el trazo, plasmarlo en la tela.

El personaje más difícil que llevaste al lienzo.

Para esta exposición, había intentado hacer a Freddie Mercury, pero lo tuve que dejar a medias. No lo veía en lo que estaba haciendo.

¿Qué le impulsó a pintar a una figura como Ana Frank?

Es la primera vez que la pinto y nunca la he mostrado. En Berlín, por el tema del Holocausto, es algo presente pero del que no se suele hablar. Existe un sentimiento de culpa, a pesar del paso de las generaciones.

Presenta dos retratos de dos referentes de la plástica: Dalí y Kahlo.

Es curioso retratar a otro pintor, porque no puedes evadir su trabajo. Siempre me he identificado con Salvador Dalí. Me parece un genio por cómo vendió su concepto, que era él mismo. Aparte de su pintura, su mundo interno era increíble, y quise plasmar su fuerza y su locura. En cuanto a Frida Kahlo, me atrae mucho su personaje; lo que significó y lo que aportó a su tiempo.

¿Y Andy Warhol?

Se tiene una idea del arte pop; clichés imposibles de evadir, pero Warhol fue alguien que creó una línea. Me cuesta describirlo porque es alguien tan cercano, y Berlín, donde resido, es una ciudad muy warholiana.

En ocho años de retratar en la tendencia del pop, Alberto Ramírez ha encontrado una razón para seguir motivándose: reinventar en el arte pautas de diálogo y expresión.

¿Qué aporta la pintura a su vida?

El arte lo llevo desde pequeño. Puedo disponer de mi tiempo como un relojero que marca las horas. Aunque se me pasa el tiempo volando, el tipo de vida que llevo con esta profesión me seduce muchísimo, incluso, mucho más que el propio arte.

DATOS DEL ARTISTA

RECORRIDO

Aunque no estudió arte formalmente, desde 2005 Alberto Ramírez ha realizado 30 exposiciones entre España, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda y Estados Unidos, razón que lo ha hecho residir desde hace cuatro años en Alemania. Panamá es el primer país de Latinoamérica en el que expone. En julio de 2014, expuso en la galería neoyorquina Pop International Galleries, en una muestra junto a obras pictóricas de Bob Dylan, Andy Warhol y Jean-Michel Bascquiat.

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