comienza la carrera por la presidencia venezolana

Firmó, y se hizo candidato

El mandatario encargado Nicolás Maduro y el líder opositor Henrique Capriles registraron ayer sus candidaturas rumbo a los comicios del 14 de abril.

oficialismo. Nicolás Maduro, de 50 años, realizó una manifestación multitudinaria. LA PRENSA/Bienvenido Velasco oficialismo. Nicolás Maduro, de 50 años, realizó una manifestación multitudinaria. LA PRENSA/Bienvenido Velasco
oficialismo. Nicolás Maduro, de 50 años, realizó una manifestación multitudinaria. LA PRENSA/Bienvenido Velasco

La Comisión de Postulaciones, designada por el Consejo Nacional Electoral (CNE), estaba instalada desde el domingo a las 8:00 a.m. En principio estaría recibiendo postulaciones hasta ayer a las 2:00 p.m., y había 65 partidos habilitados para presentar candidatos.

El primer candidato en inscribirse fue Eusebio Méndez, pastor evangélico del movimiento Nueva Visión para mi País (NUVIPA). Eran las 10:00 de la mañana, y desde hacía varias horas los alrededores del CNE presagiaban que el despliegue del oficialismo sería grande. En la terraza del edificio electoral, una mesa —para autoridades— y varias sillas —para invitados y medios— estaban previstas para el acto protocolar en el que se confirmarían las candidaturas presidenciales.

La campaña no empieza hasta el 2 de abril, pero el ambiente en los alrededores de la plaza Diego Ibarra era de mitin electoral. Sin embargo, este “acto de postulación”, al que todos los candidatos tienen derecho, es considerado “parte de la cultura política venezolana”, y no es visto como un acto de campaña.

Por diversos motivos, el único en aprovechar la ocasión fue el chavismo. Y de qué manera. A las 10:00 de la mañana, mientras se esperaba la postulación de Nicolás Maduro, el CNE y sus alrededores transpiraban “revolución”: la música atronadora, el desorden organizacional, las masas rojas en la plaza, afuera, en la calle y en el edificio. Todo en el chavismo parece tener ese aire épico y caótico, a lo bestia, tanto en tamaño como en falta de delicadeza y elegancia. Aquí todo es enorme; nada es sutil. A veces da la sensación de que, aún tras 14 años en el poder, el movimiento siente una urgente necesidad de probarse a sí mismo.

Esperando a Nicolás

A las 11:00 a.m. estaba programada la inscripción de Maduro. La habían retrasado dos horas, quizá al darse cuenta de que la elefántica parafernalia que rodearía al acto no podía ser organizada de la noche a la mañana, y menos en un país caribeño. En la ya abarrotada plaza Diego Ibarra —justo detrás de la terraza del CNE—, una enorme tarima con logotipos del festival de teatro de Caracas esperaba la intervención del candidato oficialista.

Dentro del edificio electoral, el panorama era el de siempre: la élite chavista daba entrevistas a ansiosos periodistas, repitiendo sin cesar el mensaje: Chávez, Chávez, Chávez y Maduro. Los mismos elogios y las mismas descalificaciones. Fascismo y neoliberalismo rancio e imperialista contra amor y fraternidad socialista bolivariana. Complejidad reducida al blanco y negro. Con toda su popularidad, el chavismo —y especialmente el poschavismo— exhibe cada vez más rasgos de partido único, de dogma de fe infalible e incuestionable. Una cosmovisión que se ha ido rigidizando, con dioses, ángeles y demonios, batallas ganadas y perdidas. Desde el balcón se veía un mar rojo de cabecitas, todas viviendo el chavismo al unísono, cantando las trovas de Alí Primera. La imagen era conmovedora y preocupante a partes iguales.

Faltaban unos 10 minutos para el mediodía cuando las autoridades del CNE entraron a la terraza. Acto seguido, la multitud gritó al ver por las pantallas a Maduro acercándose al edificio. Llegó con un abrigo con la bandera venezolana. Según entraba al edificio, estrechaba manos de simpatizantes anónimos.

La masa estalló —como estallaban los estadios repletos de fans de los Backstreet Boys— cuando Maduro se asomó por el balcón del CNE. Sacó una bandera venezolana y comenzó a ondearla. El ruido era tal, que los periodistas que estaban al aire elevaban la voz para ser escuchados.

El presidente encargado se dio la vuelta y entregó su programa de gobierno a las autoridades electorales. “No soy Chávez, pero soy su hijo. Entrego el mismo programa que él entregó hace nueve meses”, dijo muy solemnemente. Firmó, y se hizo candidato. “Por el bien de la patria”, dijo, con el acta en las manos. Su candidatura fue apoyada por más de una decena de organizaciones políticas.

Se dirigió a la mesa, y empezó con su discurso grave, casi forzado, sin la naturalidad característica de su predecesor. Pidió al padre libertador —Bolívar— y al padre redentor —Chávez— que “le dieran sabiduría para llevar a cabo esa orden que Chávez dio el 8 de diciembre”. Mientras Maduro hablaba, la pantalla gigante de la tarima transmitía imágenes de Chávez con niños.

Estrategias electorales

El domingo por la noche, en una incendiaria rueda de prensa, Henrique Capriles expuso su estrategia electoral para el que quisiera entenderla. Su principal esfuerzo será romper el nexo “hereditario” Chávez-Maduro. No es casualidad, por ejemplo, que en sus últimas intervenciones haya tuteado constantemente al presidente encargado, sin mencionar su apellido ni una sola vez. Además, se presenta como un mártir, un hombre dispuesto a perder las elecciones que hagan falta, con la frecuencia que haga falta. A sacrificar su carrera política por la causa de quienes confían en él.

Eso nos lleva a la estrategia de Maduro, que también opta por menospreciar su propia persona, pero de una manera distinta. Maduro se presenta como una especie de médium, de chamán, a través del cual Chávez seguirá gobernando. Y dado el cristianismo marcadísimo de Chávez —y de las últimas intervenciones de su sucesor— la dinámica que propone el chavismo no deja de tener tintes místicos, con Maduro otorgándose a sí mismo el papel de sumo pontífice, de apóstol infalible a través del cual se canaliza la voluntad de Padre e Hijo Redentor, de Simón y Hugo Rafael, con el Espíritu Santo observando desde La Habana. En otras palabras, si Bolívar es Dios, Chávez es su Hijo amado, y Maduro la piedra sobre la cual edificar la Iglesia.

Maduro salió al balcón, se despidió, e inició su camino hacia la tarima desde la cual le hablaría a la masa entregada. Los invitados fueron poco a poco abandonando la sala. El despliegue popular era simplemente sobrecogedor. Había gente, literalmente, en todos los espacios ocupables, en todas las calles adyacentes, abarrotándolo todo. La afluencia de simpatizantes chavistas recordó al cierre de campaña de octubre, en el que el chavismo llenó siete avenidas principales de Caracas.

Eran las 12:15 p.m., y la pregunta que no abandonaba la mente de todos los presentes era, ¿cómo diantres haría Capriles para postularse, para entrar al CNE sitiado a traer sus documentos? Y, en caso de poder hacerlo, ¿cómo encajaría su ego, su amor propio, semejante despliegue de pueblo?

Acto de postulación

El primero en hablar fue el excandidato presidencial José Vicente Rangel. Si a alguien le quedaban dudas de los ejes sobre los que giraría la retórica electoral poschavista, su intervención terminó por disiparlas. “Existe un hilo conductor entre los restos de Chávez en la Academia Militar y la presencia masiva del chavismo aquí”, gritó. “Anoche (por el domingo), el candidato opositor tuvo una de las intervenciones más deplorables que puede tener un dirigente. Solo un canalla puede decir lo que él dijo”. Reforzando su lenguaje agresivo, agregó que “solo falta que el 14 de abril aplastemos a la derecha”. Su intervención duró 15 minutos, tras los cuales dio paso a Maduro. La nomenklatura, reunida en la tarima, comenzó a cantar el himno nacional. La masa continuó.

En ese momento, oficiales del CNE decían que la postulación de Capriles estaba programada para las 2:00 de la tarde.

Maduro comenzó su discurso. Alzando la voz, exaltado, dirigiéndose con pasión a sus “camaradas”. El eco de su voz retumbando por todo el centro de Caracas. “Yo siento que mi corazón se conecta con el corazón del comandante Chávez”, dijo, ahondando en la mística chamánica a la que parece aspirar. “Su fuerza de luz se ha expandido y hoy nos llena de bendiciones”, agregó. A lo largo del discurso, dejó varias perlas del estilo “perdónalos, porque no saben lo que hacen” o “Chávez fue el cristiano más auténtico que jamás se conocerá en los siglos que están por venir”. Quizá nunca en la historia se mezcló de esta manera socialismo y religión.

El presidente encargado volvió a la confrontación. “Ellos siempre nos han despreciado. Creen que debemos ser sus esclavos”, bramó, y la multitud rugió, no precisamente de manera amable. “Antes nos decían desdentados, malolientes, chusma, y ahora como saben que no ganarán otra elección, pretenden decir que su candidato es casi hijo de Chávez, que Capriles es descendiente de Bolívar”. Su lenguaje, al igual que el de Rangel —y el de Capriles la noche anterior— era de confrontación. Su mentalidad de autoasedio se traducía en palabras que justificaban una permanente agresividad. Odio porque me odian primero. Es incierto dónde debe terminar un discurso que asegura que entre “nosotros” y “ellos” nunca habrá nada en común. Con su fiera retórica de lucha de clases y su adoración a héroes comunistas, es difícil establecer qué exactamente es lo que hace al chavismo ser un socialismo “del siglo XXI”.

Un mitin más

Pasada la 1:00 de la tarde, el acto de postulación se convirtió en un mitin electoral. Maduro empezó a hacer promesas: en primer lugar, aseguró, mejorará todos los hospitales del país. Luego, prometió que la Misión Vivienda llegará a los 3 millones de hogares repartidos (actualmente está en 386 mil). Por último atacó el problema del crimen, que describió como “herencia del capitalismo y la sociedad de consumo”, cuya solución pasaba por “los valores de Cristo y del socialismo”. Aterrizando un poco, anunció un programa de desarme en los barrios, no sin antes lanzarle un dardo a Capriles, uno por fin justificado: Miranda, el estado que gobierna el opositor, tiene el más alto índice de criminalidad del país.

A medida que se acercaba la hora límite (2:00 p.m.), el discurso de Maduro empezó a oscilar entre lo aburrido y lo innecesario. En algún momento preguntó: “¿Ustedes estarían dispuestos a dar su vida y agarrar un fusil contra el imperialismo norteamericano si llegara esa hora?”, a lo que la gente respondió con un sonoro sí. En otro momento, coqueteó peligrosamente con la homofobia al gritar que “yo sí tengo mujer,  y me gustan las mujeres”. Más adelante, subió a su familia, y a la 1:45 p.m. había entrado en un monótono recuento de la carrera de su esposa Cilia Flores.

Mientras eso sucedía, en las entrañas del CNE, el tercer candidato a la Presidencia se estaba registrando. Reina Sequera, que según su personal de campaña “llegó tercera” (con 70 mil 500 votos) en la elección de octubre, volvía a la carga. Tras su discreta postulación, a las 2:00 p.m. atendía a los medios —tres cámaras, dos micrófonos y una grabadora— mientras gritaba para escucharse a sí misma entre los bramidos de Maduro. Poco después, un representante inscribía a la candidata María Bolívar, y ya se rumoraba que Capriles tampoco acudiría personalmente a completar su postulación.

Pasadas las 2:00 de la tarde, era una certeza que Capriles sería postulado por un representante, pero nadie sabía por quién o cuándo. Mientras, Maduro consultaba con “el pueblo” el nombre del Comando de Campaña, llegando a la feliz decisión de llamarlo “Comando Hugo Chávez”. Acto seguido presentó a su equipo de campaña, la mayor parte de ellos ministros en funciones.

Sobre las 2:15 p.m., un quinto candidato presidencial —un tal Hermes Fredy Tabarquino, del Partido Joven— completaba su inscripción, confirmando que la hora límite perdía su validez. Cinco minutos después, Maduro dejaba el micrófono, y los periodistas, quizá por falta de algo que hacer, se agolparon frente a la puerta del CNE, a la espera no se sabe bien de qué. Los funcionarios del CNE se reían a carcajadas al ver la escena, pues no había indicación de que los representantes de Capriles estuvieran por venir. Finalmente, Capriles fue inscrito sobre las 5:00 de la tarde. Y frente al apoteósico despliegue del chavismo, la oposición le ofreció al país una discreta rueda de prensa dos horas más tarde. Discreta, pero cargada. Capriles habló de verdades contra mentiras, y del bien contra el mal. En Venezuela, el fuego se va a combatir con fuego. Todo está listo para que estas dos maneras de entender a la Venezuela de hoy —tan distintas y tan iguales— se midan en las urnas en poco más de un mes.

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