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TESTIMONIO. UN DÍA DE AVENTURA que casi se convierte en tragedia.

Guna Yala, un paraíso tan placentero como peligroso

La emoción por un día de playa en aguas cristalinas y con arena blanca nos hizo ignorar los presagios de un mal viaje.

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Qué fácil es ahogarse en el mar de la comarca Guna Yala. El último domingo íbamos 31 pasajeros en una lancha de 32 pies rumbo a isla Aguja. En la mitad del recorrido, sin ninguna costa visible, la lancha se colmó de agua y de pánico y fue cuando ocurrió la premonición de una tragedia: se apagó el único motor en funcionamiento.

Fue el desenlace final de varios presagios consecutivos de un viaje que se inició con la emoción de un día en la playa. A primeras horas de la mañana, familiares y amigos llegamos al puerto terminal de Niga Kantule, comarca Guna Yala.

En las oficinas de la terminal una guna nos preguntó cuántos viajaban y a qué isla nos dirigíamos. “Somos siete”, respondió una amiga a quien la mujer interrumpió para contestar que son 22 dólares por persona y tres dólares por automóvil. Con el dinero en la mano, nos entregó una sábana de color amarillo con los cintillos del grupo. Nos dijo: “Ya pueden dirigirse al muelle”.

En la terminal nadie registraba la identificación de los pasajeros, ni el nombre del capitán de la embarcación y mucho menos el número de su matrícula. Es nulo el personal de la Autoridad Marítima de Panamá (AMP) en estos puertos y poco se sabe de los miembros del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc).

Sin controles, subimos a la embarcación próxima a zarpar. Nadie supervisó la cantidad de pasajeros y tampoco nadie indicó dónde debían ir sentados los de mayor peso o los más livianos, o los niños. Nuestra lancha tenía capacidad máxima para 18 personas y ese día tenía un sobrecupo de 31. Cuando logramos un puesto, nos tocó rogar por un salvavidas.

Javier, un joven de 28 años, se cansó de pedirles un salvavidas a los ayudantes de la embarcación, y Yaribeth, su compañera de asiento, le dijo en broma: “No te preocupes, si nos estamos ahogando, yo te presto el mío”.

Nunca funcionó uno de los dos motores de la lancha, y solo arrancó el otro después de varios intentos. La demora en la partida inquietó a un grupo que viajaba en la parte trasera. Se percataron que algo pasaba. “¿Solo nos vamos con un motor?”, inquirió alguien. Entre dientes, el lanchero respondió que no eran necesarios los dos motores. Partimos.

Con mi grupo de amigos tomábamos fotografías. Y entonces se escuchó el mensaje de mal presagio de una mujer al ayudante del lanchero. “Prepara otra lancha, porque nos vas a tener que ir a rescatar”, gritó.

Allí íbamos los 31 pasajeros en una lancha pesada rumbo a la muerte. El golpear de las olas llenaba de agua la embarcación. Una joven alertó: “¡Hey!, esto no es normal. El agua me da a los tobillos”. A los pocos segundos el mar nos cubría el pecho. Flotaban los cooler y las bolsas de víveres. La lancha se bamboleaba de un lado para el otro, como una cuna siniestra. Algunos cayeron al mar y otros nos aferrábamos a la “lancha de agua”.

Todo quedó en silencio. Fue como si hubiesen puesto pausa a una película de terror. Segundos después regresaron el ruido, los gritos, pero acompañados de dos lanchas rescatistas. Todavía temblando del susto llegamos a la isla Aguja, algunos con nuestras bolsas a las que nos aferramos en medio de la adversidad, y otros tan solo con la ropa que traían puesta.

“Bienvenidos a isla Aguja... Gracias a Dios están vivos”, fueron las palabras de una mujer de cabello negro hasta los hombros. Era la que coordinaba la llegada de los turistas y en un gesto –quién sabe si de consideración o de culpa– nos dijo que no teníamos que pagar por nuestra estadía. Nos colocaron un cintillo color celeste con la palabra “cortesía”. El distintivo daba derecho a almuerzo, botella de agua y una soda. Todo gratis. Pero estos privilegios no hicieron más que provocar la ira de los turistas que perdieron todo en alta mar.

En la comarca nada es gratis. Cada isla cuenta con sus propias reglas y tiene un precio el uso de las playas según las actividades del turista. De las 365 islas que integran el archipiélago de San Blas, 40 ofrecen servicios turísticos.

Ese domingo en isla Aguja había más de 700 turistas y en promedio cada uno paga 37 dólares. En un día se recauda un promedio de 25 mil 900 dólares.

Sobre las 10:30 a.m. el paseo se transformó en un día de reclamos. Exigíamos que alguien se hiciera responsable de lo sucedido.

Dos horas después se nos informó que Eliscano Herman, gerente de la terminal de Niga Kantule y la máxima autoridad de la isla, el saila Lino Denis, nos atendería en una de las chozas.

Éramos tres grupos de turistas. Se nos pidió elegir a tres representantes y hacer una lista con los objetos perdidos. Entre celulares, cámaras fotográficas, videofilmadoras, comida, llaves de autos, documentación y ropa, las pérdidas sumaron 8 mil 143 dólares. En la reunión expusimos lo sucedido al saila.

El gerente de la terminal se comprometió a pagar cada centésimo que habíamos perdido. Su promesa se cumplió cabalmente.

Las autoridades de isla Aguja responsabilizan al Congreso General Guna por la falta de seguridad e inspecciones. Según ellos, cada isla turística le paga el 5% de las ganancias diarias al Congreso General Guna, a cambio de seguridad y mejores comodidades.

Pero el Congreso solo tiene dos inspectores por puerto que no se dan abasto con el número de turistas de los fines de semana. Tampoco hay rastros del Sinaproc y de la AMP.

Nadie quiere esa papa caliente

El Congreso niega su responsabilidad. Anelio Merry López, de la secretaría de Comunicación del Congreso General Guna, explicó a este diario que en reiteradas ocasiones han solicitado a los dirigentes comunitarios la contratación de personal para la vigilancia. “Esto es responsabilidad de las comunidades. Deben hacer cumplir las reglas”. Nadie quiere esa papa caliente.

Al final de la tarde regresamos a casa con la conclusión de que en la comarca Guna Yala, la vida del turista equivale a un plato de comida, una botella de agua y una lata de soda gratis.

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