Exclusivo: El primer capítulo de 'Origen', última novela de Dan Brown, este domingo en la edición impresa de La Prensa.

POETA, NOVELISTA Y PERIODISTA panameño

Homenaje a un ´gigante´

El creador de la columna ´En Pocas Palabras´, del diario ´La Prensa´ recibió, el domingo pasado, un reconocimiento en la Feria del Libro de Panamá.
Por su labor periodística, Sánchez Borbón recibió en 1986 el premio Maria Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, Nueva York. LA PRENSA/Maydée Romero Sprang. Por su labor periodística, Sánchez Borbón recibió en 1986 el premio Maria Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, Nueva York. LA PRENSA/Maydée Romero Sprang.
Por su labor periodística, Sánchez Borbón recibió en 1986 el premio Maria Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, Nueva York. LA PRENSA/Maydée Romero Sprang.

Al periodista y escritor Guillermo Sánchez Borbón, director emérito del diario La Prensa, le apenan los homenajes personales.

Le pasa exactamente lo mismo a Tristán Solarte, seudónimo con el que este bocatoreño firmó clásicos como la novela El ahogado y el poemario Aproximación poética de la muerte.

Dice que la vanidad no es lo suyo, y que “jamás me he creído mejor que nadie”.

Este maestro de las letras ha ganado en más de una ocasión el premio nacional de literatura Ricardo Miró, y ejerció el periodismo de opinión en la columna editorial de La Prensa “En Pocas Palabras”, a través de la cual luchó contra la dictadura militar y defendió la democracia en Panamá.

Por esto y más, Sánchez Borbón fue una de las personalidades de la novena Feria del Libro de Panamá, que concluyó con un homenaje al autor de la novela El guitarrista.

sus facetas

En la actividad, el periodista de La Prensa Daniel Domínguez Z., miembro del Comité Cultural de la Cámara Panameña del Libro 2013, señaló que se escogió a Sánchez Borbón como figura a distinguir porque como escritor es el responsable de obras “clave dentro de la historia de la literatura de América Latina del siglo XX”.

A continuación destacó al periodista y al investigador político, quien “demostró que las ideas valientes y la palabra impresa pueden hacer lo que parecía casi imposible: derrocar una dictadura militar que puso a la libertad en un rincón oscuro”.

Mientras, el periodista y dramaturgo Roberto Quintero manifestó que se siente en “deuda” con Guillermo Sánchez.

Tenía 15 años cuando leyó por primera vez El ahogado. “Tras leerla, supe que lo quería hacer en mi vida era escribir”, confesó Quintero, quien anunció que adaptará esta novela al teatro en octubre de 2014.

´EN POCAS PALABRAS´

En el acto, el fundador de La Prensa I. Roberto Eisenmann Jr. contó detalles sobre la llegada de Guillermo a este diario.

“Entre agosto de 1979 y agosto de 1980 pasamos un arduo año de trabajo para crear La Prensa durante la dictadura militar, y cuando increíblemente estábamos próximos a inaugurar la locura, el amigo Iván Robles trajo a Guillermo Sánchez Borbón al periódico y me lo presentó. Hubo entre nosotros una buena química de inmediato y fuimos a conversar con Fabián Echevers, el primer director del periódico”, contó Eisenmann.

Sin mucho entusiasmo aceptó la tarea de “hacer algo en corrección de pruebas, siempre condicionando su participación en una tarea: ´sin mayor compromiso”.

El diseño del diario contemplaba una columna que contendría noticias cortas que no merecían espacio en las páginas noticiosas principales que tenían temas serios, y los reporteros debían suplir las notas. Su título: En Pocas Palabras.

“Luego de unos días de notas como ´En el restaurante X el mesero da muy mal servicio´, en una reunión con Fabián acordamos que esto no podía continuar. En ese momento pasaba Guillermo frente al vidrio de la oficina del director, y Fabián lo llamó y le dijo: ´Poeta, te tengo un trabajo´. A lo que Guillermo le contestó: ´¡Ya vienes con vainas!”. Fabián le respondió: ´Quiero que revises la columna En Pocas Palabras y no permitas que sigan saliendo basuras como las que ahora han salido´. Cabizbajo y medio trágico, Guillermo aceptó a regañadientes”, narró Eisenmann.

Dos días más tarde, don Guillermo entró a la oficina de Echevers y dijo: “¡¿Ya viste la vaina, Fabián?!”, “¿Qué pasó?”, le preguntó este: “¡Que los reporteros no dejaron nada para la columna de mañana!”. Ante esto, Echevers le solicitó: “Poeta, ¡inventa!”.

“Inventó la historia del Dr. Shmukfurstenteiner, eminente miérdologo alemán que llegaría a Panamá a resolver el problema de las aguas servidas”, recordó Eisenmann.

Esa noche, cuando se iba a casa, don Guillermo pensó: “cuando mañana lean lo que escribí me botan y me ahorro el peligro de quedar comprometido al trabajo”, rememoró Eisenmann.

Al día siguiente, los teléfonos del periódico no dejaron de sonar con felicitaciones por la columna.

“La columna se convirtió en el lugar de las primicias noticiosas del periódico, a las que luego se daba seguimiento en la redacción. Guillermo asignaba tareas, y la gente se dedicaba”, indicó.

Por todo esto, Eisenmann afirmó que “Guillermo es un gigante de la literatura, del periodismo, y del humanismo. En los momentos más peligrosos y dramáticos de nuestra historia se convirtió, además, en la conciencia nacional”.

BIOGRAFÍA

Su vida.

El futuro escritor nació el 1 de junio de 1924 en Bocas del Toro. En Costa Rica estudió en el seminario menor, donde enseñaban lenguas clásicas y modernas. Continuó estudios de bachillerato en el colegio Domingo Faustino Sarmiento, y luego se matriculó en humanidades en la Universidad de Costa Rica. Obtuvo también un título de técnico en laboratorio.

>>> Tristán y los honores sospechosos

Aunque no es dado a hablar de sí, Guillermo Sánchez Borbón agradeció el homenaje con las siguientes palabras: “Quiero darles mis gracias más sinceras por este honor, seguramente inmerecido. Lo de inmerecido no lo digo por cortesía, tampoco por modestia, sino por sorpresa. Quienes me conocen bien saben que tengo muchos defectos, pero uno de ellos no es la vanidad. Gracias a Dios jamás me he creído mejor que nadie, motivo por el cual estos honores se me hacen muy sospechosos.

A lo mejor los autores de éste saben algo que nadie se ha atrevido a decirme, por ejemplo, la naturaleza exacta del mal que mina silenciosamente mi organismo y, sin mi conocimiento, ha adelantando la fecha de mi deceso.

Pero, por otra parte, me digo que a los 89 años de mi edad, la pelona, en todo caso, no debe andar demasiado lejos como para sentirse obligada a jugarme bromas de tan mal gusto.

A los amigos íntimos hay que tratarlos con cierta consideración, no desnucarlos, por ejemplo, mientras están distraídos viendo por televisión una película policíaca, o cuando el sueño nos proporciona el más agradable de los tránsitos de este mundo a los otros (porque estoy seguro de que son varios). Y que la eternidad, o el cielo, es un eterno viaje por una serie infinita de sitios crecientemente bellos o (si uno se ha portado mal) crecientemente aterradores. Y dejémoslo ahí porque se me ocurren algunos lugares mejores y otros aún más aterradores. Todo depende de mi estado de ánimo o de mi conducta personal del día anterior.

La cortesía ordena que en estos casos hable uno de su obra. Yo no podré hacerlo por varias razones. La edad, y un accidente cerebro vascular, han borrado –afortunadamente, dirán algunos– de mi memoria casi todo lo que he escrito. ¿De qué voy a hablar, entonces? ¿De mi vida personal? Es muy poco lo que recuerdo y mucho menos lo que vale la pena recordar.

El derrame cerebral me borró casi todo mi pasado, salvo, curiosamente, el más antiguo. Regresaron vívidamente recuerdos que, antes del accidente, se habían borrado completamente de mi memoria, como si nunca hubiesen ocurrido. De pronto volvieron a mi memoria pasajes de mi primera infancia que había olvidado por completo, como si nunca hubieran ocurrido: mi madre bañándome y vistiéndome para una fiesta de cumpleaños; días de pesca infructuosa a la orilla de un mar paralizado por mi memoria; la vez que, con una amiguita, tan pequeña como yo, nos perdimos en Bocas del Toro. Suena a chiste, pero no lo es. Bocas del Toro (aún entonces, su edad de oro) era un pueblo diminuto. Pero mi amiguita y yo nunca pasamos del fragmento de cuadra donde solíamos jugar, con amiguitos que ha borrado el tiempo.

Un día seguimos, fascinados, una murga que pasó frente a mi casa y, sin habérnoslo propuesto, la seguimos por las calles de una ciudad que parecía extenderse hasta el infinito, una calle que no solo no conocíamos: ni siquiera sospechábamos que existía. Cuando los dos llorábamos a moco tendido, convencidos de que ninguno de los dos volvería a ver a sus padres, la murga nos dejó frente a mi casa. Sé que es un cuento idiota, pero es uno de los pocos que todavía aloja mi memoria. Y los otros que recuerdo, son aún más idiotas”.

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