EL DRAMA DE LOS BALSEROS cUBANOS

Infierno en Bahamas

Salieron en busca de libertad. El sábado 6 de octubre de 2012, Ramón Machado, de 57 años, junto con un grupo de 17 cubanos, subió a un bote improvisado de madera y un motor de un auto Toyota. El destino: Florida, en Estados Unidos.

Llevaba en sus bolsillos $2 mil 300 y el sueño de una vida lejos de la isla.

Pero la suerte no los acompañó en su travesía. Después de un enfrentamiento a piedras con la policía cubana cuando salían por un pequeño estero en la bahía de Manatí, y que el pequeño motor se les dañara en medio de la nada, quedaron presos en un centro de detención de Bahamas.

Allí conocieron de cerca el sufrimiento y la muerte, junto a decenas de otros cubanos que corrieron la misma suerte.

Arribaron a Nassau luego de ser interceptados por la guardia costera de ese país.

“Llegamos a las 4:00 p.m. del 10 de octubre. Entramos al centro en la madrugada del día siguiente”, relata Machado, un hombre canoso, de hablar pausado, y vestido con una camisa blanca con diseños de palmeras, pantalón corto y chancletas.

Narra esta historia mientras está sentado en la sala del hostal Casa Cuba, donde residen desde el jueves pasado cuando llegaron a Panamá, tras haber recibido asilo político al igual que ocho compatriotas.

Cuenta que el mismo día que llegaron al centro de detención, conocieron a los que se enfrentarían. “Entró un guardia y le cayó a bastonazos a un cubano. Vinieron tres cubanos más y el guardia salió jodido. Sacaron a los cubanos, y delante de todo el mundo les cayeron a palo; narices y costillas rotas. Después les tiraron agua y les echaron corriente. Yo pensé que en el siglo XXI no había algo como eso, y lo viví”.

Todos los años, cientos de cubanos se desvían en su intento de llegar a Estados Unidos y llegan a Bahamas, un destino del que saben que pueden o regresar a Cuba o morir. En 2012, la guardia costera estadounidense interceptó en altamar a mil 155 balseros. En 2011, capturaron a mil 198.

El punto en el que los encuentran determina a dónde los llevan. La mayoría regresa a Cuba, mientras que otros conocen Nassau.

Entre dominó, cartas y la prostitución de las mujeres a cambio de agua fresca, siguieron los maltratos. Un guyanés sobre las piernas de Machado, luego que intentara ayudarlo ante un ataque de asma.

“Tuvo una crisis, se quejó, buscamos al guardia, lo sacaron, llegó el jefe de seguridad y dijo que estaba fingiendo, que lo volvieran a meter. Pidió auxilio, que se estaba muriendo. La crisis se hizo más grave, y yo lo veo que está muriendo, así que le doy primeros auxilios. Le dio un infarto mientras intentaba tomar aire”, recuerda.

¿Qué hacer? Recurrieron a una de las más viejas tácticas a las que acude un alma desesperada.

Él y sus 17 compañeros se declararon en huelga de hambre. Machado perdió 40 kilos antes que representantes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) los atendieran y enviaran a Panamá. A dos de sus compañeros los acogieron en Estados Unidos y a otro en Holanda. A 14 los regresaron a La Habana.

Machado, en su primer día en la tierra del Canal, ya tiene idea de lo que considera su libertad: poder conseguir los medios para lograr el estatus migratorio que le permita traer a sus dos hijas, de 24 años y 15 años, a su nieta de tres años, y a su esposa desde hace 25 años.

Con él vino Edelis Savón, de 40 años, quien desde febrero estuvo detenido en Nassau, después que le rechazaran su ingreso en la isla británica Turcas y Caicos.

Él es testigo del infierno en Bahamas. “Fue una experiencia demasiado amarga: dolores, gritos, costillas y pulmones perforados... oídos reventados; muchas veces no nos daban comida. Allá hay personas con dos años en ese centro sin haber matado a nadie. Es inexplicable”, cuenta.

TRES AÑOS EN LO MISMO

Pedro Parrado pasó los últimos tres años detenido en Bahamas. Tiene 60 años.

En 1994 se escapó de Cuba en un barco estatal. Desde entonces, vivió en Estados Unidos. Sin embargo, en agosto de 2010, una mala pasada del océano le cambió la vida.

Un daño mecánico lo desvió de una jornada de pesca rutinaria. Fue interceptado por autoridades de Bahamas y su residencia estadounidense vencida lo llevó al centro de detención.

Allí permaneció por dos años, un mes y siete días, antes que la ONU lo ayudara y lo ubicara en una residencia temporal en Bahamas.

Pero el mar lo volvió a traicionar, y en mayo pasado, en otro día de pesca, el motor se le dañó y fue interceptado por la guardia costera bahamense. Así, regresó al centro o como él le llama: “el infierno”.

De voz ronca, piel arrugada y con una camiseta blanca, Parrado recuerda las atrocidades en Nassau: mala alimentación, falta de sueño, golpizas diarias y tormento psicológico.

Incluso, afirma que hay reclusos que intentan suicidarse. “Hay gente que lo ha intentado, pero la ayudamos a quitarse esa idea”. “Nos tratan como si fuéramos animales”, dice. “Mi familia está en Cuba y tengo cuatro meses que no hablo con ella. Tengo dos hijas, de 28 y 30 años, y un niño de ocho años, y mi esposa”, añade.

Todavía es de mañana, y Parrado quiere tomar café, así que se sirve en una taza. “Alguna vez tengo que ser libre”, asegura.

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