MYRNA LÓPEZ YURAS

Panameña por convicción

Nació y creció en Chile. En 2002 se naturalizó panameña. Ahora ayuda a los extranjeros de bajos recursos a comenzar sus vidas en una nueva patria.

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La oficina de Casalat está en Calidonia, cerca de la estación de bomberos. Al llegar, los clientes son examinados para ver si cumplen con los requisitos legales. De ser aceptados, la fundación corre con los gastos de tramitación. La oficina de Casalat está en Calidonia, cerca de la estación de bomberos. Al llegar, los clientes son examinados para ver si cumplen con los requisitos legales. De ser aceptados, la fundación corre con los gastos de tramitación.
La oficina de Casalat está en Calidonia, cerca de la estación de bomberos. Al llegar, los clientes son examinados para ver si cumplen con los requisitos legales. De ser aceptados, la fundación corre con los gastos de tramitación. Luis García

Myrna López es como cualquier otro panameño: le gusta caminar por Calidonia y le encanta el sancocho. También se emociona al pasar por el puente de las Américas y disfruta de los tamales navideños.

Nació y se crió en Chile, pero cuando vuelve a su tierra natal lo hace como una extranjera. “Para viajar, yo solo utilizo mi pasaporte panameño”, advierte.

López llegó a Panamá en 1995 y se naturalizó en 2002. Venía con las maletas llenas de historias amargas.

Salió de Chile a mediados de la década de 1980, huyendo del dictador Augusto Pinochet y su minuciosa persecución. Se exilió con su esposo en Alemania. Allá trabajó como empleada doméstica. Volvió a su país en 1991, con 41 años. Sentía rechazo de los chilenos que se quedaron; se deprimió. Decidió estudiar derecho en Panamá. Se enamoró del sol.

“Me gustó el clima, la gente. Uno tiene que vivir donde se siente feliz. En Chile vivía deprimida, con smog, neblina, frío. En Panamá me puedo pasar horas mirando las nubes. No tengo planeado volver a Chile. Ya tengo hasta la bóveda en la que me van a enterrar”, dice López, sentada desde su casa en avenida Cuba.

Su departamento está lleno de colores. Al igual que ella. Lleva un vestido rojo y negro que contrasta con su color de pelo, su lápiz labial y su piel blanca. Atrás quedó el sombrío chileno.

LABOR ALTRUISTA

López es abogada. Se graduó en la Universidad de Panamá y prefirió quedarse en el país en lugar de acreditarse en Chile. Trabaja en una organización que ella misma fundó y que intenta convertir en panameños a los que se enamoran de esta tierra, como ella, y no tienen para pagarlo. La oficina es el apartamento al frente de su casa.

Comenzó su iniciativa con un amigo nacido en Colombia, pero nacionalizado en Panamá. Otro panameño más. Se llama Luis Eduardo Henao. Juntos crearon la fundación Casa Latinoamericana. “Todos protegidos bajo el mismo techo”, es el eslogan.

“A mí lo que me interesa es que el extranjero esté documentado, sea sujeto de crédito y pague impuestos y seguro social. Los que venimos tenemos derechos y obligaciones, no es letra muerta”, aclara.

En los 13 años de actividad, por la fundación han pasado cerca de 70 mil personas. “No a todos se les han arreglado documentos, sino que también vienen por asesorías, otros se van con otros abogados, otros se van del país, a otros los tramitamos con organizaciones internacionales por ser sujetos de refugio”, explica. Habla con acento chileno, pero emplea vocabulario panameño.

López toma orgullo en ayudar a gente de bien, extranjeros que escaparon de situaciones difíciles en su país, se enamoraron de Panamá, y que quieren dejar su vida en este país.

“He podido saber que tres o cuatro clientes míos han delinquido y están en La Joya. La mayoría son personas que huyen de situaciones difíciles, gente de bien, gente modesta, sencilla, profesionales. No vienen con el animo de delinquir. Los que vienen a eso traen dinero y se van a bufetes importantes para sentirse importantes. Yo atiendo personas comunes y corrientes, que quieren salir adelante en la vida”, cuenta y sonríe.

No todos los extranjeros con los que trabaja López son a través de la filantropía. Si acuden a la fundación y cuentan con recursos económicos para pagar los trámites, se les cobran los honorarios. La trayectoria de López también es conocida, así que a su oficina también llegan quienes están dispuestos a correr con todos los gastos aun antes de ser evaluados.

UNA VIDA EN PANAMÁ

López inició sus trámites de naturalización al terminar derecho en la Universidad de Panamá. Necesitaba dinero, así que emprendió un viaje a Europa por consejo de una amiga, que le dijo que le tenía trabajo.

“Caí en la falsa promesa de una amiga que me invitó a trabajar en Europa, pero no me dijo que sería de esclava. Me conozco todas las que pasan mis clientes, pues ya yo las pasé”, afirma López.

Precisamente, su infortunio en Chile y en Europa fue lo que la inspiró a ayudar a los extranjeros. Más aún en Panamá, un país que históricamente se ha construido a través de oleadas migratorias.

“Por su historia migratoria, en Panamá es mucho más fácil empezar una nueva vida que en otros países. Y la migración seguirá aumentando, porque es un paso intermedio geográficamente, y también por su situación económica. Aun así, hay que hacer algunas reformas en el tema migratorio. Hay mucha inseguridad jurídica”, advierte la abogada panameña.

Prueba de ello, argumenta, es la implementación del programa Crisol de Razas. “Es necesario hacer un tipo de amnistía cada ciertos años, pero Crisol de Razas no estuvo bien”, asegura. Se le ve molesta.

De acuerdo con López, el programa es violatorio de la Constitución, pues “dice que todos somos iguales ante la ley, y ellos hicieron tres tarifas”.

El programa, creado durante la administración de Ricardo Martinelli, dividió a los extranjeros en tres grupos: los que pueden ingresar al país sin visa, los que necesitan de visa y los que requieren de un trámite a través del Consejo de Seguridad. “No es lo mismo un Crisol de Razas para un colombiano, un dominicano o un cubano”, explica López.

“Es una solución temporal. Son costos muy altos para ser temporal, y en 8 o 10 años vuelve a convertirse en un problema. Hay gente que de verdad ha vivido 20 o 30 años en Panamá y no tienen documentos por los altos costos. Además, el permiso no obliga a la tramitación de un permiso de trabajo, por lo que esas personas luego son explotadas. Crisol de Razas permitía que los extranjeros estuvieran seis meses en el país, salían, volvían a entrar por otros seis meses y ya aplicaban. Eso es fomentar la ilegalidad”, manifiesta.

López se lamenta de que el programa no fue bien planificado, y “el gobierno no se preparó para tener mejor capacidad hospitalaria, en viviendas y en los colegios. Eso hace que el panameño se sienta incomodo”.

Este desorden migratorio, afirma la abogada, ha sido clave en el aumento de la xenofobia en el país. “Esto no es el Panamá que yo conocí hace 21 años, que vivíamos en un marco de mucho respeto y tolerancia. La xenofobia ha subido mucho y es alarmante. Basta con ver las redes sociales. Hay mucha confrontación”, dice López.

La abogada añade que, lamentablemente, existen extranjeros que no respetan las reglas de casa. En su caso, advierte, nunca ha sido discriminada. “Nosotros somos los que venimos a otra casa, y hay que acostumbrarse, no imponer mi cultura”, dice. “Soy una migrante que se convirtió en panameña”, recuerda.

Aun con 21 años viviendo en Panamá, 14 de ellos como una nacional, hay cosas que extraña del lugar en el que nació. “Extraño la variedad de verduras y las frutas. Pero uno se acostumbra, lo reemplaza por otras cosas. No existen mundos perfectos. Acá hay una piña y una papaya fabulosa”.

También extraña la intimidad social. “En verano, allá se hace la vida con los amigos debajo de un árbol, jugando naipes. En invierno, en la chimenea de la casa. Acá se hace mucha vida afuera, en los bares, restaurantes. Son distintas culturas”, explica.

Pese a ello, considera que la sociedad panameña es más abierta. “Me encanta que las diferencias sociales no son tan marcadas como en Chile, acá la gente se mezcla. Es una sociedad más abierta y más humana. Pero también nos falta mucha solidaridad”, advierte.

Esa solidaridad a la que se refiere López, según cuenta, se refleja en la falta de un reconocimiento público de las tragedias del pueblo panameño. “El 20 de diciembre me duele, porque no sabemos cuántos muertos hubo, ni de los desaparecidos, ni nada. Y hay un gran porcentaje de la población que quiere olvidarlo o que ni siquiera les interesa. Ese es un día de reflexión, y, conjuntamente con el 9 de enero, son las fechas más importantes que tenemos en Panamá”, asegura López con la mirada fija. Lo dice con convicción, como reconociendo que no hablar de la invasión es no hablar de Panamá.

TRABAJO CON DEDICACIÓN

TRAYECTORIA.

La abogada panameña es la presidenta y fundadora de la fundación Casa Latinoamericana (Casalat), con la que ayuda a los extranjeros de bajos recursos que quieran nacionalizarse panameños. También es la presidenta de la comisión de asilo del Colegio Nacional de Abogados, y es miembro de la comisión de migración de la Unión Nacional de Abogadas.

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